Separación silenciosa: El verdadero costo humano de las políticas migratorias en EE.UU.

Mientras los titulares se enfocan en la frontera, miles de familias migrantes viven separaciones desgarradoras dentro del mismo territorio estadounidense

Por años, la política migratoria de Estados Unidos ha sido un campo de batalla político, legal y ético. Sin embargo, más allá de las estadísticas, detenciones y debates públicos, se ocultan historias humanas de profundo dolor y desintegración familiar.

Una separación no tan nueva, pero más silenciosa

Durante la administración de Donald Trump, las políticas de separación familiar en la frontera generaron una indignación nacional e internacional. Pero en esta nueva etapa, las separaciones persisten, aunque bajo una nueva forma: dentro del propio país, durante procesos de detención prolongada o deportaciones inmediatas tras arrestos locales.

Historias como las de Jakelin Pasedo, Amavilia y Yaoska, migrantes provenientes de Venezuela, Guatemala y Nicaragua, respectivamente, ilustran esta dura realidad. Todas viven en Florida, lejos de sus esposos, quienes han sido deportados después de haber sido retenidos por semanas o meses por autoridades migratorias.

Jakelin: esperanza entre la incertidumbre

Jakelin Pasedo, de 39 años, llegó a Estados Unidos en diciembre de 2024 junto a sus dos pequeños hijos. Hoy viven como refugiados en un modesto motel en los alrededores de Miami, después de que su esposo, quien dejó Venezuela en 2022, fuera detenido en junio y tras pasar tres meses en un centro de detención, pidiera ser retornado a su país, agotado por el encierro.

"Me parte el alma ver a mis hijos crecer sin su papá", dice Jakelin, quien combina el cuidado de sus hijos con trabajo limpiando oficinas. Mientras ella teme regresar por la amenaza de persecución política, su familia permanece dividida.

Amavilia: supervivencia con fe

Amavilia, de 31 años y procedente de Guatemala, llegó a EE.UU. en 2023 y comparte un pequeño apartamento con sus dos hijos, uno de ellos un bebé, y una compañera de cuarto. Ella, como muchas otras madres migrantes, es el único sustento del hogar.

“Me levanto todos los días a las 3 de la mañana para cocinar las comidas que vendo por $10. También vendo helados y frutas bañadas en chocolate de puerta en puerta”, relata. Su esposo, Edgar, que trabajaba en la construcción, fue detenido apenas días después del nacimiento de su hijo menor y deportado a Guatemala, a pesar de haber vivido en EE.UU. por más de 20 años.

“Caí en la desesperación. No sabía qué hacer”, confiesa entre lágrimas. La renta casi impagable y el miedo constante de ser aprehendida por la policía se han convertido en parte de su cotidianidad. Amavilia no da su apellido por temor a represalias.

Yaoska: entre la maternidad y los grilletes

Yaoska, una nicaragüense embarazada de 32 años, vive con sus dos hijos menores en un motel del área de Miami. Lleva un grillete de monitoreo GPS las 24 horas. Su esposo, activista político en Nicaragua, fue deportado tras ser arrestado en una cita con las autoridades migratorias.

“Lo arrestaron frente a nuestros hijos. Fue devastador”, recuerda con la voz quebrada. Hoy, los pequeños —uno de ellos ciudadano estadounidense— pasan los días coloreando y buscando snacks mientras su madre intenta establecerse, sola, en un país ajeno.

Un patrón creciente: la separación interior

Estas historias no son anecdóticas. Según datos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), más de 267,000 personas fueron deportadas en 2023, muchas de ellas tras ser localizadas dentro del país, no en la frontera.

Organizaciones como National Immigration Law Center denuncian que las detenciones y deportaciones dentro del país han aumentado bajo políticas que, aunque menos visibles que las separaciones en la frontera, tienen un impacto humano igual de trágico.

El sistema judicial también es blanco del escrutinio

Un caso que ha causado especial conmoción es el de la jueza Hannah Dugan, en Milwaukee, acusada de obstrucción por permitir la salida de un inmigrante de su sala por una puerta trasera, tras saber que autoridades migratorias buscaban arrestarlo.

Dugan, según el FBI, ayudó a Eduardo Flores-Ruiz, un inmigrante mexicano, a escapar brevemente del arresto. Flores-Ruiz fue identificado por los agentes y capturado tras una persecución. Luego fue deportado.

El caso de la jueza Dugan ha encendido el debate político: ¿es persecución contra los jueces que intentan proteger los derechos de los inmigrantes? ¿O es una advertencia para que el poder judicial se mantenga al margen de las políticas migratorias federales?

¿Dónde está la humanidad?

El periodista y analista Juan González comentó en una entrevista para Democracy Now: “La obsesión por la deportación ha nublado cualquier sentido de compasión. Estas familias no solo buscan trabajo; huyen de situaciones de vida o muerte”.

La Oficina de Protección de Refugiados y Reasentamiento calcula que más del 65 % de los solicitantes de asilo afirman haber sufrido violencia directa o amenazas en sus países de origen, lo que hace aún más doloroso que ahora sufran separaciones y estigmatización en el país que consideraron refugio.

Niños que crecen sin sus padres

Los niños de estas familias no solo enfrentan la pérdida de uno de sus progenitores, sino que además deben lidiar con traumas psicológicos, pobreza y falta de estabilidad.

  • Según la Asociación Americana de Psicología (APA), la separación forzada de menores de sus padres constituye un “evento traumático con consecuencias mentales de largo plazo”.
  • Estudios de la Universidad de Harvard han demostrado que la inseguridad migratoria afecta el desarrollo cognitivo y emocional de los niños de manera comparable al estrés postraumático.

En las fotografías captadas durante octubre y noviembre de 2025, se pueden ver a niños pequeños compartiendo una cama con crayones y libros, mientras afuera el mundo adulto decide su destino. Imágenes que hablan por sí solas.

¿Qué sigue?

Las historias de Jakelin, Amavilia y Yaoska no son excepción. Muestran la realidad de un sistema migratorio que exige una reforma integral con un enfoque humanitario y no meramente punitivo.

Mientras continúe la estrategia federal de criminalización y deportación inmediata, más madres quedarán solas, más niños crecerán sin apoyo emocional y más familias vivirán, literalmente, partidas por la mitad.

Como dijo Yaoska, acunando a su hijo enfermo en un motel temporal: “Esto no es vida, pero tengo esperanza. Porque nuestros hijos merecen algo mejor.”

Es hora de mirar detrás de las cifras y ver rostros, nombres, historias. Porque las deportaciones no solo cruzan fronteras, también atraviesan corazones.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press