La otra epidemia silenciosa: el aumento alarmante de muertes entre personas sin hogar en Hawái
Entre drogas, enfermedades y negligencia, cientos mueren cada año en las calles de Oahu; un sistema al borde del colapso lucha por revertir la tendencia
Una tragedia sin números claros
En la Isla de Oahu, Hawái, mientras el sol brilla sobre las playas, una tragedia silenciosa cobra fuerza en sus calles: cientos de personas sin hogar mueren cada año, muchas veces sin que nadie las note. Según el Departamento del Médico Forense de Honolulu, entre 2014 y noviembre de 2025 al menos 1,466 personas sin hogar fallecieron en esa isla. De ellas, 47 fueron víctimas de homicidio y 94 se suicidaron. En lo que va de 2025, ya se han registrado 167 muertes, superando ampliamente el promedio anual de los últimos cinco años.
Pero los expertos, como el Dr. Scott Miscovich, advierten que esta cifra está subestimada: “Creo que el subregistro es significativo. No me sorprendería que la cantidad real sea el doble.” La razón: muchos no ingresan al sistema de salud o mueren tras largas hospitalizaciones que no se reportan al forense.
Las causas detrás del colapso
En casi un tercio de las muertes desde 2014, el uso de metanfetamina se identificó como causa principal, contribuyente, o como condición preexistente. Solo en 2024, esta droga estuvo presente en el 43% de las muertes. Para Miscovich, la ecuación es clara: “La metanfetamina y la enfermedad mental severa están dominando a la población sin hogar.”
No solo se trata de sobredosis o crisis psicológicas. Las enfermedades crónicas, muchas prevenibles, también hacen estragos: “Este grupo no recibe ningún tipo de atención preventiva” dice el médico. Cánceres no detectados, enfermedades cardíacas por años de consumo y condiciones infecciosas tratables son frecuentes entre los fallecidos.
Años de vida, en decadencia
El promedio de edad en el momento del fallecimiento se ha elevado, llegando a los 58 años en 2025, lo que implica que las personas mueren más lentamente, pero no de forma menos amarga. Este hecho se relaciona también con el uso prolongado de sustancias y deterioro físico general.
Uno de esos casos fue el de Linda Johnson, una mujer que había logrado rehacerse gracias a un programa de salud mental. Sin embargo, en 2022, perdió el acceso a su tratamiento debido a interrupciones causadas por la pandemia. Regresó a las calles, y semanas después fue asesinada fuera de una comisaría.
Otro caso es el de Kevin Lynch, un hombre que vivió en los bordes del parque Kapiolani durante años. Murió por un cáncer de garganta sin diagnosticar, porque evitaba acudir al médico y rechazaba ayuda. Incluso su muerte pasó desapercibida en los registros oficiales.
Un sistema que no reacciona a tiempo
Organizaciones como Premier Medical Group, dirigidas por Miscovich, intentan frenar esta tragedia. En 2024 crearon el centro Aala Respite, donde personas recientemente dadas de alta de hospitales son hospedadas para atención continua. Allí trabajan con pacientes como Aaron Lapham, quien estuvo al borde del suicidio el año pasado y ahora afirma: “No iba a durar mucho más. Esto salvó mi vida.”
Aala Respite es parte de una red donde también participan clínicas móviles y programas de alcance callejero. Sin embargo, estos tienen recursos limitados y están bajo auditoría por cuestionamientos sobre su eficacia.
Desde enero de 2024, gracias a fondos de Medicaid, se comenzó a aplicar un enfoque de atención ambulatoria intensiva para evitar el ciclo de hospitalización y retorno a la calle. Además, un nuevo marco legal ahora permite la hospitalización involuntaria de personas con trastornos mentales considerados peligrosos para sí mismos o para otros. A pesar de las críticas sobre los derechos civiles, los defensores ven en esta medida una herramienta vital de intervención temprana.
La importancia de los datos: ¿cómo actuar si no sabemos a quién salvar?
La tragedia de las muertes entre personas sin hogar va más allá del drama humano: es también un problema de información y política pública. Anna Pruitt, directora de la Oficina de Pobreza e Investigación de Acción de la Universidad de Hawái, lo resume claramente:
“Si tenemos mejores datos, entenderemos mejor el problema y cómo solucionarlo.”
Los registros del médico forense son inconsistentes. El sistema Homeless Management Information System (HMIS) —una base de datos federal obligatoria— solo incluye muertos que alguna vez accedieron a servicios de asistencia y, aun así, apenas registró 32 muertes en 2025 frente a las 167 del forense.
El proceso es complicado: no todas las agencias comparten información, y muchas veces ni se notifica a los cuidadores. Por ejemplo, en el caso de Johnson, su cuidador no fue avisado de su arresto ni de su posterior liberación, lo que pudo haber evitado su asesinato.
Los mitos sobre la causa del sinhogarismo
Una narrativa común sostiene que el alto coste de vida y la falta de vivienda asequible son los principales factores detrás del sinhogarismo. Sin embargo, Miscovich disiente:
“Muchos sí tuvieron casa. Pero el consumo de drogas los rompió. Sus familias ya no podían lidiar con eso.”
La realidad. que observa en la calle y en las clínicas, muestra que el problema central es la salud mental sin tratar, el abuso de sustancias como metanfetamina y alcohol, y la falta de infraestructura de atención continua. Estos factores producen una espiral descendente que termina en la calle... y en muchos casos, en la muerte.
¿Hay esperanza?
Sí. Los esfuerzos actuales ya muestran progreso. En palabras del propio Miscovich, los efectos de las políticas actuales deberían reflejarse en una reducción concreta de muertes hacia 2026 o 2027. La implementación de nuevos programas, la mejora en el acceso y la integración de datos permitirán intervenciones más rápidas y efectivas.
También influyen otros factores: políticas progresistas impulsadas por el gobernador Josh Green y el alcalde de Honolulu, Rick Blangiardi, quienes han apostado por un modelo más humanitario y basado en evidencia.
Sin embargo, para que el cambio sea real, se necesita un compromiso social profundo. La lucha contra un problema que ha estado en crecimiento exponencial durante más de una década exige algo más que dinero: empatía, reforma legal, y voluntad institucional.
Una frase del experto en asistencia social David Fong lo resume todo:
“Lo que vemos es un sistema y una comunidad abrumados en todos los niveles.”
Mientras tanto, en parques, calles, estaciones y playas, siguen muriendo personas invisibles a los ojos de muchos. Personas que alguna vez tuvieron una vida, un trabajo, una familia. Personas cuyo único crimen fue perder el rumbo y cuya red de apoyo colapsó. Es momento de devolverles algo que una vez fue suyo: su dignidad.
