Gritería en el exilio: devoción mariana y resistencia nicaragüense desde Miami
Entre altares, himnos y promesas, la diáspora nicaragüense celebra la Inmaculada Concepción mientras el gobierno de Ortega reprime la fe en casa.
“¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!” retumbó por las calles de Miami, acompañada de vítores, incienso, globos blancos y azules, rezos y cantos tradicionales. Así celebra la comunidad nicaragüense en el exilio la Gritería, una fiesta religiosa de profunda raíz popular, cargada de simbolismo y resistencia en tiempos de represión política en Nicaragua y de presión migratoria en Estados Unidos.
Una tradición que trasciende fronteras
Desde hace más de 160 años, cada 7 y 8 de diciembre los católicos nicaragüenses celebran a la Virgen María en su Advocación de la Inmaculada Concepción. La costumbre, conocida como "La Gritería," se desarrolla en miles de hogares en Nicaragua pero también se ha trasladado a otras latitudes gracias a la diáspora. En lugares como Miami, donde se concentra una de las mayores comunidades nicaragüenses en EE.UU., los festejos no solo perduran: se fortalecen.
Neri Flores, quien viajó desde Chicago hasta Miami para montar un altar junto a sus padres, lo resume así: “Es tradición, es familia, es comunidad. La fe no se rompe por las fronteras”. Detrás de su camioneta, montaron un altar con la pintura de la Inmaculada Concepción que su madre cargó consigo al cruzar ilegalmente la frontera embarazada de él en los años 80.
Altares móviles, una fe en movimiento
Las calles adyacentes a la parroquia San Juan Bosco, epicentro del catolicismo nica en Miami, se transformaron en un mosaico de devoción mariana. Desde SUVs decoradas hasta camionetas con globos, luces y estandartes, los miembros de la comunidad compitieron en creatividad pero unificados en fervor. Cada altar ofrecía comida típica —yuca con chicharrón, cajetas, rosquillas— además de juguetes y recuerdos religiosos para los visitantes.
“Estoy feliz. Tener esta tradición aquí fuera de mi tierra es gigante”, dijo emocionada Scarlet Desbas mientras su esposo conectaba un sistema de luces al motor de su auto.
Represión religiosa en Nicaragua: fe bajo vigilancia
¿Por qué una celebración tan conocida toma ribetes de acto político? Porque en Nicaragua, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha recrudecido su campaña en contra de la Iglesia católica desde las protestas de 2018, donde el clero se posicionó con las víctimas de violencia estatal.
Desde entonces, según la organización Freedom House y el CIDH, más de 30 sacerdotes han sido encarcelados, decenas exiliados —incluido el obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez— y se han prohibido procesiones religiosas, retenido a laicos bajo vigilancia y limitado actividades tradicionales como La Gritería. En muchos municipios, montar un altar requiere un permiso explícito del partido gobernante y se prohíbe el uso de los colores blanco y azul, vinculados a la oposición.
“La Virgen no va a olvidar a nuestro pueblo y algún día Nicaragua será libre”, proclamó Báez en una misa reciente en Miami, donde ha retomado su papel pastoral con fuerza.
La inmigración como segundo desafío
No solo en su país enfrentan desafíos los nicaragüenses. El endurecimiento de las políticas migratorias en EE.UU. también afecta a esta comunidad —en especial a los más de 430,000 inmigrantes con estatus de protección temporal (TPS), muchos de quienes provienen de Nicaragua, Haití, Cuba y Venezuela.
“Hoy es un gesto de confianza en Dios, pero también un acto tácito de resistencia. Aquí, rezamos por quienes no tienen libertad ni documentos”, expresó el sacerdote Yader Centeno, párroco de San Juan Bosco.
Oscar Carballo, uno de los asistentes, recordó cómo muchos inicialmente temieron salir por rumores de redadas migratorias. “Pero al ver esto, se siente como estar en el patio de casa. La Virgen nos da fuerza”, dijo.
Entre la nostalgia y la promesa
Al otro lado de la ciudad, en la Parroquia Santa Águeda, la Gritería tomó otra forma: una misa multitudinaria encabezada por Báez, transmitida también por internet para alcanzar a la audiencia transnacional. Allí, se recordó el sentido teológico profundo de la fiesta: María como símbolo de pureza, libertad y esperanza.
En palabras de Claudia Fuertes, quien montó un altar decorado con los colores patrios: “Muchas veces este altar ha sido mi promesa. Una forma de decir: gracias Virgen, por protegerme aquí, pero también por no dejar sola a mi familia allá”.
Una celebración viva, comunitaria y resiliente
Lo que comenzó hace siglos como una declaración teológica del Vaticano —el dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado por el Papa Pío IX en 1854— se ha convertido en un grito de pertenencia cultural, memoria y fe para millones de nicaragüenses en la diáspora.
En Nicaragua, esta fiesta sigue viva, aunque apagada por la represión. Sus ecos, sin embargo, resuenan con más fuerza en las calles de Miami, Houston, Los Ángeles y otras ciudades del exilio. Y en cada altar improvisado, cada estatua rescatada del pasado y cada himno entonado en comunidad, se revela lo que tal vez el régimen y las legislaciones migratorias no entienden: que la fe, cuando es raíz y promesa a la vez, encuentra siempre el modo de florecer.
“La fe de nuestro pueblo es más fuerte que el exilio. Y en ese grito a María, también gritamos por libertad.”
