El Silencio que Mata: Violaciones sistemáticas y crímenes de guerra en Malí

Cómo la violencia sexual se ha convertido en un arma impune en el conflicto maliense, con la complicidad del silencio y la falta de justicia

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Un crimen en las sombras

En un pequeño e improvisado centro de salud en Douankara, Mauritania, una niña de 14 años yace en una camilla. Sus ojos están vidriosos, su respiración es débil y el sudor empapa su frente. Salvada en el último momento por personal médico de Médicos Sin Fronteras, su historia no es un caso aislado: representa cientos, quizás miles, de mujeres y niñas que han sido víctimas de violencia sexual en Malí, muchas de ellas sin recibir atención médica o justicia.

Rusia, el nuevo actor con viejas tácticas

Con la salida del grupo mercenario Wagner de la región, surgió un nuevo actor: el Cuerpo de África, una unidad del Ministerio de Defensa ruso que ha heredado, según múltiples testimonios, no sólo la logística y modus operandi de Wagner, sino también su legado de brutalidad.

“Fueron los hombres blancos”, relatan los refugiados, refiriéndose a esos nuevos combatientes. La mayoría de los testimonios apuntan a torturas, decapitaciones, asesinatos e incluso esclavitud sexual.

El alto comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha denunciado desde 2013 que todos los bandos en el conflicto maliense —desde las fuerzas estatales hasta grupos extremistas y mercenarios— han usado la violencia sexual como táctica.

Un sistema de vergüenza y silencio

Malí es una sociedad profundamente tradicional y patriarcal. Para muchas mujeres, admitir que fueron violadas es equivalente a una condena social que puede traducirse en aislamiento, violencia familiar o incluso muerte. Esta estructura cultural de represalia y silencio permanece como el obstáculo más grande para contabilizar y atender los casos.

“Aquí no es como en el Congo, donde las mujeres venían por cientos después de una ofensiva. Aquí no vienen, y eso quiere decir que sufren en silencio”, explica Mirjam Molenaar, líder del equipo médico en la zona fronteriza y miembro de MSF.

La historia de una niña que casi muere en silencio

La joven maliense había sido brutalmente violada por soldados del Cuerpo de África tras presenciar la decapitación de su tío. Su estado físico, con signos visibles de una infección grave, refleja el abandono de días sin atención médica, y también el temor de sus familiares a buscar ayuda, simplemente porque no podían pagar una consulta.

Fue personal de MSF quien la llevó a un centro médico. La niña ahora está en recuperación, hablando con uno de los seis psiquiatras que trabajan en todo el país. Aun así, su memoria sigue bloqueando buena parte del trauma.

Un patrón de impunidad brutal y repetido

Los abusos sexuales documentados no son nuevos ni exclusivos del Cuerpo de África. Una mujer refugiada relató una masacre en marzo de 2024 cuando miembros de Wagner quemaron vivos a siete hombres y luego violaron a todas las mujeres presentes, incluida su madre de 70 años. “Después de eso, mi madre no quiso seguir viviendo”, dijo.

En 2023, un informe de la ONU documentó la violación de al menos 58 mujeres y niñas durante un ataque en Moura, atribuido a las fuerzas malienses y “hombres blancos armados”.

La retirada de la ONU y el apagón informativo

Tras aquel informe, el gobierno de Malí respondió de una manera drástica: expulsando a la misión de paz de la ONU. Esta decisión suprimió una de las pocas fuentes confiables de documentación de crímenes de guerra y dejó el campo libre para mayores abusos sin consecuencias.

Hoy existe un vacío informativo peligroso. La documentación de atrocidades depende completamente de las ONG, que muchas veces no tienen suficiente personal ni acceso a todas las zonas.

Los refugiados de Malí: en la frontera y sin refugio

Se estima que más de 150,000 personas viven en un campo de refugiados en la frontera de Mauritania. Pero la situación es todavía más crítica con los nuevos desplazados que huyen de la violencia y permanecen en chozas improvisadas de ramas, sin agua ni atención médica.

Una madre relató cómo hombres armados, “los blancos”, se llevaron a su hija de 18 años. Ella huyó, y desde entonces jamás volvió a verla. Otras mujeres describen intentos de violación, quemas de aldeas y asesinatos a sangre fría.

La salud mental: una emergencia invisible

El trauma postraumático está presente en cientos de mujeres, según los pocos especialistas disponibles. “Cada historia no contada pesa como una piedra en el pecho,” dice una trabajadora de MSF.

Es urgente habilitar servicios psicológicos sostenibles, mejorar el acceso a centros médicos para víctimas de violencia sexual y, sobre todo, crear un clima social en el que quien denuncia no sea estigmatizado.

Ausencia de justicia, presencia de miedo

La mayor amenaza no son sólo los soldados, sino el silencio que reina después. De las decenas de testimonios recogidos por organizaciones y periodistas presentes en la zona, muy pocos han sido compartidos con las autoridades o juez alguno.

“No podíamos gritar, no podíamos llorar. El miedo te obliga a tragar el dolor como si fuera agua”, relató la tía de la niña violada.

La combinación de complicidad, abandono estatal y desinformación ha generado un ambiente donde la impunidad es la norma. Según juristas internacionales, la línea de mando clara entre miembros del cuerpo militar ruso y el Ministerio de Defensa de Rusia debería traducirse en responsabilidad penal.

¿Qué puede hacerse?

  • Presión internacional: Es imperativo que organismos multilaterales como Naciones Unidas y la Unión Africana presionen al gobierno de Malí y, por extensión, a Rusia, para permitir investigaciones independientes.
  • Campañas de educación comunitaria: Romper el estigma y educar a la población sobre los derechos de las mujeres puede ayudar a que más víctimas busquen ayuda.
  • Refuerzo de las ONG: Dar financiación y protección a ONG que trabajan en zonas de conflicto es vital para mantener una ventana abierta a la verdad.
  • Justicia internacional: La Corte Penal Internacional debería investigar estos crímenes como crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

Un espejo de la humanidad rota

La existencia de una niña, de apenas 14 años, al borde de la muerte por una infección sexual sin tratar, representa uno de los síntomas más graves del conflicto en Malí: la normalización de la barbarie.

Mientras el mundo se enfoca en otras crisis, en esta región del Sahel africano las mujeres siguen siendo botines de guerra. Y lo más aterrador es que muchas lo sufren en silencio.

“Este conflicto empeora cada año. Hay menos respeto por la vida humana. Es una batalla”, dijo Molenaar mientras se secaba las lágrimas.

La lucha por romper el silencio es ahora.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press