Otra vez el miedo: ¿Cómo sobreviven los estudiantes que ya vivieron una masacre escolar?

La violencia armada vuelve a marcar a jóvenes universitarios en EE. UU. que ya habían sobrevivido balaceras. El trauma acumulado y la falta de acción se entrelazan en una tragedia generacional.

Por segunda vez en su vida, Mia Tretta se enfrentó a la realidad que muchos jóvenes en Estados Unidos conocen demasiado bien: un tiroteo en el lugar que debía ser seguro. Primero en su secundaria, ahora en su universidad.

Una generación marcada por las balas

En 2019, con solo 15 años, Mia fue víctima de un tiroteo en la escuela secundaria Saugus High School en Santa Clarita, California. Recibió impactos de bala en el abdomen mientras dos compañeros perdían la vida. Aquella experiencia la impulsó al activismo por el control de armas, pero también dejó secuelas visibles e invisibles.

Años más tarde, en la Universidad de Brown, donde cursa estudios en asuntos internacionales y educación, volvió a enfrentar la misma pesadilla. Mientras estudiaba para exámenes finales, su celular comenzó a vibrar con alertas de emergencia: había un tirador activo en el edificio de ingeniería del campus. Al terminar el día, dos personas habían muerto y nueve estaban heridas. Tretta, como muchos otros jóvenes, revivió su trauma escolar ahora en la universidad.

No es un hecho aislado: una crisis que se repite

La experiencia de Mia no es única. Varios estudiantes de Brown University han vivido más de un tiroteo a lo largo de su educación:

  • Zoe Weissman presenció el tiroteo de Parkland en 2018 cuando estaba en la escuela intermedia justo al lado del Instituto Marjory Stoneman Douglas.
  • Ben Greenberg, hijo del alcalde de Louisville, sobrevivió a un atentado contra su padre en 2022. Ahora, en Providence, el miedo regresó con fuerza tras el nuevo tiroteo.

Están surgiendo supervivientes crónicos: jóvenes que han pasado por múltiples situaciones de violencia armada en sus etapas escolares y universitarias. Los tiroteos ya no son eventos aislados; son parte del paisaje social estadounidense.

Un trauma colectivo e intergeneracional

Como lo explicó Craig Greenberg, el alcalde de Louisville, cuyo hijo estaba en Brown durante el tiroteo: “Las secuelas de la violencia armada van mucho más allá de quienes reciben una bala. Son heridas invisibles, pero reales”.

Según datos del Gun Violence Archive, solo en 2023 hubo más de 650 tiroteos masivos (definidos como eventos donde al menos cuatro personas resultan heridas o muertas). Muchos de estos ocurrieron en o cerca de escuelas y universidades.

Estudios sobre salud mental muestran que estudiantes expuestos a episodios de tiroteos desarrollan, con mayor probabilidad:

  • Trastorno de estrés postraumático (TEPT)
  • Ansiedad crónica
  • Problemas de sueño y concentración
  • Incluso riesgo incrementado de suicidio

Este escenario genera una nueva normalidad: jóvenes que crecen entrenados para sobrellevar masacres. Rehacen su vida tratando de escapar del miedo, pero el miedo los persigue.

Educación bajo sitio

La escuela solía ser un refugio. Ahora, muchos estudiantes tienen en su rutina simulacros de tiroteo, entrenamientos de bloqueo y puertas reforzadas, como si estudiar fuera una actividad de alto riesgo.

Los estudiantes universitarios están lidiando con esta paradoja: buscan independencia, aprendizaje, crecimiento personal sin la presencia constante del trauma. Pero el trauma insiste. Y cada nuevo tiroteo reabre heridas pasadas. Como dijo Mia sobre la elección de Brown:

“Elegí Brown porque pensaba que sería un lugar seguro. Un sitio donde finalmente podría sentirme normal como sobreviviente de un tiroteo escolar. Y sin embargo, ocurrió de nuevo. Y no tenía por qué pasar.”

“Ghost guns” y activismo estudiantil

Las armas fantasma —armas caseras sin número de serie, imposibles de rastrear— fueron las responsables del tiroteo en el que Mia fue herida en 2019. Desde entonces, se ha convertido en una portavoz contra ellas. Ha testificado en actos públicos, incluido uno en los jardines de la Casa Blanca junto al presidente Joe Biden. También ha empujado propuestas de reforma legal a través de la organización Students Demand Action.

La realidad política, sin embargo, sigue estancada. Aunque hay estados que han reforzado la legislación antisecundarias, medidas como verificaciones universales de antecedentes o la prohibición de armas automáticas enfrentan bloqueos legislativos constantes, impulsados por poderosos lobbies pro-armas como la National Rifle Association (NRA).

Según una encuesta de Pew Research Center en 2023, el 61% de los estadounidenses está a favor de leyes de control de armas más estrictas. Pero la polarización política ha hecho casi imposible avanzar.

Universitarios entre barricadas y libros

El caso de Ben Greenberg ilustra cómo los estudiantes se ven obligados a improvisar estrategias de protección propias. Él y sus compañeros, tras el tiroteo en Brown, levantaron una barricada improvisada en el apartamento: mini refrigerador, libreros, hasta botellas pensadas como alarma rudimentaria.

Así se vive en el corazón de una universidad de la Ivy League. Con libros a un lado, barricadas al otro.

¿Qué podemos hacer? El reclamo de los que sobreviven

Las voces como la de Mia no piden heroísmo, ni atención mediática. Piden acción. Incluso pasos pequeños, concretos:

  • Leyes federales de verificación universal de antecedentes
  • Limitación de cargadores de alta capacidad
  • Prohibición total de ghost guns
  • Financiamiento de programas de salud mental en campus

Comenzar por ahí podría marcar una diferencia. Porque, como afirma Craig Greenberg:

“Mi esperanza es que nuestro país encuentre la voluntad de actuar. Aunque sea con pasos pequeños, tenemos que hacer algo.”

Cerrar los ojos ya no es opción

La violencia armada no es solamente un problema de seguridad. Es un problema de salud pública, de derechos, de dignidad. Las generaciones como la de Mia Tretta, Zoe Weissman o Ben Greenberg están creciendo con una mochila donde llevan computadoras y libros... pero también pesadillas, soledad y desconfianza.

Estados Unidos gasta más de 50 mil millones de dólares al año en atender consecuencias de la violencia con armas: desde atención médica, ausentismo laboral, hasta daños emocionales que no tienen cura inmediata.

Sin voluntad política y sin diálogo social, los tiroteos seguirán siendo parte de la rutina académica. Y esa es una tragedia cuya única salida es colectiva.

“Nadie debería vivir un tiroteo. Mucho menos dos.” —Mia Tretta.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press