Mozambique en crisis: la herida abierta de Cabo Delgado y la niñez abandonada por el mundo
El conflicto con extremistas vinculados al Estado Islámico ha desplazado a más de 1.3 millones de personas mientras la niñez sufre las más crueles consecuencias de una guerra olvidada
Una emergencia humanitaria en pleno auge
Desde 2017, el norte de Mozambique se ha convertido en un epicentro de violencia extrema. La provincia de Cabo Delgado, rica en gas natural pero pobre en infraestructura y protección ciudadana, está siendo azotada por un conflicto armado protagonizado por militantes vinculados al Estado Islámico. En las últimas semanas, esta violencia ha escalado brutalmente, dejando más de 100,000 desplazados solo en noviembre, según informes de UNICEF.
Infancia huérfana: el rostro más cruel del conflicto
Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, cerca de 70,000 de esos desplazados son niños. Muchos de ellos han perdido a sus padres durante los ataques; otros han sido testigos de atrocidades como decapitaciones o incendios masivos en sus aldeas. "Muchos niños huyeron siguiendo a un adulto que ni siquiera conocían", relató Xavier Creach, representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Mozambique.
Los niños no sólo huyen, sino que escapan traumatizados, caminando durante días sin agua ni comida. "La salud mental es tan importante aquí como la física", añadió Creach.
¿Quiénes son los insurgentes?
Identificados por el gobierno de Estados Unidos como una rama del Estado Islámico conocida como Estado Islámico-Mozambique, el grupo tiene como objetivo imponer la sharía o ley islámica. De acuerdo al informe de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional de EE.UU., cuentan con aproximadamente 300 combatientes y uno de sus líderes clave es un ciudadano tanzano.
La ofensiva de 2021 en Palma, que duró 12 días y dejó decenas de muertos, puso en suspensión un proyecto energético de $20 mil millones de TotalEnergies —clave para el desarrollo nacional. Se estima que este mismo proyecto fue una de las motivaciones del ataque.
Expansión del conflicto
Originalmente centrado en Cabo Delgado, el conflicto ahora avanza hacia las provincias vecinas de Nampula y Niassa. Esto ha dejado un saldo total de más de 6,300 muertes, incluyendo 2,700 civiles, según la organización Armed Conflict Location and Event Data Project (ACLED).
Condiciones infrahumanas en los campamentos
Los desplazados, en su mayoría niños —que representan el 67% de los refugiados— viven en condiciones de extrema precariedad. La falta de alimentos, agua potable y atención sanitaria ha llevado a brotes de cólera y otras enfermedades. En noviembre, el gobierno de Nampula distribuyó 100 toneladas de alimentos, pero eso solo alcanzó para alimentar a menos de 14,000 personas durante 15 días.
La situación es tan devastadora que muchas familias están considerando volver a sus aldeas pese al riesgo, porque “no tienen otra opción”, dijo Creach.
Violencia de género e impunidad
Más allá del hambre y las enfermedades, hay un peligro invisible aún más siniestro: la violencia de género. Human Rights Watch ha documentado abundantes casos de abuso sexual hacia niñas y mujeres en campos de desplazados, agravados por la inexistencia de refugios seguros o atención especializada.
El rol de la comunidad internacional
La intervención militar en Cabo Delgado ha contado con el apoyo limitado de las fuerzas armadas de Ruanda, sin lograr frenar completamente la insurgencia. La falta de voluntad política internacional y el desinterés mediático sobre esta crisis ha llevado a que se catalogue como un conflicto olvidado.
La crisis coincide con crecientes desastres climáticos: cuatro ciclones importantes han golpeado el norte del país en los últimos doce meses. A eso se suma una sequía histórica que afectó duramente las cosechas en 2024. El cóctel de insurgencia armada y crisis climática ha puesto al país en una situación de vulnerabilidad total.
El proyecto energético: ¿la raíz de todos los males?
El proyecto de gas natural liderado por la empresa francesa TotalEnergies cerca de la costa de Cabo Delgado se ha convertido en un punto álgido. La riqueza natural de la zona es también su mayor maldición. Mientras el estado promete desarrollo sostenible, los habitantes no reciben casi ningún beneficio económico del gas.
Este conflicto ilustra cómo los recursos naturales, lejos de ser una bendición automática, pueden convertirse en un catalizador de conflictos si no son gestionados con transparencia y enfoque en desarrollo local.
¿Qué se puede hacer?
- Movilización internacional urgente: Es excluyente una mayor presencia humanitaria con financiamiento adecuado.
- Protección infantil: Se requiere un sistema que priorice la reunificación familiar y promueva centros de atención psicológica especializados para niños desplazados.
- Prevención de violencia sexual: Incorporar protocolos de protección para niñas y mujeres en campos de refugiados.
- Justicia y seguridad: Un esfuerzo internacional por investigar y juzgar crímenes de guerra cometidos por insurgentes debe ponerse en marcha sin más dilación.
- Desarrollo con inclusión: Los proyectos energéticos deben incluir cláusulas sociales claras que beneficien directamente a las comunidades afectadas.
Un clamor silenciado
La guerra en el norte de Mozambique es una tragedia silenciosa. No tiene el foco mediático de otras regiones, pero sus heridas son profundas e infectan el futuro de todo un país. Los niños representan no solo las víctimas inmediatas del conflicto sino también los cimientos derruidos de la reconstrucción nacional.
“Los desplazamientos de niños han ocurrido a un ritmo asombroso en poco tiempo”, afirma Mary Louise Eagleton de UNICEF. Si África es el continente del futuro, Mozambique es donde ese futuro hoy está en jaque.
El mundo no puede continuar ignorando esta emergencia. La niñez de Mozambique clama por un futuro que aún está a tiempo de construirse, pero cada día de silencio lo hace más difícil.
