La revolución floral: cómo las bodas sostenibles están transformando el negocio global de las flores

Más allá de lo estético, una generación está cuestionando el impacto ambiental de los ramos importados, optando por opciones locales, secas o cultivadas en casa

Un ramo de flores puede representar amor, celebración y belleza. Pero en medio del cambio climático, también puede representar emisiones, monocultivos, y una huella ecológica alarmante.

La historia de Emily Day, una novia canadiense que decidió cultivar sus propias flores para su boda en octubre en Calgary, es un ejemplo inspirador —y revelador— de cómo la conciencia ecológica está transformando incluso los rituales más tradicionales. En lugar de pagar miles de dólares por arreglos florales importados, ella y su prometido construyeron jardineras con contenedores de madera reciclados y sembraron flores como achilea, tanaceto silvestre, strawflowers y statice.

¿El resultado? Una boda más sostenible, económica y, para sorpresa de muchos, cargada de simbolismo emocional y belleza natural.

¿Por qué las flores importadas pesan tanto sobre el medio ambiente?

Las flores frescas que se venden en muchas floristerías de Norteamérica tienen una ruta corta pero costosa: comienzan en campos de monocultivos en países como Colombia o Ecuador, viajan refrigeradas en avión hasta el norte, y finalmente se distribuyen en camiones hacia minoristas.

El profesor Kai Chan, experto en ciencias de la sostenibilidad de la Universidad de Columbia Británica, explica que este proceso libera grandes cantidades de gases de efecto invernadero debido a la refrigeración constante y al transporte aéreo. Además, la práctica agrícola de cultivar una sola especie —conocida como monocultivo— degrada el suelo, elimina la biodiversidad y facilita la aparición de plagas.

“Estás luchando contra la naturaleza en cada paso del camino”, afirma Chan.

El auge de las flores locales y de estación

Este problema ha creado una ola de consumidores cada vez más críticos con los productos que adquieren. Movimientos como Slow Flowers Society, fundado por Debra Prinzing, promueven el uso de flores locales, de temporada, y cultivadas por agricultores con prácticas más ecológicas. Según Prinzing:

“Si eliges flores locales para tu boda, sabes la historia de dónde vienen. Y cuando vuelvas a ver esas flores un año después en el mercado agrícola, te recordarán ese día especial.”

En Omaha, Nebraska, Holly Lukasiewicz, dueña de la florería District 2 Florals, ha adoptado una filosofía similar. Ella evita utilizar espumas verdes no biodegradables, recolecta y composta flores, y ofrece opciones para preservar pétalos mediante prensado. Lukasiewicz afirma:

“Desde que comencé, supe que quería reciclar lo que pudiera, compostar lo que pudiera y reutilizar todo lo posible.”

¿Cuánto cuesta realmente un ramo “eco”?

En números, el ahorro puede ser considerable. Emily Day gastó aproximadamente 1.300 dólares canadienses (unos $925 USD) en todo su proyecto floral. Eso contrasta con el costo promedio de contratar a un florista profesional para una boda, el cual puede superar fácilmente los $3,000 a $5,000 USD dependiendo del tamaño del evento y la selección floral.

Los arreglos de Emily no fueron sólo bellos, sino duraderos. Al estar secos, se conservaron intactos e incluso fueron reutilizados por una amiga para otra ceremonia, evitando el desperdicio común post-boda.

La estética también importa (y se puede lograr con flores locales)

Uno de los argumentos más frecuentes en contra de las flores locales es que no siempre están disponibles en la variedad deseada. Ya sea que se busquen peonías en invierno o tulipanes en pleno verano, la naturaleza sigue su propio calendario.

Pero eso, más que una desventaja, puede convertirse en una fortaleza. Esther Lee, directora editorial de la página de planificación de bodas The Knot, señala que cada vez más parejas buscan una ambientación que refleje el entorno donde se casan, lo cual se logra más fácilmente con flora local.

“Hay una atmósfera única que sólo las flores autóctonas pueden ofrecer”, afirma Lee. “Conectan emocionalmente a los invitados con el lugar y el momento.”

¿Son las flores artificiales una alternativa viable?

Algunas marcas promueven las flores artificiales como opción 'eco', pero expertos advierten que no siempre son tan sostenibles como parecen. La profesora Silvia Bellezza, de la Escuela de Negocios de Columbia, destaca que muchas de estas flores están hechas con plásticos derivados del petróleo y transportadas desde Asia, lo que implica también altos costos ambientales.

“No debemos aceptar ciegamente que algo es más sustentable solo porque no es natural,” advierte Bellezza.

Mientras tanto, las flores secas —como las que usó Emily en su boda— ganan popularidad gracias a su longevidad, versatilidad decorativa y posibilidad de compostaje al final de su vida útil.

El movimiento DIY: jardinería con propósito

El caso de Emily es parte de una tendencia creciente entre las generaciones Z y millennials, quienes incorporan sostenibilidad en eventos importantes como bodas, baby showers o funerales. Estas generaciones además documentan sus procesos en redes sociales, volviendo el hecho de cultivar tus flores un acto activista, inspirador y viral.

Incluso personas sin espacio en casa utilizan huertos comunitarios urbanos o se conectan con agricultores locales para preparar sus ramos. También se extiende la práctica de recolectar flores silvestres —con moderación y respetando las leyes de conservación— y el uso de plantas en maceta que pueden replantarse tras el evento.

El negocio tradicional enfrenta un cambio de raíz

Desde los años 80, gran parte del comercio floral se trasladó a Sudamérica, Asia y África en busca de menores costos y mayores volúmenes de producción. Esto fue favorecido por tratados comerciales como el ATPDEA entre EE.UU. y Colombia.

Hoy, miles de millones de flores se exportan cada año desde estos países. Colombia, por ejemplo, exportó alrededor de U$1.850 millones en flores en 2022, principalmente a EE.UU., según ProColombia. Sin embargo, el modelo empieza a evidenciar costos ocultos: uso extensivo de pesticidas, contaminación de acuíferos, monocultivos y condiciones laborales precarias.

Neil Anderson, profesor de horticultura en la Universidad de Minnesota, advierte:

“Muchos consumidores simplemente eligen la opción más barata. Pero hay un precio que no se ve en la etiqueta: el ambiental.”

¿Qué sigue? Reinventar el simbolismo de las flores

Las flores han sido símbolo de amor, duelo, paz e identidad cultural durante siglos. No se trata de eliminarlas, sino de devolverles su peso simbólico, entender su estacionalidad y su arraigo local.

Como dijo Emily Day sobre sus flores secas, después de la boda:

“Eso también es lo genial: puedes usarlas una y otra vez. Y cuando ya estén deterioradas, a diferencia de las de plástico, solo las tiras al compost. Vuelven a la tierra.”

En un mundo que busca sanar su relación con la naturaleza, incluso un ramo puede ser un acto radical de amor —no solo hacia otra persona, sino hacia el planeta.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press