Cannabis legal y dignidad rural: La transformación silenciosa del Rif marroquí
De la clandestinidad al cooperativismo regulado: cómo la legalización del cannabis redefine el futuro de miles de agricultores en Marruecos
La historia de Mohamed Makhlouf y el fin de un ciclo de miedo
Durante más de 50 años, Mohamed Makhlouf cultivó cannabis en la clandestinidad, viviendo con miedo a redadas, arrestos y la posibilidad constante de ver su cosecha desaparecer en llamas. A sus 70 años, la historia de este agricultor del Rif marroquí refleja la paradoja de un país que durante décadas toleró e incluso dependió de una economía sumergida, pero que hoy da sus primeros pasos en la legalización del cannabis con fines medicinales e industriales.
“La legalización es libertad”, afirma Makhlouf desde su tierra cerca de Bab Berred. Lo que antes eran aromas temidos por su poder delator, hoy son señales de un trabajo legítimo, hasta observado sin tensión por las autoridades que patrullan los caminos cercanos. Gracias a las nuevas leyes, ahora vende su cosecha a una cooperativa legalmente registrada.
Marruecos: líder mundial del cannabis, ahora con control estatal
Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), Marruecos es el principal productor mundial de hachís. Esta posición se ha mantenido durante décadas gracias al cultivo masivo en las montañas del Rif, una región históricamente marginada y agitada por tensiones socioeconómicas.
Muchos agricultores como Makhlouf sobrevivían gracias al cannabis, pese a los riesgos legales. En los años 90 y 2000, el gobierno lanzó campañas de erradicación que incluían la quema de campos, persecuciones judiciales y, a menudo, el éxodo de familias enteras. Sin embargo, en 2021, el paradigma comenzó a cambiar con la aprobación de una ley histórica que legalizó el cultivo de cannabis con fines no recreativos.
La ley de legalización y sus alcances
La ley 13-21, promulgada en mayo de 2021, posicionó a Marruecos como el primer país de mayoría musulmana en establecer un marco jurídico que autoriza la producción de cannabis para objetivos medicinales e industriales. Desde su implementación en 2022, las autoridades han emitido más de 3,371 licencias de cultivo en el Rif, y se produjo legalmente alrededor de 4,200 toneladas de cannabis en 2023, según datos oficiales.
El cambio no estuvo exento de simbolismo: en 2024, el rey Mohammed VI indultó a más de 4,800 agricultores encarcelados por delitos relacionados con el cannabis, iniciativa que el Ministerio de Justicia enmarcó en la estrategia nacional de “integración de veteranos cultivadores al modelo legal”.
Un nuevo ecosistema: cooperativas, producción y empleo rural
Cerca de Bab Berred, la cooperativa Biocannat compra cannabis legalmente a unos 200 pequeños agricultores. Posteriormente transforman la materia prima en aceite de CBD, lociones, chocolates y productos de cáñamo textil. Incluso exportan partidas con niveles de THC inferiores al 1%.
“Hay quienes manejan el envasado, otros el transporte, el riego… toda una cadena económica se ha generado gracias a la legalización”, explica Aziz Makhlouf, director de Biocannat. La cadena de valor ahora da empleo no solo a campesinos, sino también a técnicos agrícolas, transportistas y operarios industriales.
La legalización ha traído la posibilidad de ingresos estables para decenas de familias que antes vivían con la amenaza sobre sus cabezas. Ya no necesitan evitar ciudades, cambiar de nombre o esconderse. Muchos, por primera vez en años, pagan impuestos y acceden a servicios públicos con normalidad.
Sin embargo... ¿quién se queda fuera?
No todo es optimismo. Tanto agricultores como analistas alertan sobre los límites del nuevo modelo. La transición ordenada es difícil porque la demanda del mercado legal aún es reducida y las trabas burocráticas dificultan el ingreso a las cooperativas certificadas. A pesar del auge de los cultivos legales, más de 67,000 acres (27,100 hectáreas) aún se dedican a cultivos ilegales, frente a los 5,800 hectáreas autorizadas.
En algunos casos, como en Taounate, se han producido protestas debido a impagos por parte de las cooperativas, lo que ha generado una peligrosa combinación de descontento e incertidumbre. Los agricultores marcharon con pancartas que exigían: “No a la legalización sin derechos” y “Basta de promesas vacías”.
“Ganar dinero en el campo ilegal trae miedo y problemas. Cuando todo es legal, nada de eso pasa”, explica Abdelsalam Amraji, otro agricultor de larga data, hoy legalizado. Aunque el precio que puede obtener por su cosecha en el mercado negro es superior, elige lugares legales por tranquilidad y previsibilidad.
Doble misión para una misma institución
El Agencia Nacional de Regulación de las Actividades Relacionadas con el Cannabis (ANRAC) tiene una labor dividida entre el control y el apoyo. Así lo describe su director, Mohammed El Guerrouj: “Tenemos dos misiones contradictorias pero necesarias: aplicar las regulaciones como policía, y apoyar a los agricultores como facilitadores del cambio.”
Esta mezcla de acompañamiento y vigilancia resulta clave en el equilibrio delicado entre cooptar el antiguo sistema ilegal sin criminalizar a comunidades enteras que han sobrevivido gracias a él.
¿Una revolución desde las montañas?
La región del Rif no es cualquier zona agrícola. Ha sido bastión de levantamientos sociales, como el movimiento Hirak en 2016, que exigía más inversión estatal y derechos sociales. Desde entonces, el gobierno ha intentado reconciliarse con la región, y la legalización del cannabis puede leerse en parte como una estrategia para conseguir cierta estabilidad social.
“El cannabis es legal ahora, igual que la menta”, dice Amraji con mezcla de sorpresa e ironía. Hasta hace poco tiempo, una afirmación así habría parecido una provocación. Hoy, es una realidad creciente, aunque aún minoritaria.
Como evidencia el Global Initiative Against Transnational Organized Crime en su informe de abril de 2024: “El sector vive más un mecanismo de coexistencia de ambos mercados —legal e ilegal— que una transición decisiva de uno hacia el otro”.
Perspectivas: entre el optimismo y la precaución
Las oportunidades son evidentes: integración económica, seguridad jurídica, transformación productiva, reducción de tensiones con el Estado. También hay obstáculos serios: exclusión de pequeños agricultores, corrupción administrativa, escasez de compradores autorizados, y el riesgo de que la ley se convierta en una herramienta que profundice desigualdades si no se aplica con transparencia.
Aunque aún quedan enormes desafíos, lo que ocurre en Marruecos con el cannabis es, sin duda, una experiencia única en el mundo árabe y africano. Mientras países como Líbano han explorado vías similares, Marruecos avanza con más infraestructura, cooperación institucional y respaldo político.
Desde las sombras hasta la farmacia local, la planta maldita del Rif está escribiendo hoy un nuevo capítulo. En palabras de Makhlouf, el mítico cultivador de 70 años: “Ahora puedo dormir tranquilo. Eso lo vale todo.”
