Asia bajo el agua: el rostro humano del cambio climático y el reto de gobiernos sin preparación
Más de 1.400 muertos, miles de desaparecidos y millones desplazados: las inundaciones catastróficas que azotan el sudeste asiático revelan la desigualdad, la falta de previsión gubernamental y el costo creciente del calentamiento global.
Una tragedia de escala continental
Asia ha sido golpeada por una de las peores secuencias de inundaciones y deslizamientos de tierra de los últimos tiempos. Indonesia, Sri Lanka, Tailandia, Malasia y otras naciones han vivido un infierno en las últimas semanas, donde la suma de los muertos supera ya las 1.400 personas. Los desaparecidos superan los mil, y más de 1,5 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares.
Indonesia ha sido el país más afectado, con al menos 753 muertos, seguido de Sri Lanka con 465, Tailandia con 185 y Malasia con tres víctimas mortales. Pero más allá del conteo de víctimas, ha quedado en evidencia una realidad inquietante: los gobiernos están atrapados en un ciclo reactivo, sin capacidad para anticiparse a desastres cuya intensidad y frecuencia están marcadas por el cambio climático.
El cambio climático acelera las catástrofes
Las lluvias torrenciales y tormentas tropicales están llegando más tarde en el año, son más intensas y frecuentes. Esto no es un fenómeno aislado, es parte de un “nuevo normal”, según alertan científicos del Sunway Centre for Planetary Health y la Organización Meteorológica Mundial.
Según esta última, los niveles atmosféricos de dióxido de carbono aumentaron en 2024 a un ritmo récord, lo que “turboalimentó” el sistema climático. El resultado: tormentas más violentas, con mayor capacidad destructiva. A esto se suma que Asia se está calentando casi el doble de rápido que el promedio global.
“Asia está enfrentando la fuerza completa de la crisis climática”, advierte Benjamin Horton, profesor de ciencia de la Tierra en la City University de Hong Kong.
Una respuesta desigual: entre la capacidad fiscal y la dependencia externa
Indonesia y Tailandia, con economías de ingresos medios, han podido desplegar acciones de rescate, activar fondos de emergencia y movilizar personal militar. En Indonesia, por ejemplo, se enviaron tres barcos hospital para atender a más de 2.600 heridos y miles de afectados en Sumatra y otras zonas devastadas.
Sin embargo, Sri Lanka no tiene esa capacidad. La nación isleña, todavía en recuperación tras una crisis económica sin precedentes, carece de recursos y su respuesta depende en gran medida de la ayuda extranjera. Está bajo un programa del FMI que le impone restringir la salida de divisas para poder pagar su deuda externa.
En las zonas agrícolas de las tierras altas y valles arroceros, vitales para el suministro de alimento, los daños han sido graves. Esto no solo agrava la emergencia inmediata, sino que prolongará la crisis alimentaria y económica en los próximos meses.
El dolor oculto: deforestación, marginación y olvido
Pero la crisis no solo es climática o económica. Es también social y profundamente estructural. En Sri Lanka, muchas comunidades pobres en zonas de riesgo apenas han visto mejoras desde el tsunami de 2004 que dejó más de 230.000 muertos en el sur de Asia.
En Indonesia, la deforestación masiva desde 2000 ha sido un factor crucial en la intensificación de las riadas y deslizamientos. Según Global Forest Watch, solo en las provincias de Aceh, Sumatra del Norte y Sumatra Occidental se han perdido más de 19.600 kilómetros cuadrados de bosque. Eso equivale a una superficie mayor que el estado de Nueva Jersey.
“Cuando ocurre un desastre, son las comunidades pobres y marginalizadas las más afectadas”, dice Sarala Emmanuel, investigadora en derechos humanos de Batticaloa, Sri Lanka.
Una región atrapada entre el desarrollo y la destrucción
El desarrollo sin regulación, combinado con el abandono de políticas de planificación urbana sostenibles, agrava los efectos de las lluvias extremas. En Sri Lanka, las construcciones en laderas inestables y la falta de infraestructura drenante han multiplicado los deslizamientos. En Tailandia, donde el sur ha sido severamente afectado, el gobierno destinó más de 1.000 millones de baht en compensaciones a los damnificados.
Pero, como señalan expertos del Asian Disaster Preparedness Center, hay una tendencia generalizada en los gobiernos del sudeste asiático a priorizar la respuesta inmediata sobre la preparación. Este patrón está colapsando ante fenómenos climáticos cada vez más violentos y menos previsibles.
Miles desaparecidos, millones desplazados
En Indonesia, especialmente en Sumatra, muchas comunidades permanecen incomunicadas, aisladas por la destrucción de puentes y carreteras. La Agencia Nacional de Gestión de Desastres estima que cerca de 650 personas continúan desaparecidas. En las zonas más afectadas, como Aceh y Sumatra Occidental, se han visto escenas desgarradoras de familias encaramadas a los árboles o techos, esperando auxilio durante días.
La logística de rescate se complica por los cortes de electricidad y falta de comunicación. Muchas zonas quedaron sepultadas bajo el lodo y los escombros.
El precio del cambio climático: miles de millones de dólares
El costo económico de estos desastres ya es enorme.
- Vietnam perdió más de $3.000 millones en los primeros 11 meses del año debido a tormentas e inundaciones.
- Tailandia estima que solo las inundaciones del sur en noviembre causaron $781 millones en pérdidas.
- Indonesia reporta un promedio anual de $1.370 millones en pérdidas por desastres naturales.
Todas estas cifras subestiman una realidad aún más cruda: la vida humana, los ecosistemas y las economías locales arrasadas no siempre pueden medirse en cifras.
¿Quién paga la crisis climática?
Lo indignante es que muchos de estos países apenas han contribuido al cambio climático global. Sri Lanka, por ejemplo, representa una fracción minúscula de las emisiones mundiales de CO₂, pero es una de las naciones más vulnerables. “Necesitamos compensaciones reales por las pérdidas y daños que sufrimos por el calentamiento global”, señala Sandun Thudugala, de Law and Society Trust.
Esto coincide con los reclamos expresados en la COP30 celebrada recientemente en Brasil, en la que los países acordaron triplicar los fondos de adaptación y destinar hasta 1,3 billones de dólares anuales en financiamiento climático para 2035. Sin embargo, sigue lejos del objetivo real solicitado por los países en desarrollo.
Asia en la encrucijada: ¿quién salvará a quién?
Thomas Houlie, del instituto Climate Analytics, sostiene que el sudeste asiático está en un cruce de caminos. Si bien la región apuesta cada vez más por las energías renovables, todavía depende fuertemente de los combustibles fósiles, lo cual alimenta irónicamente el ciclo climático destructivo del que es víctima.
Detrás de cada cifra hay historias humanas: como la del comerciante Rohan Wickramarachchi, que vio su edificio inundado hasta el segundo piso y hoy vive con la incertidumbre de cómo empezar de nuevo. Como miles de familias que lo han perdido todo: hogar, cosechas, sustento.
El desafío no es solo presentar estadísticas o promesas en conferencias internacionales. Es construir un modelo regional de preparación climática que vaya más allá del desarrollo económico clásico, incorpore la justicia social y priorice la resiliencia ambiental.
Sudeste Asiático no necesita caridad, necesita preparación, respeto por sus ecosistemas y verdadero financiamiento climático.
