Colombia entre explosiones y balas: el ELN, la protesta armada y el desafío a la paz

El paro armado del ELN, la respuesta del gobierno de Petro y la escalada de violencia que vuelve a colocar a Colombia en terreno incierto

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Una sombra conocida vuelve a crecer

Colombia ha vuelto a enfrentar imágenes de guerra: atentados, comunidades desplazadas, policías asesinados, y un clima de incertidumbre azuzado por un viejo actor del conflicto interno: el Ejército de Liberación Nacional (ELN). En medio de protestas anunciadas como respuesta al “acercamiento militar” estadounidense cerca de Venezuela, este grupo insurgente ha recrudecido sus ataques en el suroccidente del país mientras pone altavoces de guerra en regiones rurales y urbanas.

Esta semana, en la ciudad de Cali, dos policías fueron asesinados tras ser alcanzados por una bomba en el marco de un “paro armado” decretado por el ELN. El hecho pone nuevamente sobre la mesa las dificultades del actual gobierno colombiano para controlar una insurgencia que no solo ha incrementado su capacidad de ataque, sino que también se ha afianzado en organizaciones criminales transnacionales.

¿Qué es el paro armado del ELN?

El pasado domingo 72 horas de violencia y miedo comenzaron con lo que el ELN llamó oficialmente un "paro armado". Bajo esta figura, el grupo ordena el cierre de escuelas, comercios, transporte y movilidad en las zonas donde tienen presencia. El objetivo declarado: protestar contra el aumento de la presencia militar de EE.UU. en el Caribe.

Durante estos días, los ataques se intensificaron. El grupo habría atentado contra estaciones de policía y bases militares ubicadas en zonas fronterizas cercanas a Venezuela, dejando muertos y heridos, incluyendo un conductor de ambulancia.

Pero la pregunta que muchos se hacen es: ¿por qué protestar contra EE.UU. atacando a Colombia?

“No tiene sentido alguno. El ELN atenta contra civiles, comunidades rurales y urbanas de Colombia. ¿Así protestan contra EE.UU.?”, respondió un funcionario del gobierno nacional.

Un enemigo conocido pero transformado

El ELN nació en los años 60, fuertemente influido por la Revolución Cubana y con aspiraciones marxistas-leninistas de reformas estructurales en Colombia. Con una ideología distinta a las FARC, el ELN controló durante décadas regiones estratégicas del país a través del terrorismo, secuestros y ataques a infraestructuras económicas.

Hoy, aunque sigue abrazando la retórica revolucionaria, muchos lo consideran una banda criminal con fachada política. Incluso el presidente Gustavo Petro —antiguo miembro del movimiento guerrillero M-19— ha sido enfático en sus críticas. En una reciente declaración, afirmó:

“El ELN abandonó su ideología revolucionaria. Son narcotraficantes disfrazados de guerrilleros.”

Petro, el pasado y el presente en colisión

Gustavo Petro fue electo en 2022 con una agenda de cambio, inclusión y reconciliación. Como exguerrillero amnistiado, su perfil parecía el más apto para lograr la paz con el ELN. Sin embargo, tras varios intentos fallidos, la tregua parece lejana.

Las negociaciones de paz que avanzaron en 2023 fueron suspendidas en enero del presente año. La razón: ataques sistemáticos del ELN en la región del Catatumbo, que desplazaron a más de 50,000 personas en cuestión de semanas. El gobierno se vio obligado a endurecer su postura.

Un ELN binacional

Uno de los puntos más complejos en la lucha contra el ELN es su doble territorio: Colombia y Venezuela. Reportes de inteligencia indican que el grupo tiene al menos 6,000 combatientes activos, muchos de ellos ubicados en el vecino país donde operan con relativa libertad.

Venezuela, en especial bajo el régimen de Nicolás Maduro, ha sido acusado de facilitar el tránsito y ocultamiento del grupo. Además, informes recientes señalan su participación en minería ilegal y tráfico de drogas, mediante rutas que atraviesan ambos países.

Críticas cruzadas con Estados Unidos

La tensión no se limita al conflicto interno. El paro armado del ELN tiene una narrativa internacional: es en contra del incremento militar de EE.UU. en el Caribe. El gobierno de Donald Trump había enviado buques y aviones de guerra a zonas cercanas a Venezuela, lo que Petro calificó como un acto de “piratería” ante la incautación de un buque petrolero.

Sin embargo, el gobierno colombiano fue muy claro en que el enemigo no son los marines estadounidenses, sino el grupo que siembra terror en Colombia. El ELN volvió a ocupar titulares que evocan los días más oscuros de los años 90 y principios de los 2000.

¿Un nuevo modelo de conflicto o los viejos fantasmas?

Colombia parecía haber dejado atrás la guerra luego de los Acuerdos de Paz con las FARC en 2016. La esperanza de un país en paz impulsó inversiones y una mejora en la percepción internacional. Sin embargo, la permanencia del ELN y la aparición de grupos residuales (conocidos como 'disidencias') han mantenido vivo el espiral de violencia.

Hoy no se trata solo de guerrilla ideológica, sino de grupos armados que administran economías ilegales, como el oro, la cocaína y el tráfico de migrantes. El conflicto cambió, y los métodos del pasado político parecen insuficientes.

Las cifras del miedo

  • 6,000 combatientes (estimación conjunta de Colombia y Venezuela)
  • 72 horas de paro armado
  • 2 policías asesinados en Cali
  • 50,000 desplazados en Catatumbo en enero
  • Múltiples ataques a infraestructura militar durante febrero

Ciudadanos entre el temor y la desinformación

El accionar del ELN va más allá de lo militar. Utiliza redes sociales y panfletos para infundir terror en comunidades: amenazan escuelas, negocios y transportistas. La respuesta del Estado sigue siendo fragmentada y desigual, mientras el ciudadano del común se siente abandonado.

En zonas rurales, familias enteras se ven obligadas a permanecer encerradas durante paros armados. “Nos da más miedo la respuesta del Ejército a los ataques que el ataque en sí”, cuenta Rosa Murillo, líder social en el Cauca. La militarización no ha sido sinónimo de tranquilidad, sino de mayor tensión.

¿Qué sigue para Colombia?

Colombia está en un cruce de caminos donde las soluciones no son fáciles. Petro debe decidir si volver a la mesa —arriesgando su imagen— o endurecer la acción militar —arriesgando comunidades vulnerables—. Ninguna opción tiene un camino claro u óptimo.

Pero una cosa es clara: el ELN, lejos de extinguirse, se ha adaptado. Ha aprendido a sobrevivir con lógica de cartel, discurso antiimperialista y estructuras flexibles que lo hacen difícil de erradicar.

Muchos creen que la paz aún es posible, pero no con los métodos del pasado. Se necesita inteligencia transnacional, inversión social real en territorios, desbloquear vías jurídicas internacionales y asumir que el ELN ya no es solo una guerrilla: es una empresa armada multinacional en tierra de nadie.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press