La estrategia de Nicolás Maduro: entre la represión, la lealtad y el discurso pacifista en inglés
Pese a las presiones internacionales y acusaciones graves, el presidente de Venezuela se mantiene firme gracias a una red de fidelidad construida con represión, corrupción y simbología bolivariana
Un cambio de tono: del rechazo al inglés a John Lennon
En un giro inesperado, Nicolás Maduro, el presidente de Venezuela que una vez criticó el uso excesivo del inglés en el lenguaje cotidiano —rechazando palabras como fashion o skatepark—, ahora canta “Imagine” de John Lennon y repite frases como “No War, Yes Peace” en actos oficiales. Este viraje se produce en un momento crucial, en el que el gobierno de Estados Unidos debate posibles acciones militares contra su régimen.
Este cambio ha sido interpretado por varios analistas como un intento desesperado de Maduro por suavizar su imagen ante la comunidad internacional y reforzar su discurso antiimperialista, especialmente cuando su entorno más cercano se ha mantenido sorprendentemente unido pese a años de presión política, sanciones económicas y acusaciones de narcotráfico.
La lealtad, el arma más poderosa del chavismo
Ronald Rodríguez, investigador del Observatorio de Venezuela en la Universidad del Rosario en Colombia, señala que el chavismo, el movimiento político fundado por Hugo Chávez y heredado por Maduro, tiene una sorprendente habilidad para cohesionar ante la presión externa: “Cuando viene la presión del exterior, se logran unir, defender y blindarse”.
Este fenómeno se ha sustentado en un sistema de premio a la lealtad y castigo implacable a la traición. Se otorgan beneficios económicos a ministros, jueces, militares y funcionarios del Estado, a la vez que se imponen penas severas —incluyendo torturas o prisión— a aquellos que se atreven a desafiar al mandatario.
Corrupción como pegamento del poder
El chavismo ha consolidado una gestión de gobierno amparada en redes de corrupción que permiten a los leales enriquecerse sin consecuencias, una estructura montada desde el mandato de Hugo Chávez. Según múltiples investigaciones y testimonios de exfuncionarios, los militares tienen licencia para manejar negocios ilegales como tráfico de drogas, petróleo y fauna silvestre, a cambio de garantizar la “inmunidad” del gobierno frente a posibles golpes de Estado.
“Este ha sido un instrumento muy eficaz porque el chavismo ha sabido eliminar a actores que han intentado levantarse y delatar prácticas corruptas”, afirma Rodríguez.
¿Por qué el ejército no ha dado el paso?
En 2019, Juan Guaidó, entonces reconocido como presidente legítimo de Venezuela por varias naciones, contó con un pequeño grupo de soldados que intentaron derrocar a Maduro. Sin embargo, altos mandos de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), como el ministro de Defensa Vladimir Padrino López, se mantuvieron del lado del mandatario.
Lo mismo ocurrió en las elecciones presidenciales de 2024. A pesar de que observadores internacionales y registros alternos afirman que Maduro perdió ampliamente ante la opositora María Corina Machado, la cúpula militar ratificó su fidelidad. ¿Por qué? Porque hacerlo es rentable y rebelarse, fatal.
Estados Unidos intensifica la presión
Con el regreso de Donald Trump a la presidencia estadounidense, la política exterior hacia Venezuela se ha endurecido. Se aumentó a $50 millones la recompensa por información que lleve al arresto de Maduro, acusado de liderar el Cartel de los Soles, un grupo que el Departamento de Estado ha designado como organización terrorista extranjera.
Trump también declaró el espacio aéreo “cerrado en su totalidad” sobre Venezuela, mientras que el ejército de EE.UU. ha intensificado bombardeos en el Caribe contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas, con un saldo de más de 80 muertos.
Pero lejos de quebrar la unidad en el poder, estas acciones han reforzado el discurso de defensa nacionalista de Maduro: “Una amenaza colonial”, replicó el gobierno venezolano.
Intento de captura fallido y orgullo militar
Según reportes recientes, el entorno más íntimo de Maduro ha sido abordado con propuestas del gobierno estadounidense para traicionarlo. Incluso su propio piloto fue contactado, pero rechazó el plan diciendo: “Los venezolanos estamos hechos de otra madera. Lo último que somos es traidores”.
La cohesión del régimen se reafirmó con una marcha en Caracas, culminando con un acto en que Maduro izó una espada adornada de Simón Bolívar, el ícono fundacional del chavismo, y dirigió un juramento para defender la patria y la soberanía.
Públicos divididos, lealtades intactas
El analista David Smilde, de la Universidad de Tulane, opina que cualquier acción militar o amenaza externa es contraproducente: “Esto solo los unifica. Nadie en las fuerzas armadas confiaría en colaborar con Estados Unidos si piensan que son vistos como un cartel de drogas”.
Este sentimiento se refleja también en ciudadanos como Zenaida Quintero, una portera escolar de 60 años que recuerda los tiempos de Chávez con admiración y defiende a Maduro con fe absoluta, pese a los apagones, la inflación y la escasez. “Él no nos va a abandonar. Tenemos que mantenernos unidos”, asegura.
La realidad social y una oposición debilitada
Más de 7,7 millones de personas han migrado de Venezuela desde el inicio de la crisis política y económica, según ACNUR. La pobreza generalizada ha debilitado el tejido social. Sin embargo, el aparataje de control chavista sigue funcionando con eficacia. Marchas, discursos nacionalistas y beneficios distribuidos selectivamente mantienen al régimen a flote.
La oposición, aunque fuerte en teoría y con legitimidad internacional, ha fracasado en quebrar ese círculo inmediato de poder porque, en palabras del mismo Smilde: “No entienden cómo funciona el chavismo desde adentro”.
La espada de Bolívar como escudo de Maduro
La simbología es una herramienta poderosa en regímenes autoritarios. Maduro abraza esa tradición con fuerza. Ya sea cantando en inglés himnos pacifistas o levantando espadas históricas, manda un mensaje a sus seguidores y enemigos: “No nos tumban tan fácil”.
Y mientras muchos esperaban su caída desde 2013, el autócrata socialista aún se mantiene de pie, cada vez más aislado, pero también más dispuesto a usar cualquier estrategia —represión, populismo, religión o marketing— para aferrarse al poder.
Como advierte Susan Shirk, académica de la Universidad de California: “Los regímenes autoritarios tienen un fetiche por la unidad. Necesitan lealtad pública para evitar fracturas internas y amotinar a la población mientras eliminan cualquier señal de disidencia”.
Este artículo es un análisis en profundidad sobre las herramientas de poder que sostienen a la administración de Nicolás Maduro en Venezuela, a pesar de las crisis multidimensionales y la presión internacional.
