‘Scarlet’: La ambiciosa apuesta de Mamoru Hosoda que tropieza en el inframundo del anime

Una mirada crítica a 'Scarlet', el último intento del maestro del anime Mamoru Hosoda por fusionar Shakespeare, mundos oníricos y rebelión metafísica

Un gigante del anime con sueños épicos

El nombre de Mamoru Hosoda se ha convertido en sinónimo de imaginación audaz, resonancia emocional y animación profundamente humana. Con títulos como “Mirai” (2018) y “Belle” (2022), ya ha demostrado que puede mover los hilos de la narrativa para sumergirnos en mundos donde lo familiar se convierte en terreno mítico. En “Mirai”, un niño pequeño viaja a través del tiempo dentro de su propio linaje familiar. En “Belle”, una adolescente canaliza su dolor en un mundo virtual de impactante belleza audiovisual, una reinvención de La Bella y la Bestia con ecos digitales.

Pero con “Scarlet”, su más reciente obra, Hosoda pretende algo aún más atrevido: trasladar la tragedia de “Hamlet” de Shakespeare a un purgatorio animado repleto de almas errantes de distintas épocas. El resultado, sin embargo, es un ejemplo fascinante de cómo la ambición desmedida puede tambalear una narrativa, incluso viniendo de uno de los talentos más destacados del cine de animación contemporáneo.

Una protagonista shakesperiana en tierra de nadie

Desde su arranque, Scarlet establece un tono oscuro y desafiante. En un reino medieval inspirado vagamente en la Dinamarca del siglo XVI, Scarlet (doblada por Ashida Mana) es testigo del asesinato de su padre por parte de su propio tío, Claudius (voz de Kôji Yakusho), quien lo acusa falsamente de traición. Movida por la furia, Scarlet intenta vengarse, pero es envenenada y despierta en un limbo multidimensional conocido como Otherlands.

Allí, en este mundo post-mortem donde conviven almas de todas las eras, se embarca en una cruzada de justicia y redención. Pero pronto se da cuenta de que el entorno que la rodea no es solo un espacio físico, sino también un reflejo simbólico de sus dudas, su dolor y su proceso interior.

Reinventa a Hamlet, pero le sobran telas en el telar

Intentar adaptar Hamlet no es tarea sencilla. El dilema existencial, el conflicto moral, la decadencia política y la traición familiar están tan incrustados en la psique occidental que cualquier intento de adaptación exige precisión quirúrgica. A diferencia de otras adaptaciones notables, como la de Kurosawa en Ran, Hosoda apuesta por una reinterpretación sobrenatural, con ecos de “Spirited Away” y tintes kafkianos.

Sin embargo, lo que en principio parece ser una jugada maestra termina envolviéndose en una tela barroca que, aunque visualmente deslumbrante, resulta densa, errática e incluso tediosa. El guion peca al querer abarcar demasiados temas a la vez: muerte, redención, pacifismo, trauma, revolución, amor moderno e incluso crítica política contemporánea.

Una oda visual, pero con exceso de ambición

No se puede subestimar el poder visual de Scarlet. El diseño del mundo de los Otherlands es exquisito, con paisajes flotantes, criaturas espectrales, ecos de civilizaciones perdidas y estructuras imposibles que recuerdan los grabados de Escher o las secuencias oníricas de Paprika. Las animaciones de Studio Chizu, productora del propio Hosoda, parecen alcanzar nuevos niveles de complejidad digital y belleza artesanal.

No obstante, es difícil no sentirse abrumado. A veces, lo espectacular del diseño desdibuja el mensaje. Lo que en “Belle” parecía un equilibrio digno de ópera entre forma y fondo, en “Scarlet” se torna un exceso; como si cada escena luchara por robar protagonismo a la anterior.

El personaje salvador: Hijiri

En su travesía, Scarlet conoce a Hijiri (Okada Masaki), un paramédico de nuestro presente atrapado en Otherlands. Hijiri se convierte en el ancla emocional de la protagonista. No es solo un guía literal, sino también una especie de terapeuta metafísico cuya misión es sanar tanto a enemigos como a aliados. El personaje funciona como sombría voz de la razón y permite a Hosoda traer los dilemas de Hamlet al presente contemporáneo.

En cierto modo, Hijiri representa el Japón posmoderno: atención al otro, contención emocional y quietud ante el caos. Pero mientras es un contrapunto interesante a la abrasiva energía de Scarlet, sus diálogos tienden al didactismo y su desarrollo resulta predecible.

El eterno debate: venganza o perdón

Uno de los planteos éticos centrales de la historia gira en torno a la dicotomía entre justicia restaurativa y venganza punitiva. A medida que Scarlet se adentra más en los Otherlands, los límites entre el bien y el mal se difuminan. El guion intenta posicionarse en contra de la violencia, pero lo hace de una forma tan evidente y reiterativa que pierde fuerza simbólica.

El clímax lo representa una batalla majestuosa entre Scarlet y Claudius, recreada entre ruinas que evocan tanto un teatro isabelino como un dojo zen. Aunque espectacular y coreografiada con arrojo, la pelea se siente más como una concesión al espectáculo que como una consecuencia natural del conflicto filosófico que plantea la trama.

La influencia latente de Studio Ghibli y Shakespeare

Hosoda, ex animador de Studio Ghibli, ha llevado ese legado consigo. La inocencia cruda, el diseño artesanal y el amor por los espacios liminales (puertas, escaleras, estaciones, portales) están presentes. Sin embargo, la elegancia melancólica de Miyazaki aparece aquí más diluida y sustituida por una grandilocuencia que roza lo teatral.

Asimismo, la relectura de Hamlet tiene méritos interesantes. Scarlet realiza una transición simbólica que desafía las convenciones de género del clásico shakesperiano. Ya no es el hombre atormentado que duda en vengarse, sino una mujer decidida, furiosa, imperial y desbordada de dolor. Es una transposición que da para debates sobre feminismo, narrativa clásica y la evolución del héroe trágico.

¿Fracaso noble o belleza vacía?

Scarlet no es una mala película. Es una obra que no teme arriesgar en una época de fórmulas prefabricadas. Es visualmente osada, temáticamente ambiciosa y estéticamente impresionante. Pero también es irregular, redundante y filosóficamente menos sutil que anteriores entregas de Hosoda.

En palabras del crítico estadounidense Roger Ebert: "No hay nada peor que una película sin ambición. Pero las películas que fracasan precisamente por tener demasiada son acaso las más memorables." Y así es Scarlet: una cinta que recuerda más por el gesto que por su resolución.

Para los amantes del cine de animación japonesa, para los lectores de Shakespeare curiosos o para aquellos que buscan ver los límites de lo que el anime puede ofrecer, Scarlet es una experiencia recomendada, aunque desafiante.

Datos adicionales

  • Director: Mamoru Hosoda.
  • Género: Fantasía dramática, anime.
  • Duración: 112 minutos.
  • Estudio: Studio Chizu.
  • Distribuidor: Sony Pictures Classics.
  • Idiomas: Disponible en japonés con subtítulos o doblaje al inglés.
  • Calificación MPAA: PG-13 por imágenes violentas y sangrientas.

Scarlet ya se encuentra en cartelera en estreno limitado y se expandirá a más cines el próximo 6 de febrero.

¿Recomendada? Solo para quienes estén dispuestos a perdonar los errores en nombre de una visión artística sin frenos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press