Amenaza atómica: EE.UU. y Rusia encienden alarmas con posible reanudación de pruebas nucleares

Los anuncios cruzados entre Washington y Moscú sobre nuevas pruebas nucleares plantean dudas profundas sobre la estabilidad internacional, la eficacia del tratado de prohibición y la seguridad global.

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Un retroceso con consecuencias globales

El fantasma de las pruebas nucleares, largamente desterrado por la diplomacia internacional, vuelve a sobrevolar el panorama geopolítico. Las recientes declaraciones del expresidente estadounidense Donald Trump, quien afirmó que Estados Unidos reiniciará sus pruebas nucleares, y la respuesta inmediata de Rusia advirtiendo posibles medidas recíprocas, han encendido todas las alertas en los círculos diplomáticos, científicos y de derechos humanos.

En un mundo marcado por conflictos en Europa del Este, tensiones en Medio Oriente y una carrera armamentística con nuevas protagonistas como China e India, volver a las pruebas nucleares representa una peligrosa escalada con impactos tanto inmediatos como de largo plazo.

El Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares: un pilar bajo tensión

El Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCEN), adoptado en 1996 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, surgió tras décadas de ensayos atómicos atmosféricos, submarinos y subterráneos que devastaron ecosistemas y afectaron la salud de generaciones. Aunque aún no ha entrado en vigor formalmente, ha establecido una norma internacional fuerte contra los ensayos nucleares.

Firmado por 187 países y ratificado por 178, el tratado impide todo ensayo que produzca una explosión nuclear. Para que entre en vigor, 44 países específicos (los con potencial nuclear reconocido o sospechado) deben ratificarlo. Hasta hoy, nueve no han completado ese proceso:

  • No ratificado: Estados Unidos, China, Egipto, Irán e Israel.
  • No firmado ni ratificado: India, Pakistán, Corea del Norte.
  • Ratificado y luego revocado: Rusia (revocó en 2023 en protesta por la falta de reciprocidad estadounidense).

Estas grietas legales dejan el tratado en una situación ambigua, y cualquier prueba por parte de alguna de estas potencias podría quebrar el consenso tácito que mantiene frenada la proliferación y perfeccionamiento de armas nucleares.

¿Qué tipo de “pruebas” se avecinan?

Ante el silencio desde la Casa Blanca sobre la naturaleza de las pruebas mencionadas por Trump, el secretario de energía Chris Wright aseguró que no incluirán explosiones nucleares. Es decir, será una serie de ensayos subcríticos, en los cuales no se produce una reacción en cadena autosostenida y por ende no se genera explosión nuclear.

Dentro del ámbito del TPCEN, estas pruebas no son ilegales. Todas las potencias nucleares las han utilizado para verificar la integridad de sus arsenales y desarrollar nuevas tecnologías. Lo alarmante es el discurso, el simbolismo del lenguaje y el potencial de escalada que genera hablar abiertamente de participación activa en el terreno nuclear.

El lado oscuro de los ensayos: historia y consecuencias

Entre 1945 y 1996, el mundo soportó más de 2.000 pruebas nucleares. La mayoría fueron realizadas por los Estados Unidos (1.032) y la Unión Soviética (715). Estas detonaciones, ya fueran atmosféricas, subterráneas o submarinas, causaron daños irreversibles.

Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, fue el primer escenario de una explosión nuclear en combate. La bomba, de aproximadamente 15 kilotones, mató a más de 140.000 personas. Décadas después, los efectos de la radiación siguen siendo objeto de estudio.

Las pruebas posteriores en lugares como el Atolón de Bikini (EE.UU.), Semipalátinsk (URSS/Kazajistán), Mururoa (Francia) o Lop Nur (China) generaron zonas de contaminación radiactiva, enfermedades, desplazamientos humanos y mutaciones genéticas.

El rol de las nuevas potencias

Según Daryl Kimball, director ejecutivo de la Asociación para el Control de Armas en Washington, un retorno a las pruebas por parte de Estados Unidos abriría la puerta a que países con menor experiencia técnica, como China, India o incluso Irán, impulsen experimentos completos para mejorar y miniaturizar sus cargas nucleares.

El analista Joseph Rodgers del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales coincide, y alerta sobre un “balance de poder desestabilizado” si las pruebas se reanudan en naciones que buscan modernizar o expandir sus arsenales.

Desde 1996, solo tres países (India, Pakistán y Corea del Norte) han realizado pruebas nucleares. Corea del Norte es el único que persiste: ha realizado seis ensayos nucleares entre 2006 y 2017, todos detectados por la Organización del TPCEN.

La ciencia al servicio de la seguridad global

La Organización del Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares (CTBTO, por sus siglas en inglés) fue creada junto al tratado. Su sede está en Viena y, aunque el tratado no ha entrado en vigor, la CTBTO opera con normalidad y vigila el planeta a través de 307 estaciones de monitoreo en todo el mundo.

Utiliza tecnología sísmica, hidroacústica, infrasonido y detección de radionúclidos para identificar pruebas atómicas. Según su secretario ejecutivo, Robert Floyd, estas herramientas han demostrado ser eficaces, detectando incluso explosiones inferiores a 500 toneladas de TNT, muy por debajo del 1 kilotón para el que fueron originalmente diseñadas.

El presupuesto de la organización para 2025 supera los $139 millones de dólares, financiados principalmente por los Estados miembros. Su misión es simple y vital: garantizar que ninguna explosión nuclear pase desapercibida.

Lagunas técnicas y desafíos de verificación

A pesar de su capacidad, la red de monitoreo no es infalible. Kimball advierte sobre los ensayos hidronucleares a muy baja escala, ejecutados en cámaras metálicas subterráneas, que podrían ser indetectables y aún así permitir el perfeccionamiento de armas.

Esto, dice, genera una brecha de verificación que debería ser atendida tanto técnica como diplomáticamente. Aunque actualmente el “estándar de cero rendimiento” se mantiene, el aumento en tensiones entre potencias y los discursos ambiguos podrían mermar esa norma tácita.

¿Dónde queda la diplomacia?

En medio de las amenazas verbales, la diplomacia pierde terreno. Floyd considera que la función principal de su organización es proveer confianza a los Estados. Pero algunos expertos piden que la CTBTO asuma un rol más activo, convocando a los firmantes del tratado para discutir los riesgos y disipar dudas sobre intenciones y umbrales técnicos.

En este contexto, reactivar el espíritu del las negociaciones previas —especialmente el impulso de los años 90 hacia el desarme nuclear— resulta clave para evitar una nueva carrera armamentística donde las armas no solo resurgen, sino que podrían perfeccionarse silenciosamente.

¿Caminamos hacia una nueva Guerra Fría?

La confrontación verbal entre Washington y Moscú huele a déjà vu. Con el telón de fondo del conflicto en Ucrania, una OTAN más activa y China reconfigurando el orden global, el regreso del lenguaje nuclear despliega sombras difíciles de ignorar.

No se trata solo de si se realizará una prueba o no, sino del impacto que su anuncio —aunque no se concrete— tiene en la percepción de riesgo, en los presupuestos de defensa y en el comportamiento de Estados no firmantes como Irán o Corea del Norte.

Las armas nucleares tienen un poder disuasivo, pero también un simbolismo político. Jugar con esa narrativa puede tener efectos de bola de nieve.

¿Qué sigue?

Con países como India y China observando de cerca y otros actores como Israel manteniéndose en silencio estratégico, la posibilidad de una nueva ola de pruebas nucleares no es descartable. Mientras tanto, la sociedad civil, las organizaciones internacionales y los Estados comprometidos con la no proliferación deben reafirmar el poder del derecho internacional y revitalizar los mecanismos diplomáticos existentes.

Volver a detonar bombas nucleares, por experimentales que sean, es abrir la puerta a un pasado que la humanidad no puede permitirse repetir.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press