De acuerdos de paz fallidos a guerras olvidadas: ¿Otro espejismo diplomático de Trump?

Los conflictos en el Congo y Asia reavivan dudas sobre el real impacto del expresidente en la paz mundial

Por años, Donald Trump ha presumido de su supuesto rol como “el presidente de la paz”. No es raro escuchar al exmandatario alardear sobre acuerdos internacionales firmados durante su mandato que, según él, ayudaron a calmar regiones conflictivas en todo el mundo. Sin embargo, recientes estallidos de violencia en África y Asia echan por tierra esa narrativa, levantando serias dudas sobre la sustancia y durabilidad de dichos pactos firmados con bombo y platillo en nombre de la diplomacia estadounidense.

Congoleños y ruandeses: víctimas de una paz efímera

El pasado jueves, en Washington D.C., Trump fue testigo de la firma de un acuerdo entre los presidentes Félix Tshisekedi (Congo) y Paul Kagame (Ruanda). El objetivo era detener el prolongado conflicto en el este del Congo, exacerbado por el grupo rebelde M23, supuestamente apoyado por Ruanda. No habían pasado cinco días, y el acuerdo ya mostraba signos de colapso. En South Kivu, una de las regiones más afectadas por la violencia, se reportaron nuevos enfrentamientos con numerosas bajas civiles.

El International Contact Group for the Great Lakes, compuesto por países como Alemania, Francia y Estados Unidos, emitió un comunicado mostrando “profunda preocupación” y exigiendo, entre otras cosas, que las tropas ruandesas se retiren inmediatamente del este de la RDC y que M23 respete su compromiso firmado.

“Es urgente que las partes respeten lo pactado y prioricen el bienestar de los civiles,” reza el comunicado. Lo cierto es que las esperanzas generadas por el llamado “acuerdo histórico” parecen desvanecerse tan rápidamente como fue anunciado.

Reincidencia en la frontera entre Camboya y Tailandia

Otro escenario problemático es la frontera compartida entre Camboya y Tailandia. En octubre, Trump fue el promotor de un pacto que buscaba consolidar la paz en este punto álgido de tensiones regionales. Sin embargo, en las últimas semanas, el conflicto ha resurgido con fuerza: más de 100,000 personas desplazadas y decenas de muertos tras choques armados que comenzaron poco después de un escarceo en el que dos soldados tailandeses resultaron heridos.

El Secretario de Estado Marco Rubio instó a un inmediato cese al fuego y al regreso a los términos del acuerdo de Kuala Lumpur. No obstante, funcionarios tailandeses afirman que la escalada fue provocada por incumplimientos del lado camboyano.

La narrativa trumpiana de la paz como marca personal comienza a desmoronarse cuando los resultados muestran que sus acuerdos ni siquiera sobreviven al ciclo mediático que los lanzó.

¿Influencia duradera o diplomacia fotogénica?

Durante su mandato, Trump alardeó haber sido responsable, directa o indirectamente, de al menos ocho acuerdos de paz o de distensión entre países históricamente enfrentados: India y Pakistán, Armenia y Azerbaiyán, Egipto y Etiopía, Kosovo y Serbia, Israel e Irán, Camboya y Tailandia, República Democrática del Congo y Ruanda, y el conflicto entre Israel y Hamás. De estos conflictos, sólo uno —el de Kosovo y Serbia— ha mantenido, de forma tenue y frágil, una frágil calma.

El resto ha derivado en renovados enfrentamientos, impases diplomáticos o retornos al status quo de hostilidad. En el caso de Israel y Hamás, el plan de paz propuesto por Trump sigue sin concretarse, y la violencia esporádica continúa, con negociaciones congeladas en una segunda fase que nunca llegó. Por otro lado, sus intentos de mediación entre Rusia y Ucrania no pasaron de declaraciones grandilocuentes y promesas vacías.

¿President of Peace o artífice del caos diplomático?

La administración de Trump vendió estos acuerdos como conquistas magistrales que otros gobiernos no habían logrado en décadas. En la firma del acuerdo entre Congo y Ruanda llegó a decir “Hoy estamos triunfando donde tantos fracasaron”. Sin embargo, la realidad geopolítica ofrece un saldo diferente: los acuerdos firmados son poco vinculantes, sin mecanismos de supervisión efectiva ni compromisos financieros o estratégicos de largo plazo. En otras palabras, son acuerdos de papel, útiles para la foto, pero incapaces de frenar la violencia en la práctica.

La diplomacia internacional es una labor compleja, que requiere no sólo voluntad política, sino también estructuras de seguimiento, inclusión de la sociedad civil, trabajo técnico y compromisos multilaterales. Trump apostó por pactos relámpago, la mayoría sin una estructura institucional que asegurara su implementación o monitoreo sostenido. Como resultado, los países firmantes regresan al conflicto cuando las cámaras se apagan.

Estados Unidos y su papel menguante

Estas fallas reiteradas también hablan de un cambio en la percepción internacional del papel mediador de Estados Unidos. La administración Trump erosionó muchas alianzas tradicionales, recortó programas de asistencia, debilitó tratados multilaterales y adoptó una política exterior de corte unilateralista, alejándose de la diplomacia como eje estructurador del orden global.

Por ejemplo, en África, Trump recortó apoyo a varias iniciativas de consolidación de paz impulsadas por la Unión Africana y socios europeos. En Asia, amenazó con sanciones a países que no siguieran sus directrices y se retiró de tratados regionales como el TPP. Sin una red sólida de cooperación, las gestiones de paz impulsadas por su administración carecen del músculo logístico, humano y técnico necesario para sostenerse en el tiempo.

La retórica de la “paz sin guerra”

Trump ha intentado construir una imagen de hombre de paz no por desmilitarizar, sino por evitar grandes conflictos que involucren a tropas estadounidenses. Sin embargo, en paralelo, amplió operaciones de fuerzas especiales, autorizó ataques selectivos sin aviso al Congreso, y transformó campañas de interdicción en operaciones letales, como el reciente caso de los 87 muertos en ataques a barcos presuntamente narcos cerca de Venezuela.

¿Puede alguien proclamarse “pacificador” mientras incrementa el uso de drones armados sin transparencia, autoriza bombardeos sin respaldo multilateral e impulsa acuerdos tan frágiles que colapsan en días? El contraste entre su discurso y los hechos resulta cada vez más evidente.

Desmantelamiento en casa: adiós a la justicia ambiental

Mientras Trump presume de acuerdos internacionales fallidos, en casa su administración ha socavado la justicia social y ambiental. El reciente retiro del Departamento de Justicia del monitoreo contra vertederos ilegales en comunidades negras y latinas de Houston refleja una política hostil hacia las poblaciones vulnerables. Lo mismo ocurrió en Alabama, donde se abandonó un acuerdo histórico para solucionar problemas de saneamiento básico en comunidades afroamericanas.

Según Catherine Coleman Flowers, activista de derechos civiles, “es evidente que esta administración no entiende el sufrimiento que causa su indiferencia; han renunciado a servir con dignidad a su propio pueblo”.

La paz: una tarea pendiente

En el contexto global, fracturado por nuevas tensiones bélicas, desinformación y rivalidades geopolíticas, la construcción de paz no es un eslogan ni una foto firmando acuerdos. Es una tarea persistente que demanda coherencia, compromiso y visión de largo plazo. El legado de Trump, lejos de afianzar la paz mundial, parece confirmar la máxima de que la diplomacia no puede improvisarse ni mercantilizarse.

En lugar de acuerdos verdaderos, el mundo ha sido testigo de pantomimas diplomáticas, estallidos recurrentes y una paz maquillada para titulares mas no sostén para los pueblos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press