Temor en Turmus Ayya: cómo la cosecha de olivas en Cisjordania se ha convertido en una batalla por la supervivencia
Ataques diarios de colonos israelíes dejan a comunidades palestinas atrapadas entre la violencia impune y el abandono institucional
Una temporada de recolección manchada de sangre
Cada otoño, durante siglos, las familias palestinas han acudido a los valles de Cisjordania para recolectar sus preciadas olivas. Más que un trabajo agrícola, la cosecha de olivas representa tradición, identidad, sustento y comunidad. Sin embargo, en 2025, este ritual ancestral se ha transformado en una peligrosa misión de supervivencia, eclipsada por la violencia de colonos israelíes armados, el silencio institucional de las fuerzas militares israelíes y la dolorosa sensación de impunidad.
El pueblo de Turmus Ayya, ubicado al noreste de Ramala, se ha convertido en el epicentro de un conflicto cada vez más asimétrico. Sus habitantes denuncian ataques diarios, incendios provocados, destrucción de propiedades, y hasta palizas a personas de edad avanzada por parte de colonos que "descienden como fantasmas" desde los asentamientos ilegales erigidos en tierras palestinas.
La normalización del terror: cifras que estremecen
Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA), durante la cosecha de olivas en octubre de 2025, se registraron un promedio de ocho ataques diarios perpetrados por colonos israelíes. Se trata del número más alto desde que comenzaron a recolectarse estos datos en 2006.
No se trata solo de enfrentamientos esporádicos. Este ascenso de violencia ha implicado:
- Quema de automóviles palestinos
- Profanación de mezquitas
- Vandalismo en instalaciones agrícolas e industriales
- Golpizas con objetos punzantes
Y todo esto, realizado con tal impunidad que la tasa de acusación en estos crímenes es menor al 6%, de acuerdo con la ONG israelí Yesh Din.
El caso que sacudió conciencias: la brutal agresión a una abuela
Uno de los incidentes más alarmantes fue captado en video el 19 de octubre de 2025. Afaf Abu Alia, una abuela palestina de 55 años del pueblo de Al-Mughayyir, fue atacada violentamente mientras cosechaba olivas prestadas por los residentes de Turmus Ayya. Su propio olivar, compuesto por más de 500 árboles, había sido previamente arrasado por el ejército israelí.
En las imágenes se observa cómo un colono ataca sin piedad con un garrote con púas a la mujer hasta dejarla inconsciente. Requirió 20 puntos de sutura en la cabeza y fue hospitalizada por cuatro días. Tres semanas después del ataque, Abu Alia declaró: “No recuerdo nada después del primer golpe. Pero volveré el próximo año. Mi tierra es mi alma.”
Un aparente acto judicial... que no cambia nada
Este fue uno de los rarísimos casos en que un colono fue arrestado. Ariel Dahari, el presunto agresor, fue acusado de terrorismo. Sin embargo, lo representa la organización extremista Honenu, conocida por brindar defensa legal a colonos acusados de violencia contra palestinos.
Desde 2016, Dahari ha recibido al menos 18 órdenes administrativas, incluyendo arresto domiciliario y expulsión de Cisjordania. En 2023, fue expulsado por segunda vez del territorio, y sin embargo, logró regresar.
Su mensaje público, citado por el medio Arutz Sheva, fue claro: “No abandonaremos nuestra tierra. El enemigo real es el árabe.”
Aunque Israel lo acusó formalmente, las estadísticas son desoladoras:
- En 2022 hubo 235 investigaciones por violencia de colonos
- En 2023, 150
- En 2024, ¡solo 60!
De esas, apenas el 3% llegaron a sentencia condenatoria.
La expansión de los asentamientos: una amenaza constante
La violencia no solo es directa. Muchas veces se institucionaliza a través de outposts —puestos ilegales administrados por colonos en tierras privadas palestinas. Uno de los más recientes es Emek Shilo, fundado a principios de 2025 por el colono conocido Amishav Melet.
Según la organización Peace Now y reportes de B’Tselem, Melet llegó no solo a construir estructuras para ganado, sino a patrullar los terrenos con una pistola visible, mientras grababa a los campesinos palestinos en el campo. En un video de octubre, se le escucha declarar: “¿Dónde está el ejército? Yo soy el ejército.”
Colonato, violencia y negación oficial
Israel nunca ha frenado del todo la construcción de asentamientos. La expansión de Emek Shilo es solo un ejemplo de cómo la presencia de colonos comienza con una cabaña y termina ocupando terreno agrícola, sistema de agua y caminos rurales completos.
El primer ministro Benjamin Netanyahu ha caracterizado esta violencia como obra de “una minoría”, sin tomar acciones contundentes para detener el fenómeno.
Peor aún, el actual ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir —un colono él mismo— ha contribuido al deterioro del estado de derecho liberando a colonos violentos en detención administrativa y reduciendo las investigaciones policiales.
Un pueblo que no se rinde
Pese a todo, los residentes de Turmus Ayya resisten. Cada vez que suena una sirena desde la mezquita, grupos de jóvenes bloquean la entrada del pueblo para evitar que los colonos avancen. Llevan cámaras, graban cada ataque con la esperanza de lograr justicia. Algunos incluso han dejado de trabajar sus campos para evitar enfrentamientos, pero no están dispuestos a ceder su tierra.
“Hemos heredado estas olivas de nuestros abuelos. No se las entregaremos así nomás,” dice Yasser Alkam, un abogado palestino-estadounidense originario del lugar.
La abuela Abu Alia, aún con la cabeza marcada por cicatrices, resume el sentir general: “Esta es mi tierra. No me iré, jamás.”
Historias que merecen atención internacional
La situación en Cisjordania no es una mera disputa territorial. Es una lucha diaria por la dignidad, el arraigo y la justicia. Convertir la temporada de cosecha de olivos en un campo de batalla representa no solo una violación de derechos humanos, sino un intento sistemático de borrar la identidad agrícola y cultural de un pueblo ancestral.
Mientras los colonos violentos continúen actuando sin consecuencias y el aparato de seguridad israelí mire hacia otro lado o incluso coopere, decenas de miles de familias palestinas tendrán que vivir cada año entre el miedo, la rabia y la resistencia silenciosa.
¿Hasta cuándo podrá sostenerse este status quo? ¿Quién aceptaría trabajar su tierra sabiendo que podría volver con huesos rotos, o no volver?
En el corazón de las colinas palestinas, la pregunta queda flotando entre los olivos mutilados —árboles que resisten tormentas pero que hoy luchan contra el olvido.
