Caminar entre presidentes: el polémico 'Paseo de la Fama Presidencial' de Donald Trump en la Casa Blanca

Una mirada crítica a cómo Trump reescribe la historia desde el corazón del poder estadounidense, en un intento por moldear el legado presidencial a su imagen

Un paseo que no es sólo decorativo

La historia se construye con hechos, pero también con relatos. En su nuevo intento de dejar impresa su visión sobre la presidencia estadounidense, Donald Trump ha transformado un espacio emblemático de la Casa Blanca —la columnata que conecta el Ala Oeste con la residencia presidencial— en lo que ahora se conoce como el Paseo de la Fama Presidencial.

Lo que en principio se presentó como un homenaje visual a los expresidentes de Estados Unidos, rápidamente se ha convertido en una fuente de controversia política y cultural. Con placas escritas en un estilo marcadamente trumpiano, el expresidente ha reescrito mini biografías de sus antecesores combinando verdades, medias verdades y acusaciones sin fundamento.

Un lenguaje con sello personal

El tono de las placas es inequívoco. Como si fuera una extensión de su cuenta de Twitter, Trump se refiere a Joe Biden como “el peor presidente en la historia de Estados Unidos” y reitera la falseada narrativa de fraude electoral en 2020. Barack Obama, el primer presidente afroamericano del país, es descrito como “una de las figuras más divisivas en la historia política estadounidense”.

Los textos no escapan siquiera entre colegas de partido. Incluso George W. Bush recibe críticas por las guerras en Irak y Afganistán, aunque se le reconoce por crear el Departamento de Seguridad Nacional.

Una instalación partidista en espacio público

El Paseo de la Fama Presidencial, de por sí inédito en la historia de la Casa Blanca, levanta amplias inquietudes sobre la apropiación partidista de un espacio institucional. Históricamente, la residencia presidencial ha mantenido una neutralidad visual, con retratos, bustos y decoraciones que exponen el legado de los mandatarios sin interpretaciones ideológicas explícitas. La nueva instalación de Trump rompe radicalmente con esta tradición, convirtiendo no sólo la estética sino también el narrativo estatal en arma política.

Una placa introductoria establece que el paseo fue “concebido, construido y dedicado por el presidente Donald J. Trump como tributo a los presidentes pasados, buenos, malos o algo intermedio”, lo cual ya insinúa un enfoque editorial más que objetivo.

El impacto simbólico de la exclusión de Biden

Aún más provocador es el hecho de que Trump ha colocado retratos dorados de todos los expresidentes, excepto uno: Joe Biden. En su lugar, se encuentra un autopen, una máquina usada para replicar firmas, utilizada como burla a la supuesta insuficiencia cognitiva del presidente número 46.

Este gesto visual representa no solo una afrenta personal, sino un rechazo a la legitimidad institucional de su sucesor. En visitas oficiales o encuentros diplomáticos, Trump ahora puede mostrar su versión editada de la historia presidencial estadounidense, en un espacio conocido por proyectar unidad y continuidad.

¿Una transformación duradera o efímera?

Una pregunta que surge es: ¿permanecerán estas modificaciones más allá de su mandato? Trump cree que sí. En la placa introductoria se lee: “El Paseo de la Fama Presidencial vivirá por mucho tiempo como testamento y tributo a la grandeza de América”.

Sin embargo, los historiadores y expertos en políticas patrimoniales advierten que este tipo de instalaciones están sujetas al criterio de futuras administraciones, quienes con igual facilidad pueden revertirlas o modificarlas. No existe un mandato legal que preserve una visión unipersonal en un edificio cuya propiedad es pública y simbólicamente democrática.

Estética política: una tendencia global

Lo que ocurre en Estados Unidos con Trump no es un fenómeno aislado. En diversas partes del mundo, mandatarios han intentado dejar huella no sólo con políticas públicas, sino también con intervenciones visuales en espacios de poder.

  • En Rusia, Vladimir Putin ha remodelado múltiples espacios estatales con íconos religiosos y militares.
  • En Turquía, Recep Tayyip Erdoğan impulsó la construcción del monumental Palacio Blanco, símbolo de su poder e influencia.
  • En América Latina, líderes como Hugo Chávez o Daniel Ortega utilizaron murales y monumentos para reforzar su culto a la personalidad.

La clave en todas estas iniciativas es el intento de apropiar el relato histórico. Quien controla el relato, controla buena parte del imaginario colectivo. Y Trump, con su Paseo Presidencial, lo sabe.

¿Estética o propaganda?

El principal problema no es que Trump decore. Es cómo lo hace. Las placas no están documentadas con fuentes oficiales o historiadores. Según la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, “muchos de los textos fueron escritos directamente por el presidente”. De este modo, la instalación trasciende la decoración y se inscribe más bien en el campo de la propaganda personalizada.

La historiadora presidencial Alexis Coe apuntó en una entrevista reciente: “Estamos ante una reinterpretación literal de la historia escrita por uno de sus protagonistas, sin intermediarios académicos ni verificación factual. Es una reminiscencia de las monarquías absolutistas, no de las democracias modernas”.

Reacciones políticas y académicas

Hasta ahora, ni Biden ni Obama han comentado públicamente sobre la instalación, pero muchos legisladores demócratas y activistas han calificado la acción como una “politización inaceptable del patrimonio nacional”.

Los republicanos moderados han guardado silencio, lo cual también refleja, según analistas, la complejidad de disentir públicamente en un partido que aún gira sobre la figura de Trump.

El problema de fondo: educación histórica fuera de las aulas

Con millones de visitantes nacionales e internacionales al año, la Casa Blanca desempeña un rol importante en la educación histórica informal. Lo que se dice y muestra en sus muros entra directamente al imaginario de generaciones, especialmente cuando casi un tercio de los estadounidenses no distingue si una declaración presidencial es fáctica o no, según un estudio de Pew Research Center en 2023.

Trump entiende esto a la perfección. El Paseo de la Fama Presidencial, más que un homenaje, es un adoctrinamiento narrativo.

¿Qué sigue?

Con la carrera presidencial rumbo a 2026, este tipo de acciones podrían aumentar. Ya se rumorea una posible instalación sobre “el fraude electoral” en el ala este, junto con una propuesta para un Salón de los Héroes Republicanos.

La Casa Blanca, más que nunca, se está convirtiendo en un espejo de disputas no sólo políticas, sino simbólicas. Lo que está en juego no es sólo quién gobierna, sino cómo se recuerda, celebra o condena a quien ya gobernó.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press