El infierno en Papiri: la educación bajo asedio en Nigeria

El secuestro de más de 300 alumnos en Nigeria revive los fantasmas del terrorismo y la inseguridad crónica en las escuelas del país

  •  EnPelotas.com
    EnPelotas.com   |  

Un grito en la noche: la irrupción del terror

En la madrugada del 21 de noviembre de 2025, los estudiantes de la escuela católica St. Mary en Papiri, Nigeria, despertaron sobresaltados por un estrépito en la puerta. Lo que parecía un mal sueño pronto se convirtió en una pesadilla real: decenas de hombres armados invadieron el recinto y forzaron a los niños a salir de sus dormitorios bajo amenazas de muerte.

Onyeka Chieme, un niño de educación primaria, logró escapar saltando por una ventana junto a otros compañeros. Pero la libertad fue efímera: los atacantes usaban motocicletas para perseguir a los fugitivos mientras disparaban al aire. Finalmente, 303 alumnos y 12 profesores fueron secuestrados. Este fue uno de los mayores secuestros escolares masivos en la historia reciente de Nigeria.

Más allá de Boko Haram: el auge de los “bandidos”

Desde el trágico secuestro de 276 niñas en Chibok en 2014 a manos de Boko Haram, el fenómeno del secuestro masivo en escuelas se ha intensificado. Sin embargo, el caso de Papiri apunta a una evolución del crimen: la mayoría de los actos ya no están vinculados a grupos islamistas extremistas, sino a bandas armadas denominadas localmente como “bandidos”.

Estos grupos, carentes de ideología religiosa pero motivados por fines económicos, usan a los estudiantes como moneda de cambio para exigir rescates. La posibilidad de impunidad, la aparente falta de represalias y los pagos de rescates han alimentado esta industria de la criminalidad.

“Cuando pagas rescates, estás alimentando el ciclo de secuestros”, advierte Aisha Yesufu, activista y co-fundadora del movimiento Bring Back Our Girls.

Entre 2014 y 2023, más de 1,800 escolares han sido secuestrados en ataques a centros educativos, según datos de UNICEF y reportes de medios locales.

El calvario en el bosque nigeriano

Onyeka Chieme fue liberado junto a otros 99 estudiantes dos semanas después del secuestro. Su relato es sobrecogedor: días enteros durmiendo sobre la hierba, bebiendo agua del río, escondiéndose cada vez que pasaban aviones militares sobre ellos.

“Tenían armas todo el tiempo. Si alguien hablaba de más, lo golpeaban. Los mayores eran vendados y atados”, contó Chieme.

Los secuestradores les dijeron: “No teman, solo queremos dinero. Si pagan, se van a casa”. La crudeza y frialdad de la declaración refleja la transformación del secuestro escolar en un suculento negocio criminal.

Una industria del secuestro impune y lucrativa

El gobierno federal ha sido ambiguo en cuanto a si pagó algún rescate para liberar a los liberados. En la mayoría de los secuestros anteriores, los alumnos fueron devueltos tras negociaciones no transparentes. Sin embargo, organizaciones como Human Rights Watch y International Crisis Group han denunciado que es común el pago de enormes sumas.

La impunidad agrava la situación. Poco o nada se sabe de arrestos o juicios sobre estos crímenes. Esto refuerza la percepción de que secuestrar estudiantes en Nigeria no solo es rentable, sino seguro.

Víctimas silenciadas y cifras alarmantes

En este último ataque, 153 alumnos y profesores siguen desaparecidos, incluyendo el hermano de Onyeka. Sus padres oscilan entre la alegría de haber recobrado a uno de sus hijos y la desesperación de no tener noticias del otro. Anthony Chieme, su padre, expresó:

“Prefiero que mi hijo muera en mi casa, donde pueda enterrarlo, que en el bosque, donde nunca sabremos qué le pasó”.

Esta ambivalencia emocional se repite en decenas de hogares nigerianos desde hace una década. Y cada nuevo caso añade presión sobre las familias para no enviar a sus hijos a la escuela.

UNICEF estima que uno de cada cinco niños fuera de la escuela en el mundo vive en Nigeria. El contexto de inseguridad es un factor esencial detrás de esta alarmante estadística.

Educación en crisis: un sistema abandonado

El sistema educativo nigeriano no solo sufre por la violencia; también enfrenta desafíos estructurales: falta de inversión, salarios impagos, infraestructura deficiente, y ahora, amenazas a la integridad física.

En regiones como el norte y centro del país, donde la violencia es más común, muchos colegios operan sin vigilancia ni protocolos de emergencia. Los secuestradores conocen este vacío de autoridad y actúan con impunidad.

El resultado: familias aterradas y niños que, en lugar de avanzar hacia un futuro escolar, se convierten en fichas de negociación entre el Estado y grupos armados.

El peso de los traumas: niños marcados de por vida

La experiencia de los estudiantes liberados es una que tal vez jamás superen. Dormir entre arbustos con armas apuntándoles, permanecer en silencio absoluto durante días, esconderse de aviones que deberían ser salvación... todo esto forma la base de traumas que pocos programas de asistencia psicológica en el país están preparados para abordar.

Blessing, de 14 años, otra de las liberadas del secuestro en Kebbi (estado vecino), dijo tras su rescate: “Ya no quiero volver a la escuela. Quiero quedarme con mi madre para siempre”.

Este abandono del proceso educativo no es solo una tragedia individual, sino una erosión peligrosa del futuro de Nigeria como nación.

Cómplices por omisión: el rol del gobierno

A pesar de los repetidos incidentes, la respuesta del gobierno ha sido débil y escasamente comunicada. Muchos analistas creen que la negociación con los captores para evitar escándalos internacionales es prioridad sobre soluciones estructurales.

Hasta ahora, no hay cifras claras sobre cuántos de los secuestros han terminado en encarcelamientos. Tampoco existen planes para reforzar la seguridad escolar de forma masiva.

Incluso voces desde la sociedad civil han señalado que, en algunos casos, figuras políticas podrían tener vínculos económicos con estas redes criminales, de forma directa o indirecta.

¿Qué se puede hacer?

  • Despolitizar la educación: Convertir la protección escolar y la inversión en educación en una prioridad nacional independiente de colores partidistas.
  • Protocolos de seguridad: Implementar sistemas de monitoreo, alarmas tempranas y presencia de seguridad armada en zonas de alto riesgo.
  • Frenar el pago de rescates: Buscar alternativas estratégicas de rescate para desmontar la economía del secuestro.
  • Asistencia psicológica post-secuestro: Los niños necesitan atención terapéutica, asesoramiento familiar y planes de reintegración estudiantil.
  • Castigos ejemplares: Juicios públicos y rápidos a líderes de bandas puede mandar un mensaje disuasorio nacional.

¿Hay esperanza?

El secuestro en Papiri no ha terminado. Más de 150 personas siguen desaparecidas, y el temor se siente en cada escuela del norte de Nigeria. Sin embargo, las movilizaciones ciudadanas, los movimientos sociales y la presión internacional podrían convertirse en catalizadores de cambio.

La educación, como dijo Mandela, es el arma más poderosa para transformar el mundo. Pero ¿qué ocurre cuando esa arma es desmantelada, debilitada y secuestrada por intereses criminales?

El futuro de Nigeria dependerá, en gran medida, de si logra rescatar no solo a sus niños, sino la misma esencia de la educación: esperanza, paz y libertad.


Fuentes:

  • UNICEF Nigeria Educational Reports, 2023
  • Bring Back Our Girls Movement, informes 2014-2024
  • Human Rights Watch Nigeria 2024
Este artículo fue redactado con información de Associated Press