Norman Podhoretz: el intelectual que cambió de bando y dividió una generación
De héroe del progresismo a padre del neoconservadurismo, el editor de *Commentary* dejó una huella que aún sacude la política cultural estadounidense
Norman Podhoretz no solo fue uno de los últimos grandes intelectuales neoyorquinos del siglo XX; fue también el símbolo de una transición política y cultural que desconcertó a la izquierda y dio alas a una nueva derecha. Su fallecimiento a los 95 años marca el cierre de una era en la que la disputa de ideas no solo se daba en los congresos o los medios, sino también en las páginas de revistas como *Commentary*, que dirigió por más de tres décadas.
De Brooklyn a Manhattan: el viaje de un ambicioso lector
Podhoretz nació en Brooklyn en 1930, hijo de inmigrantes judíos modestos que veían el éxito intelectual de su hijo como una promesa cumplida del "sueño americano". A los 20 años ya se codeaba con la élite cultural tras graduarse en inglés en Columbia y obtener un máster en Cambridge, Reino Unido. Su talento y ambición lo convirtieron rápidamente en colaborador de las principales revistas literarias de Estados Unidos.
En 1956, fue nombrado editor asociado de *Commentary*, publicación mensual fundada por el American Jewish Committee. Solo cuatro años después tomaría el timón como editor jefe, un cargo desde el cual moldearía no solo el tono de la revista, sino también el de gran parte del discurso político estadounidense.
Una izquierda que lo vio nacer y una derecha que lo abrazó
Inicialmente, *Commentary* bajo su dirección mantuvo un enfoque liberal: publicó a James Baldwin, Alfred Kazin y Irving Howe, además de ensayos anticolonialistas y críticas a la cultura de masas. Sin embargo, las convulsiones sociales y políticas de las décadas de 1960 y 1970 abrieron un abismo entre Podhoretz y la nueva izquierda radical.
En 1967, su autobiografía “Making It” fue la primera bomba. Allí expresaba sin complejos su deseo de éxito y reconocimiento, lo que fue considerado una traición por sus antiguos aliados. Desde ese momento comenzó su viraje hacia la derecha, que se consolidó tras distanciarse de los movimientos feminista, pacifista y del auge de los derechos LGBTQ+.
El papel esencial de *Commentary* en la política exterior
Bajo la dirección de Podhoretz, *Commentary* pasó de ser una revista progresista a convertirse en el centro de ideas neoconservadoras. El medio fue crucial para lanzar la carrera de figuras clave como Daniel Patrick Moynihan y Jeane Kirkpatrick, ambos embajadores en la ONU en gobiernos republicanos.
Podhoretz abogaba por una política exterior agresiva. Fue uno de los intelectuales que promovieron la Guerra Fría como lucha moral entre civilización y barbarie, y no solo como conflicto geopolítico. En su libro “The Present Danger” reclamaba una postura firme contra la URSS, y en “World War IV” presentó la lucha contra el islamismo radical como la nueva gran cruzada del siglo XXI.
Un aliado de Reagan… y luego de Trump
Durante el gobierno de Ronald Reagan, Podhoretz fue asesor de la United States Information Agency y ayudó a redactar importantes discursos, incluyendo el de Kirkpatrick en la Convención Republicana de 1984. Su relación con el poder conservador alcanzó su punto álgido en 2004, cuando el presidente George W. Bush le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor civil en Estados Unidos.
Curiosamente, ya anciano, Podhoretz apoyó a Donald Trump en 2016, rompiendo con antiguos aliados como Bill Kristol. "Me enferma la actitud de desprecio de los conservadores contra los votantes de Trump. No se trata de eso", dijo en una entrevista de 2019 con Claremont Review of Books. Se definía como "anti-anti-Trump", un término que resume su eterno gusto por las categorías conflictivas.
Conflictos personales y culturales
La historia de Podhoretz no se puede separar de sus polémicas. Fue blanco de caricaturas literarias, como el personaje Maxwell Lieberman en la novela “Good as Gold” de Joseph Heller, y su revista fue ridiculizada por Woody Allen, quien en *Annie Hall* bromeaba que *Commentary* y la izquierdista *Dissent* se habían fusionado bajo el nombre *Dysentery* (disentería).
Su enemistad pública con antiguos amigos fue constante. En su libro “Ex-Friends” repasó sus rupturas con Allen Ginsberg, Norman Mailer, Lillian Hellman e incluso Hannah Arendt. Consideraba que la izquierda era incapaz de aceptar la autocrítica y que había abandonado los valores de la civilización occidental.
La defensa férrea de Israel
Forjado en una familia judía y criado en el Nueva York multicultural de mediados del siglo XX, Podhoretz hizo de la defensa del Estado de Israel una causa vital. Afirmó que la crítica hacia Israel muchas veces encubría un antisemitismo velado y denunció incluso a colegas progresistas por no defender al estado judío con más énfasis.
“La hostilidad hacia Israel no solo está arraigada en el antisemitismo, sino que traiciona las virtudes y valores de la civilización occidental”, escribió en una de sus editoriales más controvertidas. Este posicionamiento lo acercó también a sectores del cristianismo evangélico en EE.UU. que apoyaban la causa israelí.
Un legado incómodo pero indispensable
Lo que hace fascinante a Norman Podhoretz es su incomodidad constante. Pocos intelectuales han sido tan leídos y tan rechazados al mismo tiempo. Fue el enfant terrible de los intelectuales liberales, y luego el profeta moral de una derecha ilustrada que hoy está desapareciendo bajo el populismo.
Su influencia atravesó gobiernos, redacciones, universidades e incluso familias: su hijo, John Podhoretz, también es un influyente comentarista político que dirige la misma revista donde su padre brilló como editor. “Fue un hombre de profunda sabiduría y de gran ingenio”, escribió al anunciar su muerte en el sitio web de *Commentary*.
Podhoretz representa uno de los fenómenos culturales más intensos del siglo XX: el giro de la intelligentsia liberal hacia un conservadurismo moral, patriótico y beligerante. En un tiempo en que las ideas parecen cada vez más polarizadas y huecas, su defensa del debate intelectualmente honesto, aunque profundamente militante, quizá merezca una relectura.
“Una de las travesías más largas del mundo es el viaje de Brooklyn a Manhattan”, escribió en sus memorias. Su viaje, sin duda, fue más largo aún: de la izquierda al neoconservadurismo, del sueño americano a su filtro más crudo, de la adoración intelectual al exilio en su círculo natal.
