Guerra comercial y campo en crisis: ¿qué tan efectiva es la ayuda del gobierno a los agricultores estadounidenses?
Entre aranceles, promesas incumplidas y pagos paliativos: una mirada en profundidad al descontento rural frente a las políticas comerciales de Trump
Tras la promesa, el desencanto
En el corazón del Medio Oeste de Estados Unidos, donde vastas extensiones de maíz y soya definen el paisaje y la vida rural, el peso de la política comercial se siente con fuerza. Donald Trump, nuevamente en campaña, ha reavivado la idea de los aranceles como herramienta nacionalista, prometiendo proteger la industria estadounidense. Sin embargo, para muchos agricultores como Gene Stehly y Charlie Radman, estas promesas han tenido un costo muy alto.
"Tal vez esto, al final, resulte mejor, pero te puedo asegurar que en este momento no lo está siendo", afirma Stehly, refiriéndose a las medidas que han desencadenado represalias comerciales, particularmente de China.
La agricultura estadounidense en el tablero geopolítico
En 2018, China —el mayor importador de soya del mundo— impuso aranceles a productos agrícolas estadounidenses como respuesta a los aranceles aplicados por Trump. En pocos meses, el sector agrícola sintió una caída drástica en sus ventas exteriores. La soya, que representa casi el 60% de las exportaciones agrícolas nacionales, se vio especialmente afectada.
Los intentos de solución se materializaron en paquetes de ayuda financiera. Primero, $12.000 millones en 2018, luego $22.000 millones en 2019 y un drástico incremento a $46.000 millones en 2020, argumentando la presión adicional de la pandemia.
Sin embargo, agricultores como Tregg Cronin, en Dakota del Sur, sostienen que ese dinero desaparece casi al llegar: “Cualquier cheque que recibimos del gobierno probablemente se gira y se va directo por la puerta con nuestros costos”.
La promesa de China no se cumple
El acuerdo comercial con China, anunciado por Trump en 2019 como un triunfo de su estrategia, incluía el compromiso chino de comprar hasta 25 millones de toneladas de soya por año durante tres años. No obstante, China sólo ha concretado una fracción de esas compras. En febrero, había adquirido apenas la cuarta parte de las 12 millones de toneladas prometidas para esa fecha.
El portavoz de la embajada china en Washington insistió en que la cooperación está "avanzando de manera ordenada", pero los números concretos demuestran lo contrario.
"No confío en sus promesas ni en sus motivos", dice Bryant Kagay, productor en Misuri, reflejando una desconfianza generalizada hacia las negociaciones con Pekín.
Una industria que pide soluciones reales
Los agricultores no piden limosnas. Lo que realmente exigen es previsibilidad y nuevos mercados. Charlie Radman, agricultor de cuarta generación de Minnesota, lo explica claramente: “Queremos una certeza mínima. Esto de depender de pagos improvisados no es sostenible”.
Glen Groth, otro productor, va más allá y clama por una diversificación de los mercados: “Preferiría que el gobierno buscara nuevos mercados fuera de China antes que enviar paquetes de ayuda que no solucionan nada a largo plazo”.
Producción récord con poca demanda
El sector agrícola estadounidense ha sido testigo de mejoras constantes en la productividad, con avances tecnológicos que permiten cosechas mayores año tras año. Sin embargo, la demanda no se ha incrementado al mismo ritmo. Dan Keitzer, agricultor en Iowa, lo explica así: “Hemos tenido cosechas récord, pero cada vez nos cuesta más encontrar compradores”.
Esta descompensación entre la oferta y la demanda global provoca caídas en los precios, que sumadas a los costos de producción al alza, dejan poco margen de ganancia.
¿Es efectiva la ayuda federal?
El nuevo paquete de ayuda de Trump —anunciado recientemente con un total de $12.000 millones— es percibido como una curita sobre una hemorragia profunda. El pago máximo por agricultor es de $155.000, y sólo aplican aquellos con ingresos menores a $900.000 ajustados.
Pero en el mandato anterior varios grandes productores encontraron formas de sortear esas limitaciones y recibieron millones. Esto ha generado resentimiento entre los pequeños y medianos agricultores, quienes sienten que el sistema está amañado a favor de los más poderosos.
El golpe oculto del proteccionismo
Los aranceles impuestos por Trump que pretendían castigar a países como China terminaron por castigar a agricultores estadounidenses que dependen directamente de esos mercados.
Estados Unidos exporta aproximadamente el 50% de sus cultivos de soya y sorgo. Cuando esas puertas se cierran, especialmente en el mayor mercado como lo es China, las pérdidas se magnifican.
“Lo que la gente en las ciudades no ve es que nosotros no podemos esperar un año para que todo se acomode. Planificamos con un año de anticipación. Y si no vendemos, perdemos todo”, dice Groth.
Más allá de China: otras oportunidades de mercado
Varios grupos agrícolas están promoviendo iniciativas para aumentar el uso doméstico de sus productos. Se están explorando activamente usos alternativos como biocombustibles, etanol, combustible de aviación y alimento animal para contrarrestar la caída en las exportaciones.
La industria también está presionando para abrir mercados en otras partes del mundo —como el sudeste asiático, África y Europa— donde el consumo de proteína vegetal y productos derivados del maíz está en crecimiento.
Investigación al sector: ¿una solución real?
Una parte de la estrategia reciente de Trump ha sido emitir una orden ejecutiva para investigar prácticas anticompetitivas en la cadena de suministro de alimentos. Esto incluye desde fertilizantes y semillas hasta la industria empacadora de carne y supermercados.
Aunque esta medida fue vista como positiva por productores como Tregg Cronin, advierten que llega tarde y, sobre todo, es insuficiente sin una reforma profunda.
¿Quién gana realmente?
Mientras el campo sufre, políticas de ayuda improvisadas y acuerdos incompletos parecen reflejar más una estrategia electoral que un compromiso real con el campo. Y entre líneas, los grandes grupos agrícolas y empresas de agronegocios siguen siendo quienes cosechan mayores beneficios.
Por su parte, la comunidad agrícola, aunque tradicionalmente conservadora, ha comenzado a expresar una impaciencia creciente. Como señala Keitzer: “Nadie quiere depender del gobierno. Queremos precios justos y acceso a mercados. Así es como se construye una economía sostenible”.
Reflexión final
El dilema está claro: ¿cómo equilibrar el nacionalismo económico con la necesidad innegable de mercados internacionales? ¿Cómo evitar que los agricultores queden atrapados en el fuego cruzado de la política exterior de su país?
Una cosa sí parece evidente: los cheques eventualmente se acaban, pero las consecuencias de una política comercial volátil se quedan mucho tiempo.
