Congo y la ilusión de la paz: entre acuerdos internacionales y bombas en las calles
Pese a un histórico acuerdo firmado en Washington, la violencia en el este del Congo continúa, dejando decenas de muertos y millones de desplazados
Una tragedia anunciada: una bomba entre aliados
El pasado domingo por la noche, la ciudad de Sange, ubicada en la conflictiva región de Kivu del Sur en la República Democrática del Congo, fue sacudida por una explosión que dejó más de 30 muertos y al menos 20 heridos. El estallido no provino de ataques rebeldes, sino de enfrentamientos internos entre el ejército congoleño (FARDC) y una milicia pro-gubernamental, Wazalendo. Lo que debía ser una alianza para enfrentar a los insurgentes terminó sumida en violencia interna.
“Los soldados de la FARDC venían desde el frente y querían acceder a la ciudad de Uvira”, explicó Faraja Mahano Robert, un líder de la sociedad civil. “En Sange, se les ordenó detenerse. Algunos se negaron y comenzaron los disparos entre ellos, hasta que explotó una bomba que mató a muchas personas”.
El sueño imposible de la paz: acuerdos que se evaporan
Este episodio ocurrió menos de una semana después de la firma de un acuerdo de paz en Washington D.C., mediado por Estados Unidos y presentado por la Casa Blanca como un momento “histórico” para la paz en el Congo. El presidente estadounidense, Donald Trump, fue anfitrión de la firma entre su homólogo congoleño Félix Tshisekedi y el presidente ruandés Paul Kagame. El pacto buscaba frenar la guerra entre las fuerzas congoleñas y el grupo rebelde M23, apoyado por Ruanda. La realidad, sin embargo, se impuso con crudeza: el ruido de las explosiones rápidamente deshizo los ecos de los aplausos diplomáticos.
“Al día siguiente de la firma del acuerdo, unidades de las Fuerzas de Defensa de Ruanda lanzaron ataques desde la ciudad ruandesa de Bugarama. Fue una agresión abierta”, denunció Tshisekedi ante su Parlamento. De acuerdo a Naciones Unidas, al menos 4.000 tropas ruandesas han sido vistas coordinando operaciones con el grupo M23 dentro del territorio congoleño.
Minerales, milicias y una guerra sin fin
Actualmente, más de 100 grupos armados operan en el este del Congo, una región rica en recursos minerales como coltán, cobalto y oro, necesarios para la tecnología moderna. Ni software ni smartphones se libran del cóctel bélico en estas zonas.
La presencia del M23, que tomó las ciudades clave de Goma y Bukavu a principios de este año, encendió nuevas alarmas. El grupo ha sido acusado de masacres, denuncias confirmadas por informes de la ONU. Las tensiones geopolíticas que involucran a Ruanda han complicado aún más el panorama. Kagame siempre ha negado las acusaciones de respaldo al M23, pero informes y testigos locales dicen lo contrario.
“Es difícil distinguir entre enemigos y aliados. La FARDC también está matando civiles”, dijo el residente David Kaserore. “Queremos que el gobierno acabe con esta guerra. Estamos cansados”.
Un país desplazado: la mayor crisis humanitaria olvidada
Según reliefweb.int y la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), más de 7 millones de personas han sido desplazadas internamente por la violencia en la RDC. Es la mayor crisis de desplazados internos en África y una de las primeras en el mundo. El país, sin embargo, recibe escasa cobertura mediática en comparación con otras zonas de conflicto.
“Esta mañana despertamos con algo más de calma, pero la gente sigue huyendo de Sange hacia Burundi”, comentó Amani Safari, otro residente local. La sensación de inseguridad hace imposible una vida normal, con niños sin acceso a educación y sin provisiones básicas.
Los “aliados” en tensión: FARDC vs Wazalendo
Wazalendo, un grupo armado que inicialmente se alineó como aliado del gobierno para resistir al M23, ha comenzado a chocar con la propia FARDC. Este fenómeno de “colaboradores fracturados” no es nuevo en el Congo, pero recuerda los peores años del conflicto entre 1996 y 2003, cuando múltiples facciones respaldadas por países vecinos se combatían entre sí alimentando una guerra en espiral.
La paradoja de Wazalendo es clara: se formó para proteger al Estado, pero ahora contribuye a su desestabilización. La estructura fragmentada del ejército congoleño y la falta de comando unificado permiten incidentes como el ocurrido en Sange. Según observadores internacionales, el país enfrenta “una situación casi caótica de seguridad”, con zonas sin presencia estatal efectiva.
¿Es realista una paz con Rwanda?
Las reuniones en Washington no son las primeras. En junio de este mismo año se firmó otro intento de paz entre Congo y Ruanda. A pesar de estos compromisos, las acciones sobre el terreno los contradicen. En palabras del analista político Gérard Bashizi, citado por Radio Okapi: “No se puede firmar la paz con un fusil aún humeante en la mano”.
La comunidad internacional enfrenta un dilema: ¿continuar confiando en acuerdos diplomáticos sin ver resultados en el terreno, o replantear su papel? Las declaraciones desde el Departamento de Estado estadounidense, como la emitida por Jacob Helberg sobre Costa de Marfil —“No estamos en el negocio de decirle a la gente cómo administrar su país”—, parecen reflejar un enfoque más pasivo, criticado por actores regionales como insuficiente.
Un precedente peligroso: el M23 y sus ambiciones políticas
Más allá del control territorial, el M23 ha manifestado intenciones de ejercer poder político. Algunos reportes indican que han buscado organizar administraciones paralelas en las zonas que controlan, cobrando impuestos y reclutando a jóvenes locales.
La posibilidad de que un grupo armado se institucionalice ante la debilidad del Estado es visto como un riesgo para todo el África Central. “Si el M23 logra consolidar poder, otros grupos buscarán replicar el modelo”, advierte un informe del International Crisis Group.
Un ciclo que se repite: elecciones, violencia, y represión
La politización del conflicto también se refleja en los eventos de Costa de Marfil, donde Alassane Ouattara juró su cuarto mandato tras elecciones marcadas por baja participación y violencia. Más de 1.650 personas fueron arrestadas en ese contexto. Aunque se trata de dos países distintos, la tendencia del liderazgo autoritario, la represión de opositores y la perpetuación en el poder configura un patrón preocupante en la región.
No es coincidencia que Ouattara y Tshisekedi compartieran espacio diplomático en Washington. Los intereses económicos —entre ellos el control del cacao y los minerales— prevalecen sobre reformas estructurales. El poder tiende a consolidarse sin mirar los daños colaterales sobre la población civil.
¿Por qué Occidente sigue callando?
Mientras el mundo dirige sus ojos a conflictos como Ucrania o Gaza, África Central sigue ardiendo en relativa penumbra mediática. La invisibilización de la crisis del Congo alimenta su impunidad. Las compañías tecnológicas que dependen del cobalto extraído en estas regiones parecen poco presionadas por organizaciones internacionales para exigir cadena de suministro ética.
El periodismo local hace esfuerzos heroicos. Testimonios de sobrevivientes, como los de Sange, circulan en redes sociales, pero su alcance también está limitado por la saturación del ecosistema informativo global.
La pregunta que queda es: ¿cuánto más puede resistir la población civil antes de que este conflicto olvidado estalle en consecuencias globales visibles?
