Niñez perdida: el precio humano de los recortes de ayuda en los campos rohinyá

Matrimonios forzados, trabajo infantil y tráfico de menores: cómo la reducción del financiamiento internacional amenaza el futuro de los niños refugiados en Bangladés

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Una infancia atrapada

Hasina tenía 16 años cuando su vida, ya marcada por la violencia y la pérdida, cambió irremediablemente. La joven rohinyá había encontrado en la escuela no solo una vía de escape de su dura realidad en el campo de refugiados en Cox’s Bazar, Bangladés, sino un espacio de sueños y esperanzas. Soñaba con ser maestra, y destacaba en inglés. Sin embargo, un día cualquiera de junio, su maestra anunció que la escuela cerraría por falta de financiación. La ayuda extranjera, eje de la supervivencia dentro del campamento, se había reducido drásticamente.

Soñaba con ser alguien, con trabajar para mi comunidad”, dice Hasina. Ahora, con 17 años, casada a la fuerza con un hombre que la maltrata física y sexualmente, su única compañía diaria es el recuerdo de un aula vacía. Su historia no es única. Es el relato de miles de niños y niñas rohinyá cuya niñez ha sido robada por las consecuencias de decisiones tomadas a miles de kilómetros de distancia.

Más que cifras: la desconexión entre retórica y realidad

Entre enero y noviembre de 2025, los casos reportados de secuestro y reclutamiento infantil en los campos rohinyá aumentaron a niveles alarmantes. Según datos de UNICEF, los casos de reclutamiento por grupos armados en los campos crecieron ocho veces respecto al año anterior, llegando a 817 niños afectados. Y aunque se reportaron oficialmente 560 casos de secuestros infantiles —cuadruplicando los del año anterior—, los expertos advierten que la cifra real probablemente sea mucho mayor debido al subregistro.

De igual manera, los matrimonios infantiles aumentaron en un 21% y el trabajo infantil en un 17%. “Los centros educativos y espacios seguros han desaparecido, dejando a los niños sin opciones. Es en ese vacío donde crece la explotación”, explicó Patrick Halton, gerente de protección infantil de UNICEF.

Cuando el aula se convierte en campo de batalla

Antes de los recortes, más de 2,800 escuelas operaban en los campamentos gracias a la financiación internacional, muchas de ellas administradas por organizaciones como UNICEF y Save the Children. Tras la reducción del 27% del presupuesto de la agencia infantil de la ONU por parte de Estados Unidos y otras naciones donantes, decenas de miles de estudiantes quedaron sin escuela, sin actividades, sin protección.

Después de que las escuelas cerraron, las chicas no tenían dónde jugar o aprender. Algunas fueron casadas, otras desaparecieron, otras trabajan”, señala Showkutara, directora ejecutiva de la Rohingya Women Association for Education and Development.

Trump, USAID y el giro que desencadenó la crisis

Durante su mandato, el expresidente de EE. UU., Donald Trump, decidió cerrar la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), argumentando que era una carga fiscal innecesaria, pese a representar tan solo el 1% del gasto federal. La decisión redujo casi a la mitad la contribución estadounidense al esfuerzo humanitario de la comunidad rohinyá en 2025: de más de $300 millones en años anteriores a solo $156 millones, según cifras del sistema de seguimiento financiero de la ONU.

El impacto fue inmediato y devastador. Las agencias de ayuda lucharon por sobrevivir con recursos limitados. La crisis humanitaria se profundizó. Una investigación publicada por The Lancet estimó que los recortes pueden causar más de 14 millones de muertes hasta 2030, incluidos 4.5 millones de niños menores de cinco años.

Esclavitud moderna: trabajo infantil y explotación

Mohammed Arfan, de solo 10 años, solía acudir feliz a su clase de matemáticas, hasta que un día su maestro le informó que las clases desaparecían. Desde entonces, vende helados bajo el sol por 10 horas al día, siete días a la semana. Gana entre $1.60 y $2.50, que entrega íntegramente a su familia.

Siento vergüenza de trabajar”, dice con voz cansada. “Debería estar estudiando”.

En otro rincón del campo, Rahamot Ullah, de 13 años, recoge basura en canales de aguas negras para tratar de pagar lecciones privadas. Su meta: ser maestro o funcionario del campamento. El camino: sumergirse hasta la cintura en aguas servidas para recolectar plásticos que vende por unos 50 centavos de dólar al día.

Niñas casadas y traficadas

Sin centros escolares ni programas comunitarios, las niñas rohinyá enfrentan un destino brutal. Desde los 12 años, muchas son forzadas a matrimonios con hombres que las aislan y abusan de ellas. Para otras, la única salida parece ser los tráficos de personas, que prometen trabajo o educación en Malasia o India. En realidad, muchas terminan en redes de prostitución o pierden la vida.

Noor Kaida, una joven de 17 años, relata cómo sus primas de 13 y 16 fueron convencidas por traficantes de huir en balsa rumbo a Malasia. Ambas murieron antes de llegar. “Si las escuelas estuvieran abiertas, nunca hubieran tomado esa decisión”, lamenta.

“Reza por mí”: la desesperación desde dentro

Mohammed, de 13 años, dejó su hogar con la esperanza de llegar a Malasia gracias a traficantes que lo convencieron de que vivir allí sería mejor a seguir en un campo sin futuro. Su hermana trató de advertirle: “Los traficantes torturan a los que no pueden pagar rescate”.

Pero él insistió: “Es mejor aguantar dos años de tortura que morir aquí sin estudiar”.

El padre de Mohammed, Mohib Ullah, recibió una llamada: su hijo estaba vivo, pero gravemente enfermo. Los traficantes exigían $3,100 para su liberación. Desesperado, Mohib recogió dinero de donde pudo. Logró pagar. Mohammed fue liberado, pero ahora deambula solo por un país extraño. Su lugar en el aula, su mochila, sus zapatos, siguen esperando su regreso.

Educación: más que un derecho, una salvación

En un campamento donde más de la mitad de sus 1.2 millones de habitantes son niños, el cierre de las escuelas no solo es un retroceso educativo, sino una amenaza existencial. Significa mayor riesgo de explotación, trata, matrimonios forzados, reclutamiento por grupos armados y pérdida de toda oportunidad de construir un futuro digno.

En palabras de Noor Zia, exdirectora de 21 centros preescolares: “Las risas fueron reemplazadas por llanto. Mis estudiantes vienen cada día, preguntan si ya reabrimos... y lloran cuando les digo que no”.

Este no es simplemente un problema logístico, sino una tragedia moral. Privar a generaciones enteras del acceso a educación es condenarlas a cadenas invisibles, tan destructivas como cualquier arma. La comunidad internacional debe despertar. No se trata solo de fondos. Se trata de vidas robadas, futuros perdidos, sueños que aún podrían salvarse.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press