Colombia bajo tensión: el ELN desafía al gobierno de Petro en medio de amenazas extranjeras
Mientras el presidente Gustavo Petro llama a celebrar Navidad sin miedo, el ELN impone un paro armado y Estados Unidos intensifica su presencia militar en la región
Por: Redacción Especial
Un llamado a resistir el miedo
En un mensaje que sacudió las redes sociales el pasado domingo, el presidente colombiano Gustavo Petro instó a los ciudadanos a celebrar la Navidad “sin temor”. Esta petición se da en medio de un paro armado declarado por el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y de crecientes presiones internacionales, especialmente provenientes de Estados Unidos.
El ELN anunció la medida en respuesta a lo que describen como un “plan de contrainsurgencia” y “agresión imperialista”, advirtiendo sobre restricciones al comercio, transporte y movilidad en ciudades como Bogotá, Medellín, Cali, Popayán y Barrancabermeja. Los paros armados de este tipo históricamente han obligado a cerrar escuelas, tiendas y paralizar la vida civil bajo amenazas de represalias violentas.
Petro, por su parte, aseguró que estas amenazas “no son contra Trump, son contra Colombia” y ordenó a las fuerzas de seguridad responder militarmente contra el grupo insurgente.
La narrativa del ELN: entre la insurgencia y la presión internacional
El ELN, último grupo guerrillero reconocido en Colombia, ha mantenido una relación tensa con los distintos gobiernos. No obstante, el ascenso de Gustavo Petro al poder, al ser el primer presidente abiertamente de izquierda del país, llevó a muchos a creer que se abriría una ventana para el diálogo. Sin embargo, el asesinato de más de 80 personas en Catatumbo a manos del ELN a inicios de año llevó a Petro a suspender los diálogos de paz.
La nueva arremetida del grupo armado parece no sólo responder a la política interna del gobierno colombiano, sino también a los recientes anuncios y acciones del expresidente estadounidense Donald Trump. Desde septiembre, Estados Unidos ha lanzado ofensivas militares para destruir embarcaciones en el Caribe que, según su gobierno, contenían drogas con destino a su país.
Estas operaciones, como lo expresó Petro, son vistas por Colombia como acciones desproporcionadas que rayan en lo criminal. El presidente incluso calificó los bombardeos de Estados Unidos como "asesinatos", enfrentando directamente a uno de los históricos aliados de Bogotá.
Navidad en alerta: efectos del paro armado
El paro declarado por el ELN comenzó el domingo y se espera que dure hasta el miércoles, afectando múltiples regiones del país, particularmente algunas de las más importantes desde el punto de vista económico y poblacional.
Las instrucciones son claras: las personas deben permanecer en sus casas, los comercios cerrar, y ni el sector privado ni el público deberían operar con normalidad. Además, han pedido explícitamente que se eviten instalaciones militares o policiales.
Los paros armados no son nuevos para los colombianos. De hecho, durante los peores años del conflicto armado (1990-2005), este tipo de acciones eran frecuentes. Según datos del Centro Nacional de Memoria Histórica, el temor generalizado y la parálisis social derivaban rápidamente en pérdidas millonarias, afectación psicológica a la población civil, e incluso desplazamientos forzados.
La seguridad: ¿en manos del Estado o del miedo?
El liderazgo de Petro en este contexto se encuentra en una posición compleja. Su discurso radical contra el narcotráfico y su oposición al intervencionismo extranjero, como en el caso de los ataques estadounidenses, despiertan simpatías en sectores populares y de izquierda, pero también generan tensiones con sectores empresariales, políticos tradicionales y gobiernos extranjeros.
“El miedo paraliza, y no permitiremos que nos amenacen ni poderes extranjeros ni narcotraficantes disfrazados de revolucionarios”, afirmó Petro en su comunicado. Esta postura desafiante busca proyectar autoridad, pero también pone en tela de juicio la efectividad de la seguridad del Estado frente a actores armados que siguen teniendo capacidad de intimidación nacional.
El preocupante retorno del intervencionismo estadounidense
Desde principios de septiembre de este año, más de 80 personas han muerto en operativos estadounidenses en aguas del Caribe y el Pacífico oriental. Estas acciones, realizadas bajo el pretexto de detener el narcotráfico, han empezado a incluir a países como Colombia en sus objetivos.
Trump incluso lanzó una advertencia directa: Colombia podría ser atacada si no controla los flujos ilícitos hacia EE.UU. Esta visión continúa la vieja política estadounidense de "mano dura militar" en América Latina, que durante décadas ha resultado en intervenciones directas o indirectas, gobiernos derrocados, y el surgimiento de regímenes autoritarios apoyados desde Washington.
Según un informe reciente de The Brookings Institution, en América Latina Estados Unidos ha realizado más de 56 intervenciones militares o políticas desde 1900, siendo Colombia uno de sus principales aliados en la región durante el siglo XXI gracias al Plan Colombia.
¿Un juego geopolítico más grande?
Todo esto sucede además en un contexto regional delicado: Estados Unidos busca presionar la salida de Nicolás Maduro del poder en Venezuela, y su presencia militar es la más grande en décadas en el Caribe. Colombia, al compartir más de 2.200 kilómetros de frontera con Venezuela, queda en el epicentro de un posible conflicto diplomático y militar.
El ELN, cuyas raíces ideológicas se vinculan con el guevarismo y el marxismo-leninismo, ha encontrado refugio e incluso apoyo informal en algunas zonas fronterizas venezolanas, lo que agrega una dimensión internacional y geopolítica a este conflicto interno colombiano.
Celebrar con miedo: un nuevo capítulo de la sociedad colombiana
El periodo navideño, históricamente una época significativa en Colombia tanto a nivel cultural como económico, se ve este año empañado no solo por la violencia simbólica del paro armado, sino también por la sombra latente del conflicto sin resolver. En un país donde más de 9 millones de personas han sido víctimas del conflicto armado (según cifras oficiales de la Unidad para las Víctimas), la sensación de repetición y cansancio es palpable.
“Es como si el país no pudiera nunca pasar la página”, confiesa Margarita Muñoz, líder barrial en Medellín, quien teme llevar a sus hijos a eventos navideños comunitarios. “No sabemos si tirarán una bomba. La policía ni siquiera patrulla con constancia por temor”.
A pesar de los acuerdos de paz firmados con las FARC en 2016, sectores armados como el ELN, bandas criminales y disidentes siguen presentes y con poder. La esperanza en un proceso con estas organizaciones se diluye cuando continúan con prácticas de guerra como los paros armados.
¿Qué puede hacer la ciudadanía?
El llamado presidencial a resistir sin miedo es reflexivamente inspirador, pero operativamente insuficiente. Organizaciones de derechos humanos aconsejan tomar medidas preventivas durante el paro armado: limitar la movilidad, evitar redes sociales que propaguen pánico y mantenerse informados a través de canales oficiales.
En paralelo, líderes sociales, comunidades e inclusive líderes religiosos han solicitado públicamente al ELN que cese cualquier acción que atente contra civiles durante este periodo. Incluso la Iglesia Católica ha ofrecido ser mediadora para un futuro retorno a los diálogos.
Sin embargo, el éxito de este acercamiento dependerá de múltiples factores: la voluntad política del ELN, una estrategia clara de parte del gobierno Petro, y la presión, constructiva o destructiva, que ejerzan actores externos como Estados Unidos.
Un diciembre de incertidumbre
La combinación de un conflicto interno reactivado, presiones geopolíticas extranjeras y el deseo popular de paz colocan a Colombia en una encrucijada compleja. Si bien el llamado a celebrar sin temor suena esperanzador, el país necesita mucho más que palabras para enfrentar el desafío estructural que representan grupos armados y potencias con intereses en su territorio.
Por ahora, millones de colombianos se preparan para pasar una Navidad bajo amenaza, con patrullas militares en las calles y el rugido silencioso del miedo colectivo que aún no ha podido ser exorcizado del todo en una nación marcada por la guerra.
