La oleada de represión en Asia: libertad condicional en Myanmar, muerte política en Bangladesh y violencia creciente en Pakistán

La inestabilidad política y el autoritarismo resurgen en Asia mientras los militares moldean el poder con elecciones simuladas, juicios sumarios y represión armada.

  •  EnPelotas.com
    EnPelotas.com   |  

La amnistía de Myanmar: propaganda electoral a costa de la justicia

El pasado jueves, las puertas de la prisión de Insein en Yangon, la más temida de Myanmar, se abrieron para dejar salir a cientos de prisioneros políticos. Esta medida, presentada como una muestra de "buena voluntad" por parte de la junta militar, coincide estratégicamente con las elecciones programadas para el 28 de diciembre.

Según la televisora estatal MRTV, la junta ha liberado a 3.085 personas condenadas por incitación y ha retirado los cargos de otras 5.580 que aún estaban a la espera de juicio o en la clandestinidad. Esto sucede mientras el país sigue sumido en una crisis política y humanitaria desde el golpe de Estado de 2021 que derrocó al gobierno democrático de Aung San Suu Kyi.

Una figura liberada fue Kyi Toe, exmiembro del comité central de información de la Liga Nacional para la Democracia (NLD). Su arresto en 2021 fue parte de la campaña para desmantelar la oposición democrática. Al salir de prisión, declaró: “Estoy decidido a trabajar con Aunty hasta los 90 años”, refiriéndose a Suu Kyi, quien continúa presa cumpliendo una condena de 27 años bajo cargos considerados como persecución política.

La organización Assistance Association for Political Prisoners (AAPP) informa que al menos 22.708 personas están detenidas por razones políticas en Myanmar. Esta cifra convierte al país en uno de los regímenes más represivos del mundo en términos de encarcelamiento por disidencia.

El teatro electoral y la censura

Pese a esta aparente apertura, organizaciones defensoras de los derechos humanos advierten que estas amnistías son un gesto propagandístico. La mayoría de los líderes del NLD sigue encarcelada, no hay libertad de prensa y las condiciones electorales son, en palabras de estas organizaciones, ni libres ni justas.

El Código Penal de Myanmar, reformado por los militares, tipifica como delito hasta por tres años de prisión el “crear temor público” o “difundir noticias falsas”, una fórmula utilizada para atacar a periodistas, activistas y artistas disidentes.

Amnistías condicionadas también se extienden a 724 prisioneros que, si reinciden, deberán cumplir el resto de su sentencia anterior. Estos gestos son parte de una estrategia de manipulación electoral en la que la junta busca lavar su imagen sin realmente ceder el poder.

Bangladesh: condena de muerte y exilio para Sheikh Hasina

En un capítulo paralelo pero más dramático, la saga de la ex primera ministra de Bangladesh, Sheikh Hasina, toma tintes de tragedia política. Tras ser destituida, fue condenada a la pena capital y a 21 años de cárcel por múltiples cargos que incluyen corrupción, abuso de poder y crímenes contra la humanidad. Todas las sentencias han sido dictadas en ausencia, ya que la veterana política de 76 años permanece exiliada en India.

Las condenas abarcan casos de apropiación indebida de terrenos en el proyecto gubernamental de Purbachal New Town. Sumados, tres casos implican siete años cada uno, ejecutados de forma consecutiva. A sus hijos también se les imputó: Sajeeb Wazed y Saima Wazed, sentenciados a cinco años de prisión.

Los procesos judiciales, sin representación legal por parte de Hasina, han sido duramente criticados por organizaciones internacionales de derechos humanos, que los consideran una venganza política camuflada de justicia. Además, el Partido Awami League, al que pertenecía Hasina, denunció irregularidades en todos los procedimientos.

El nuevo gobierno interino, liderado por el premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus, ha prometido elecciones en febrero de 2026, pero el clima político se percibe tenso y cargado de incertidumbres.

Pakistán: violencia endémica y colapso de la seguridad

En medio de este escenario regional convulsionado, Pakistán enfrenta su propio desgarramiento por el resurgimiento de militantes islamistas armados. Este jueves, tres policías fueron asesinados en un ataque a un puesto de control en el distrito de Hangu, en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa. La zona ha sido foco de múltiples atentados similares.

El interior del país se ha convertido en terreno fértil para la violencia islamista. El grupo Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), aliado pero distinto del gobierno talibán en Afganistán, es señalado como responsable. En 2023, más de 600 ataques fueron atribuidos al TTP. El gobierno de Islamabad acusa a Kabul de brindarles refugio. Afganistán, por su parte, niega estas acusaciones.

Además, explosivos siguen afectando la vida civil. En Bolan, una región de Balochistán, tres niños murieron por la explosión de un artefacto. Esta tragedia recuerda que el costo del terrorismo no solo recae sobre las fuerzas de seguridad, sino también sobre la población inocente.

Según datos del South Asia Terrorism Portal, más de 1.500 civiles y fuerzas de seguridad han muerto en Pakistán debido a ataques extremistas solo en los últimos cinco años. Las tensiones con Afganistán se han intensificado tras un presunto ataque con drones paquistaníes el 9 de octubre que desató una oleada de enfrentamientos, dejando decenas de muertos hasta que Qatar intervino como mediador de un cese al fuego el 19 de octubre.

¿Asia en retroceso democrático?

Lo que une estos casos es un patrón de represión respaldada por aparatos militares y estructuras judiciales diseñadas para aplastar la oposición. Ya sea a través de elecciones manipuladas, condenas en ausencia o asesinatos selectivos, países como Myanmar, Bangladesh y Pakistán están siendo arrastrados hacia atrás en el tiempo, alejándose de ideales democráticos y derechos fundamentales.

La región, que alguna vez prometía una transición hacia el pluralismo político y el desarrollo social, enfrenta ahora el espectro del autoritarismo reciclado. Estos eventos recientes son más que episodios aislados; son avisos contundentes de un continente en conflicto consigo mismo.

¿Podrá la comunidad internacional ejercer suficiente presión para revertir estas tendencias? La retórica diplomática ha demostrado ser insuficiente. Solo un compromiso real por parte de actores regionales e internacionales, acompañado de sanciones dirigidas y apoyo a movimientos democráticos locales, podría cambiar el curso de esta peligrosa deriva autocrática.

Mientras tanto, para figuras como Suu Kyi, Hasina o los cientos de muertos y heridos en Pakistán, la justicia y la libertad siguen siendo apenas una promesa esquiva.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press