El caso Rahmanullah Lakanwal: Tragedia, trauma y la otra cara del reasentamiento afgano

Un ataque en Washington D.C. destapa la historia de un inmigrante afgano que colapsó psicológicamente en suelo estadounidense

Un tiroteo que sacudió la capital

El 20 de noviembre de 2023, en las cercanías de la Casa Blanca, Rahmanullah Lakanwal—a quien se había dado refugio en Estados Unidos bajo la operación Allies Welcome—presuntamente protagonizó un tiroteo que dejó a dos miembros de la Guardia Nacional gravemente heridos, uno de ellos fatalmente. La víctima, Sarah Beckstrom, de solo 20 años, murió al día siguiente. Andrew Wolfe, de 24, sigue luchando por su vida.

Este acto de violencia sin aparente sentido causó conmoción en la opinión pública y puso nuevamente en tela de juicio el sistema de acogida estadounidense para refugiados, especialmente aquellos que llegan con traumas de guerra, a menudo invisibles, pero profundamente destructivos.

¿Quién era Rahmanullah Lakanwal?

Lakanwal, de 29 años, pertenecía a una unidad de élite conocida como Zero Unit en el ejército afgano, apoyada por la CIA. Estas unidades fueron entrenadas para realizar operaciones peligrosas durante la ocupación estadounidense en Afganistán.

Tras la retirada de las tropas en 2021, él y su familia—esposa y cinco hijos menores de 12 años—fueron evacuados y reasentados en Bellingham, Washington, como parte del programa federal para refugiados afganos. Pero su experiencia lejos de la guerra pronto se convirtió en otra lucha: la de la salud mental, la adaptación cultural y la descomposición paulatina de un padre y esposo.

Una vida que se desmorona

Según correos electrónicos divulgados recientemente por activistas comunitarios, el comportamiento de Lakanwal comenzó a deteriorarse gravemente a principios de 2023. En marzo, abandonó su empleo y se refugió durante semanas en la oscuridad de su dormitorio, sin hablar con su esposa ni con sus hijos mayores. Solo respondía cuando sus hijos menores lo buscaban para entregarle un teléfono o un mensaje.

El caso llegó a conocimiento del U.S. Committee for Refugees and Immigrants (USCRI), tras recibir una advertencia de un miembro de la comunidad afgana preocupado por la creciente inestabilidad de Lakanwal. La organización visitó la familia en marzo de 2024, pero aparentemente él rehusó recibir ayuda.

Episodios de aislamiento y viajes erráticos

El comportamiento de Lakanwal seguía un patrón episódico, según los correos enviados a USCRI. Alternaba semanas completas sin interacción alguna con su familia con periodos “maníacos”, en los que desaparecía en viajes largos por carretera.

En una ocasión condujo desde el estado de Washington hasta Chicago; en otra, fue hasta Arizona. En su último viaje, cruzó desde Bellingham hasta Washington D.C., donde cometió el ataque. Este tipo de escapismo errático puede ser indicio de un trastorno bipolar o de estrés postraumático grave—aacondiciones de salud mental comúnmente diagnosticadas entre veteranos de guerra.

¿Quién nos protege de los traumas invisibles?

Este trágico episodio pone sobre la lupa una cuestión dolorosa pero infravalorada: ¿Qué tipo de seguimiento psicológico y comunitario se proporciona a los refugiados de guerra reasentados en Estados Unidos?

De acuerdo con un estudio de 2017 publicado en el Journal of Immigrant and Minority Health, entre el 30% y 60% de los refugiados llegan al país con síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT), depresión o ansiedad severa. Sin embargo, muy pocos acceden a tratamiento adecuado por barreras culturales, económicas o lingüísticas.

Un sistema con fisuras

“Rahmanullah no ha sido funcional como persona, padre ni proveedor desde marzo del año pasado”, indicaba el correo enviado por el activista comunitario. No solo fallaba como pilar económico de la familia, sino que su comportamiento era preocupante, dadas sus prolongadas ausencias y negligencias—como cuando su esposa viajaba y los niños quedaban sin aseo ni comida adecuada.

Este testimonio coincide con cifras alarmantes. Según el National Alliance on Mental Illness, el 46% de los adultos con una enfermedad mental no recibe tratamiento adecuado, y estas cifras son aún más altas entre poblaciones migrantes o refugiadas.

¿El refugio es suficiente?

El caso también plantea un dilema ético y logístico: ¿Es suficiente traer a estas personas a Estados Unidos sin ofrecerles una red sólida de contención psicológica y social?

Lakanwal fue parte de la operación Allies Welcome, diseñada para evacuar a aquellos afganos que habían colaborado con las tropas y diplomáticos estadounidenses. Entre 2021 y 2022, más de 88.500 afganos fueron reasentados en EE.UU. bajo este programa. Pero muchos de ellos—como Rahmanullah—no recibieron un acompañamiento integral más allá del alojamiento inicial y clases básicas de idioma.

Una comunidad entre dos mundos

La comunidad afgana en Bellingham estaba al tanto de ciertos aspectos de la situación de Lakanwal. Algunos lo recordaban jugando con sus hijos en los parques. Pero como relató uno de los líderes comunitarios: “Nunca imaginamos algo así. Pensábamos que si algo ocurría, sería que él se hiciera daño, no que se lo hiciera a otros”.

El testimonio anónimo resalta un punto clave: la desconexión peligrosa entre el aspecto visible del migrante—padre, esposo, vecino—y el interior invisible lleno de angustias, frustraciones e inadaptación.

¿Estamos preparados para ayudar?

La historia de esta tragedia no puede limitarse a un culpable individual ni a una simple condena penal. Debe llevarnos a cuestionar profundamente el modelo de integración que ofrece Estados Unidos a los refugiados con antecedentes militares y traumas profundos.

¿Cuentan los servicios sociales con personal capacitado en trauma de guerra? ¿Se realiza un mapeo psicológico rigurosamente al recibir a los refugiados? ¿Hay subsidios reales para facilitar una inserción pacífica y digna?

¿Qué sigue ahora?

Rahmanullah enfrenta cargos de asesinato en primer grado. Pero incluso si es condenado y encarcelado de por vida, la historia no debería terminar ahí.

El Estado—y la sociedad en general—deben asumir parte de la responsabilidad en haber dejado que una persona evidentemente en crisis mental grave llegara al punto de cometer este tipo de actos sin que nadie lo detuviera, ayudara o interviniera efectivamente.

Al final, la tragedia no es solo la muerte de Sarah Beckstrom, sino la cadena de omisiones, silencios y alertas ignoradas que condujeron a ese fatídico desenlace.

Como dijo una vez el filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte: “No se mide la civilización de un país por la grandeza de sus edificios o carreteras, sino por la manera en la que trata a los más vulnerables.”

Este artículo fue redactado con información de Associated Press