Entre fuego y agua: cómo el cambio climático redefine la vida en dos rincones del mundo

Mientras la comunidad indígena del Puracé en Colombia lucha con la amenaza de erupciones volcánicas, los Akuak en Sudán del Sur resisten inundaciones perpetuas. Ambos pueblos enfrentan con tenacidad los embates del clima extremo.

El cambio climático no es solo una estadística creciente o una tendencia alarmante; es una realidad que golpea con fuerza desproporcionada a quienes viven en territorios vulnerables. Desde las montañas volcánicas de Colombia hasta los vastos humedales del Nilo en Sudán del Sur, hay comunidades que se mantienen resilientes frente a la implacable transformación de sus entornos.

Puracé: vivir con un volcán como vecino

En el suroccidente colombiano se eleva el imponente volcán Puracé, con 4.640 metros de altitud y una historia eruptiva que se remonta al siglo XV. En noviembre de 2025, el Servicio Geológico Colombiano emitió una alerta por actividad sísmica elevada y columnas de ceniza que ascienden hasta 900 metros, anunciando una posible erupción en días o semanas.

Oliverio Quira, de 65 años, es uno de los tantos indígenas que habitan la Reserva Indígena Puracé de los coconuco. Criado al pie del volcán, afirma con serenidad: “He vivido en el volcán, crecí allí… así que no tengo razón para temerle”.

Para los coconuco, el volcán no es una amenaza, sino un ser vivo, un maestro espiritual que protege el territorio. Su relación no es de temor, sino de respeto. En palabras del gobernador indígena suplente, Alfredo Manquillo: “El volcán es nuestro amo; por eso le rendimos rituales”.

Rituales ancestrales frente a la modernidad

Los coconuco ofrendan maíz, guarapo (bebida fermentada de frutas) y plantas dulces a la montaña sagrada. Cuando esta se activa, lo consideran un llamado a respetar y cuidar la tierra.

Durante más de 60 años, el volcán fue explotado para la extracción de azufre. Hoy, el turismo ha tomado su lugar, trayendo consigo beneficios económicos pero también el riesgo de desbalancear el delicado vínculo con la naturaleza.

Desde su última gran erupción en 1977, la vigilancia del Puracé ha sido constante, pero la espiritualidad con la que lo perciben los coconuco trasciende los informes técnicos. Ellos no evacuan fácilmente: sus animales, viviendas y la conexión espiritual con el terreno los retiene.

Los retos logísticos de evacuar lo ancestral

Las autoridades se preparan para evacuar a unas 800 personas dispersas en las laderas montañosas. Sin embargo, el alcalde Humberto Molano Hoyos admite que la región carece del equipamiento necesario para una evacuación eficiente: hacen falta albergues, alimentos, tanques de agua y sobre todo, un plan para proteger a los animales —motor económico de la comunidad.

“Si tenemos que morir aquí, moriremos aquí. Pero no nos vamos a otro sitio solo para morir de hambre”. —Reinaldo Pizo, indígena de 75 años.

Sudán del Sur: islas de barro en un mar que avanza

A casi 11.000 kilómetros de distancia, sobre los humedales del río Nilo en Sudán del Sur, la historia de los Akuak parece responder con un eco igual de ancestral. Mientras el volcán amenaza con fuego, aquí lo hace el agua.

Por sexto año consecutivo, el país se enfrenta a inundaciones catastróficas. Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU, más de 375.000 personas fueron desplazadas solo en 2025.

Los Akuak, que forman parte del grupo étnico dinka, han aprendido a resistir acuáticamente. Utilizan técnicas tradicionales para construir islas artificiales con lodo y raíces de papiro. Allá, mujeres como Ayen Deng Duot, madre de seis hijos, mantienen su terreno sumergidas hasta la cintura en agua, reconstruyendo día a día sus hogares.

Sobrevivir capa por capa

Tenemos que hacer este trabajo a diario, para que el agua no nos expulse”, dice Ayen mientras golpea raíces con un machete. La repetición constante de este proceso les permite formar atolones donde construyen casas, escuelas improvisadas e incluso iglesias.

Anyeth Manyang, pescador de 45 años, lo resume así: “Trabajo desde chico en construir tierra. Lo aprendí de mis padres. Es cansado, lo hacemos solo con nuestras manos”. Cada isla cuesta sudor y dolor físico, pero es su única opción.

El jefe Makech Kuol Kuany, de 59 años, confiesa que la comunidad ha perdido dos de los tres pilares de su subsistencia: “Antes vivíamos de granjas, vacas y peces; ahora solo nos quedan los peces”.

¿Un futuro bajo el agua?

Las inundaciones han modificado permanentemente el paisaje. Un estudio del Instituto de Política Exterior de Noruega concluye que los patrones de retroceso del agua ya no se cumplen, afectando incluso los períodos secos tradicionales.

En medio de este contexto, el impacto en los niños es especialmente doloroso. Philip Jok Thon, de 18 años, muestra el rótulo oxidado de lo que fue la única escuela de su comunidad, cerrada menos de dos años después de su apertura por las inundaciones.

Queremos estudiar, queremos conocer el mundo”, declara con firmeza.

Espiritualidad, resistencia y legado

A pesar de la falta de infraestructura, servicios básicos y presencia estatal, tanto los coconuco como los Akuak insisten en mantenerse firmes en sus territorios. Para ellos, abandonar el hogar no es una decisión económica, es una cuestión de identidad, dignidad y continuidad cultural.

Ambas comunidades viven con una percepción íntima de la naturaleza: una conexión que va más allá de lo físico. En Puracé, el volcán habla. En Akuak, el agua es parte del alma del pueblo. Frente al desastre natural, su respuesta no es temor, sino reverencia.

Mientras en las ciudades debatimos sobre energías renovables o transiciones verdes, en estos rincones del mundo la adaptación climática se teje con barro, ceniza y generaciones de sabiduría. Escucharles no solo es un acto de solidaridad, sino una lección urgente de cómo podríamos —y deberíamos— reconectar con la Tierra.

Fuentes consultadas

Este artículo fue redactado con información de Associated Press