Hong Kong, entre el fuego y las urnas: ¿puede una elección restaurar la confianza pública?
Con el trasfondo de una devastadora tragedia y un sistema electoral rediseñado por Pekín, la participación ciudadana se convierte en termómetro del descontento social y político
Por primera vez desde una de las peores tragedias registradas en su historia reciente, Hong Kong ha vuelto a las urnas. Pero lo ha hecho en un contexto enrarecido: la sombra del incendio que dejó al menos 159 muertos; la desconfianza creciente hacia las instituciones; y un sistema electoral “patriótico” que ha marginado por completo a la oposición prodemocrática.
El incendio que incendió la fe pública
A finales de noviembre de 2023, un incendio letal en un complejo habitacional de los años ‘80 desató la indignación de los habitantes de Hong Kong. Más allá del número extraordinario de fallecidos, lo que realmente avivó la llama del descontento fue la revelación de indicios de corrupción y negligencia en los trabajos de mantenimiento del edificio.
De inmediato, surgieron preguntas severas sobre la eficacia del aparato de supervisión de obras del gobierno, en especial tras rumores fundados de amaño de licitaciones y contratos ejecutados sin seguir normativas adecuadas.
El jefe del Ejecutivo de Hong Kong, John Lee, insistió en que no retrasar las elecciones sería la mejor muestra de compromiso con las reformas. Sin embargo, para muchos ciudadanos la convocatoria resultó un intento cínico de mantener las formas democráticas bajo un régimen cada vez más autoritario.
Una elección sin oposición: ¿democracia o representación escénica?
Desde la polémica reforma del sistema electoral en 2021, solo 20 de los 90 escaños del Consejo Legislativo son elegidos directamente por voto popular. El resto se reparte entre comités empresariales y sectores leales a Pekín. Todos los candidatos deben demostrar ser “patriotas”, es decir, fieles al Partido Comunista Chino.
No sorprende, entonces, que el entusiasmo ciudadano por participar haya caído a mínimos históricos. En las elecciones pasadas de 2021, la participación fue apenas del 30%. Las proyecciones para esta jornada, incluso antes del incendio, no eran más alentadoras. Y ahora, tras la tragedia, podrían ser peores.
Voto como termómetro: ¿castigo o resignación?
En un escenario donde la disidencia no tiene espacio, el voto puede convertirse en una herramienta, aunque modesta, para expresar desencanto. El profesor John Burns, investigador de la Universidad de Hong Kong, señaló que una caída aún mayor en la participación podría indicar que incluso sectores afines al gobierno están empezando a alejarse.
“Es un reflejo del sentimiento público”, apuntó Burns con claridad certera. Y ese reflejo es, quizá, el más importante que puede ofrecer hoy Hong Kong dentro de su limitada capacidad de expresión política.
Un aparente esfuerzo de movilización – pero sin alma
Antes del trágico incendio, el gobierno había emprendido una campaña agresiva para promover la participación. Se añadieron centros de votación, se extendieron horarios e, incluso, se ofrecieron subsidios para facilitar el voto de personas mayores y con discapacidad.
También se colocaron carteles y pancartas por toda la ciudad. Pero toda esa maquinaria se paralizó por respeto tras la tragedia. Irónicamente, muchos vieron esta pausa como una muestra de la falta de tacto con la que se había planificado todo: forzar legitimidad en medio de un luto nacional.
Además, la policía arrestó a varios ciudadanos acusados de instigar a otros a boicotear las elecciones. Esto contribuyó aún más a la percepción de que el proceso carece de legitimidad genuina.
Del Consejo Legislativo a la obediencia legislativa
Un dato casi tragicómico: de los 90 legisladores electos, 70 no fueron elegidos mediante una votación abierta. Cuatro de cada cinco escaños son ocupados por candidatos seleccionados por intereses sectoriales —bancos, inmobiliarias, sanidad— y su lealtad a Pekín ha sido certificada de antemano.
Cuando Jefes Ejecutivos como John Lee hablan de “reformas”, lo hacen refiriéndose a legislaciones impulsadas desde su propio despacho y revisadas como trámite por un cuerpo obediente. Es lo que algunos analistas definen como una “corte ceremonial”, con funciones legislativas meramente decorativas.
El problema estructural: Hong Kong como laboratorio del autoritarismo moderno
Desde las protestas masivas de 2019, Pekín ha redoblado su control sobre la excolonia británica. En 2020, impuso directamente la Ley de Seguridad Nacional, bajo la cual activistas, periodistas y líderes académicos han sido arrestados o forzados al exilio.
Según datos de Amnistía Internacional, más de 200 personas han sido detenidas bajo esta ley desde su entrada en vigor. La marginación de la oposición democrática en las elecciones es solo un mecanismo más en una estrategia de antifricción política.
Hong Kong, alguna vez símbolo de modernidad y autonomía, se ha convertido en el ejemplo más claro del “autoritarismo con fachada democrática”.
¿Por qué hubo elecciones, entonces?
La respuesta puede parecer paradójica, pero es simple: las elecciones, aunque vacías de competencia real, permiten al gobierno de Hong Kong mantener una apariencia de normalidad institucional. Para Pekín, es crucial enviar ese mensaje al resto del país —y al mundo—: que Hong Kong sigue funcionando “bajo un país, dos sistemas”.
Por eso, John Lee defendió la realización del voto incluso después de la tragedia. Como lo expresó: “Los diputados han sufrido esto junto al pueblo; van a cooperar con diligencia en la reconstrucción de la ciudad”.
Pero esta narrativa choca con la experiencia dolorosa de cientos de familias que, además de haber perdido a seres queridos, han sido desplazadas por un sistema que no les dio ninguna seguridad real.
¿Y ahora qué sigue?
Una elección celebrada bajo el signo del trauma y la represión difícilmente puede ser un paso hacia la sanación social. Más bien plantea un difícil dilema: ¿cómo reconstruir la confianza si las causas estructurales del problema siguen intactas?
Mientras gigantescos carteles con la cara de los candidatos favorecidos ondean en las avenidas, la ciudadanía parece haber optado por el silencio. Un silencio que grita más fuerte que los discursos oficiales.
Quizá lo más alarmante no es que la democracia haya sido enterrada en Hong Kong. Es que muchos ya han hecho las paces con su ausencia.
