Irak entre dos fuegos: la presión de EE.UU. y las lealtades regionales
La marcha atrás en la designación de Hezbollah y los Hutíes como grupos terroristas revela la complejidad geopolítica del gobierno iraquí
Bagdad y el juego del equilibrio
Irak, una nación que constantemente navega entre tensiones externas e internas, volvió a estar en el centro del foco geopolítico al retractarse de la designación de los grupos chiitas libanés Hezbollah y yemení Hutíes como organizaciones terroristas. La sorprendente decisión del gobierno encabezado por el primer ministro Mohammed Shia al-Sudani se produjo tan solo semanas después de publicada la medida en el boletín oficial el pasado 17 de noviembre.
Este episodio no es simplemente un problema burocrático ni una "corrección de errores" rutinaria; es un retrato vívido del tira y afloja entre dos grandes potencias que tiran de los hilos en Bagdad: Estados Unidos e Irán.
Una decisión “errónea” que no convenció a nadie
En una escueta declaración, el gobierno iraquí afirmó que la inclusión de Hezbollah y los Hutíes entre 24 entidades sancionadas "fue un error" cometido antes de realizar una revisión completa. La rápida redacción de una nueva edición del boletín oficial excluyendo sus nombres y la apertura de una investigación parecieron medidas desesperadas para atenuar las críticas.
Según fuentes dentro del gobierno que hablaron bajo condición de anonimato, la reversión de la medida obedeció a una combinación de presiones internas por parte de partidos y milicias proiraníes e indignación social especialmente en los sectores más simpatizantes con la causa palestina.
Los actores en juego: Hezbollah, Hutíes e Irán
Ni Hezbollah ni los Hutíes necesitan presentación en el tablero del conflicto de Medio Oriente. Ambos grupos, considerados por varios gobiernos occidentales como organizaciones terroristas, son sostenidos militar y estratégicamente por Irán. También han tenido contacto y cooperación con diferentes facciones chiitas dentro de Irak desde los tiempos de la guerra contra el Estado Islámico.
Tras el ataque de Hamas contra Israel el 7 de octubre de 2023, que dejó más de 1,200 muertos, Hezbollah y los Hutíes respondieron con ataques contra territorio israelí, sumándose simbólicamente a la causa palestina. En Irak, donde el apoyo popular hacia Palestina es abrumador (según una encuesta de Arab Barometer, aproximadamente el 80% de los iraquíes simpatiza con la causa), designar a estos grupos como terroristas fue visto como un acto de traición.
“Es injusto y no es una decisión correcta; lo consideramos contrario al Islam”, dijo Raad Mohammed, residente de Bagdad, antes del anuncio oficial del gobierno.
Estados Unidos: la presión ineludible
El gobierno de Joe Biden ha intensificado su presión sobre Bagdad para que reduzca sus lazos con las milicias chiitas alineadas con Irán, especialmente en un momento en que la tensión entre Tel Aviv y Teherán es más frágil que nunca. Washington considera a Hezbollah y a los Hutíes como actores desestabilizadores y parte de una red de influencia iraní en la región que amenaza directamente los intereses estadounidenses e israelíes.
Para al-Sudani, el dilema es claro: si se inclina demasiado hacia EE.UU., puede provocar un estallido interno entre las influyentes facciones chiitas iraquíes; si, por el contrario, se pliega a los intereses iraníes, arriesga sanciones económicas y el deterioro de las relaciones diplomáticas con Occidente.
Una historia de equilibrios delicados
La posición de Irak como un “puente” entre Oriente y Occidente tiene raíces históricas. Desde la caída de Saddam Hussein en 2003, Irak ha sido escenario de un complejo rompecabezas político donde coexisten múltiples fuerzas:
- Estados Unidos, con miles de soldados aún desplegados en bases estratégicas.
- Irán, que ejerce influencia directa a través de partidos y milicias locales.
- Kurdistán iraquí, con sus propias aspiraciones y relaciones geopolíticas.
- La opinión pública local, fuertemente antivélica y pro-palestina.
La reciente decisión de incluir en una lista de sanciones a 24 organizaciones, entre ellas Hezbollah y los Hutíes, parecía una reacción dirigida a satisfacer a Washington y mostrar iniciativa frente a las denuncias de inacción. Sin embargo, terminó alienando a sectores fundamentales del país.
Un pulso entre pragmatismo y lealtad ideológica
Para muchos observadores, el Premier iraquí quiso dar una muestra de independencia frente a Irán, pero su gobierno subestimó la capacidad de respuesta del bloque proiraní dentro del parlamento y en las calles. El analista político iraquí Anwar al-Musawi lo resumía así:
“Bagdad quedó en una posición incómoda, presionado por EE.UU. y al mismo tiempo atado por alianzas regionales que son parte inherente de su política exterior desde hace años”.
La decisión de revertir la designación va más allá de un acto administrativo: reafirma que ningún gobierno en Irak puede sobrevivir sin medir cuidadosamente sus pasos en relación con Irán y su red de aliados regionales.
Un entorno que anticipa futuros choques
De fondo, la creciente posibilidad de una guerra directa entre Israel e Irán convierte a Irak en un potencial campo de enfrentamiento indirecto. Tanto Estados Unidos como Irán ven en Bagdad una pieza esencial en esta partida de ajedrez. Las próximas semanas serán cruciales para saber si el Estado iraquí logra mantener su ya frágil equilibrio, o si se verá forzado a tomar partido de forma más abierta en el pulso regional.
La retirada de la designación terrorista, más que una concesión, fue probablemente una medida de supervivencia política ante la realidad de que gobernar Irak hoy es, en gran parte, navegar entre dos fuegos cruzados: el poder de Washington y la injerencia de Teherán.
