Ales Bialiatski: El Nobel de la Paz que desafió a Lukashenko y emergió del encierro para seguir luchando
Tras más de cuatro años en prisión, el activista bielorruso fue liberado como parte de una negociación geopolítica. Hoy, continúa su lucha por la libertad desde el exilio.
Vilna, Lituania. En una fresca mañana de diciembre, Ales Bialiatski salía de una cita con el dentista en la capital lituana. No era una visita médica cualquiera. Era su primer paso tangible hacia la normalidad tras pasar más de cuatro años encarcelado en una de las colonias penales más represivas de Europa oriental. Vestido con modestia y aún con la expresión cauta de quien no olvida, el laureado Nobel de la Paz recibió a periodistas con una mezcla de serenidad y firme convicción. La libertad corporal, explicaba, había llegado, pero su lucha por la libertad de conciencia continuaba.
Un símbolo de resistencia en el corazón de Europa
Ales Bialiatski fundó Viasna (Primavera), la organización de derechos humanos más reconocida de Bielorrusia, en 1996, durante las turbulentas secuelas del referéndum que expandió los poderes presidenciales de Alexander Lukashenko. Desde entonces, se convirtió en una voz incómoda e insobornable del régimen autoritario que domina Bielorrusia desde 1994.
En 2022, Bialiatski fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, compartido con el centro ucraniano por los Derechos Civiles y la organización rusa Memorial. Paradójicamente, recibía esta distinción mientras se encontraba en prisión, acusado de contrabando y financiación de protestas, cargos que Amnistía Internacional y diversas ONG globales calificaron como "motivos políticos fabricados".
Una liberación estratégica
El sábado previo a nuestra entrevista, los guardias de la colonia penal No. 9 en Gorki entraron a su celda sin previo aviso. "Me dijeron que empacara. Me pusieron una venda en los ojos. Entendí que nos movíamos hacia el oeste", relata. Poco después, sin procesos judiciales intermedios, Bialiatski cruzaba la frontera hacia Lituania.
Su liberación formó parte de un paquete de 123 presos políticos que Bielorrusia liberó desde julio de 2024, negociados en parte a cambio del levantamiento estadounidense de sanciones a la industria de potasa, clave para la economía bielorrusa.
Sobrevivir al infierno carcelario bielorruso
"En prisión, lo único que te ofrecían ante un problema dental era sacarte el diente", reveló Bialiatski. Durante su estadía, no sufrió agresiones físicas, posiblemente debido a su estatus internacional. Sin embargo, padeció como tantos:
- Condiciones insalubres y hacinamiento.
- Aislamiento y castigos arbitrarios.
- Prohibición de visitas familiares.
- Censura y casi nula correspondencia.
"Lo definiría como un trato inhumano que vulnera completamente tu integridad y dignidad", sentencia.
Un Nobel con propósito
"Este premio no fue para mí como persona, sino como representante de la sociedad civil bielorrusa. De los millones que creen en la democracia, en los derechos humanos, en la libertad", explicó Bialiatski. Su misión ahora es clara: utilizar esta tribuna global para presionar por la liberación de los más de 1,110 presos políticos restantes en su país natal, incluidas figuras clave de su organización como Marfa Rabkova y Valiantsin Stefanovic.
Bielorrusia: represión disfrazada de reforma
Lukashenko, conocido como “el último dictador de Europa”, ha gobernado con mano de hierro durante más de 30 años. Tras respaldar a Moscú en la invasión de Ucrania y permitir el uso del territorio bielorruso para operaciones militares, su régimen cayó en mayor aislamiento internacional, intensificándose las sanciones occidentales.
La liberación parcial de presos políticos parece perfilarse como una estrategia diplomática de doble filo. "Con una mano liberan prisioneros, mientras con la otra encarcelan a nuevos. Es una esquizofrenia política: usan vidas humanas como moneda de cambio", denuncia Bialiatski.
La paradoja de ser libre
"Cruzar la frontera fue como subir desde el fondo del mar a la superficie. Aire, luz, libertad", confiesa. Pero su reencuentro con su esposa tras años de separación, aunque emotivo, viene acompañado de una carga: la culpa por quienes dejó atrás.
Entre exiliados y perseguidos, la sociedad civil bielorrusa permanece fragmentada, operando desde la diáspora. Sin embargo, figuras como Bialiatski se han convertido en símbolos transnacionales de resistencia democrática.
¿Un cambio posible en Bielorrusia?
Bialiatski no es ingenuo. Reconoce que, mientras Lukashenko mantenga su pacto con Moscú y monopolice las instituciones internas, el cambio auténtico necesitará más que presión internacional. Pero también está convencido de que la semilla de la libertad ya está plantada.
“La gente perdió el miedo en 2020. Y eso no puede revertirse completamente. Las dictaduras pueden controlar, pero no eliminar el deseo de ser libres”, dice en alusión a las protestas masivas que siguieron a las elecciones fraudulentas en las que Lukashenko se adjudicó más del 80% del voto.
Una voz que no piensa silenciarse
Bialiatski continuará su labor desde Lituania, un país que ha acogido a buena parte de la resistencia bielorrusa. "No podemos abandonar a quienes siguen en prisión. No tiene sentido liberar a unos si sigues arrestando a nuevos", sostuvo.
Desde allí, seguirá siendo una figura clave en el movimiento prodemocrático bielorruso. Luchando con las palabras, con denuncias en foros internacionales, y recordando constantemente al mundo que Bielorrusia aún espera el amanecer tras una larga noche autoritaria.
Un activista en un tablero geopolítico
La historia de Bialiatski no es solo la historia de un hombre valiente. Es también una lección de cómo los derechos humanos se negocian en mesas diplomáticas, y cómo el compromiso de una persona puede iluminar las grietas de un régimen férreo. Su liberación, aunque derivada de un cálculo estratégico del régimen, ha devuelto una chispa de esperanza a quienes luchan por una Bielorrusia libre.
"No dejaré de luchar mientras haya alguien injustamente encarcelado por querer libertad. Esa es mi misión y mi deber", concluye.
