Haití en la encrucijada: ¿una transición democrática real o una simulación más?

La aprobación de una nueva ley electoral en Haití despierta esperanzas y suspicacias en medio de una profunda crisis de gobernabilidad e inseguridad

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Haití, el país más pobre de América y uno de los más inestables políticamente en el mundo, ha dado un nuevo —y quizás decisivo— paso en su largamente postergado camino hacia la restauración democrática. El Consejo Presidencial de Transición aprobó finalmente una ley electoral, abriendo así la puerta a la publicación de un calendario oficial de elecciones generales. Sin embargo, este anuncio tiene lugar en un contexto de violencia rampante, dudas sobre la legitimidad de los gobernantes interinos y sospechas sobre interferencias extranjeras.

Un país sin presidente y con gobiernos interinos desde 2021

Para entender la situación actual es vital remontarse a julio de 2021, cuando el presidente Jovenel Moïse fue asesinado en su residencia privada. Desde entonces, Haití no ha tenido un presidente electo mediante voto popular, lo que ha representado una constante fuente de inestabilidad institucional.

La administración del país ha estado en manos de gobiernos nombrados interinamente, con el respaldo —o al menos tolerancia— de diversos actores internacionales, entre ellos Estados Unidos y Naciones Unidas. En este tiempo, la seguridad interna se ha deteriorado gravemente, principalmente en la capital, Puerto Príncipe, donde las pandillas armadas controlan más del 80% del territorio urbano.

La firma de una nueva ley electoral se presenta como un paso clave para la transición hacia un gobierno legítimo. Según informó el presidente del Consejo, Laurent Saint-Cyr, la meta es clara: “Ofrecer finalmente al pueblo haitiano la oportunidad de elegir libre y responsablemente a quienes los gobernarán”.

¿Una esperanza real o una jugada de legitimación?

El escepticismo frente al Consejo Presidencial Interino es alto. El hecho de que varios de sus miembros —tres de siete con derecho a voto— no hayan estado presentes durante la aprobación de la ley pone en duda la representatividad del proceso. Uno de los ausentes fue Fritz Alphonse Jean, quien recientemente fue sancionado por el gobierno de Estados Unidos por presuntos vínculos indirectos con el apoyo a pandillas.

La sanción a Jean y otros actores políticos ha reavivado el debate sobre el papel de Washington en la política haitiana. Muchos analistas nacionales creen que las sanciones y restricciones de visa estadounidenses están siendo utilizadas como herramientas de presión política más que como medidas genuinas anticorrupción. Esto debilita aún más la percepción de soberanía del proceso político haitiano.

Calendario electoral tentativo: entre la esperanza y la incertidumbre

La nueva ley electoral establece el marco legal y político para la celebración de comicios en 2026. Las autoridades del Consejo Electoral Provisional han indicado preliminarmente que la primera vuelta se celebraría en agosto y la segunda en diciembre.

No obstante, la situación es altamente volátil. La violencia armada, los desplazamientos masivos, el colapso de los servicios públicos y la falta de infraestructura electoral dificultan enormemente cualquier plan de votación en el corto plazo. Human Rights Watch y Amnistía Internacional han denunciado que votar en ciertas regiones del país sería, hoy por hoy, “prácticamente imposible”.

Saint-Cyr ha repetido que el Consejo se compromete a restaurar la seguridad antes de las elecciones, pero queda abierta la pregunta: ¿cómo lograr eso en menos de un año?

El mandato con fecha de caducidad y un reloj avanzando

Teóricamente, el Consejo Presidencial debe disolverse el 7 de febrero de 2026, para dar paso a la instalación del gobierno electo. Esto implica que el ciclo electoral debe concluir antes de esa fecha, incluyendo validaciones, impugnaciones y transición institucional.

Quienes apoyan el Consejo ven la ley como el impulso que faltaba para acelerar el proceso electoral. El miembro Frinel Joseph señaló que se trata de “un punto de inflexión decisivo”. Pero no todos están convencidos. Hay temores legítimos de que esta ventana electoral se utilice como una estrategia para prolongar el control del país sin rendición efectiva de cuentas.

El rol de las pandillas: el poder real en las calles

El verdadero obstáculo para el proceso electoral no es legal ni institucional: es bélico. Grupos armados han tomado el control de barrios enteros, comisarías de policía y hasta rutas estratégicas. Organismos como la ONU estiman que más de 2.200 personas fueron asesinadas y otras 1.400 secuestradas solo en el primer semestre de 2025.

“Haití es actualmente un ‘estado paralelo’ en muchas zonas urbanas donde el poder de facto lo ejercen pandillas”, declaró en un informe reciente el relator especial de Naciones Unidas sobre derechos humanos, William O’Neill.

Y mientras las balas gobiernan Puerto Príncipe y otras regiones, ¿cómo garantizar una campaña segura? ¿Quién custodiará las urnas? ¿Quién llevará el conteo oficial y la supervisión internacional?

Un escenario regional que presiona

La comunidad internacional, en especial la Comunidad del Caribe (CARICOM) y los Estados Unidos, han presionado activamente para que Haití avance hacia la estabilización democrática. Haití es, desde el punto de vista geopolítico, una zona altamente sensible en el Caribe. Su colapso representa riesgo de migraciones masivas hacia República Dominicana, Estados Unidos y las Bahamas.

Los disturbios recientes en Guinea-Bissau, donde se denunció un fraude electoral seguido por un golpe militar, reavivan temores de que Haití puede correr la misma suerte si el proceso político no avanza de forma creíble y transparente.

¿Y si se logran las elecciones?

Ese escenario es, para muchos, utópico o al menos optimista. Pero si se logra completar el ciclo electoral, Haití podría estar ante la oportunidad de reiniciar institucionalmente su país después de casi una década. Las últimas elecciones generales se celebraron en 2016, un dato que por sí solo refleja la magnitud del colapso institucional que ha vivido el país.

Pero aún en el éxito, el futuro gobierno enfrentará un país completamente fracturado: sin servicios básicos, con instituciones colapsadas y una ciudadanía marcada por el hambre, el miedo y el desempleo. Según datos del Programa Mundial de Alimentos (PMA), más del 45% de la población necesita ayuda humanitaria urgente para sobrevivir.

¿Qué podemos esperar?

Haití está sumergido en una tormenta perfecta: institucional, política, humanitaria y de seguridad. La ley electoral puede ser un primer paso, pero es apenas una piedra más en un camino largo que se debe transitar con transparencia, inclusión social y garantías mínimas de legitimidad.

Como dijo una vez el exsecretario general de la ONU, Ban Ki-moon, refiriéndose a Haití tras el terremoto de 2010: “Este pueblo ya ha sufrido demasiado. No debemos dejarlo solo una vez más”. Esas palabras siguen resonando hoy con igual o mayor vigencia.

De cara a 2026, el gran reto no es solo realizar elecciones, sino asegurar que estas representen un verdadero renacer institucional. Y eso solo será posible cuando el pueblo haitiano pueda ejercer su derecho al voto sin miedo, sin coacción armada y con plena confianza en sus instituciones.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press