El arte de recolectar: entre legado cultural, regulación y el futuro del forrajeo en Minnesota
Las complejidades legales, culturales y medioambientales del forrajeo en tierras estatales están reconfigurando un derecho ancestral en Estados Unidos
Forrajear —recoger plantas comestibles y medicinales de la naturaleza— no es solo una moda emergente o una tendencia culinaria gourmet. Para muchas personas en Minnesota, se trata de una tradición ancestral, una herramienta de subsistencia, y un acto profundamente espiritual. Sin embargo, el auge del forrajeo ha desatado un debate público que une ecología, justicia social, derechos indígenas y diseño de políticas públicas.
Las raíces de una práctica milenaria
Forrajear no es nuevo. Nibi Ogichidaa Ikwe, representante indígena ante la Fuerza de Tarea sobre Forrajeo Sostenible de Minnesota, lo describe claramente: “nuestra forma de vida depende de estas medicinas tradicionales”. Y es que culturas indígenas como la Ojibwe han recolectado plantas como kinnickinick y dogwood durante generaciones, siguiendo una lógica ecológica y espiritual que prioriza la regeneración y el equilibrio con la tierra.
Samuel Thayer, escritor y defensor del forrajeo, explica que atribuirle daños ecológicos a esta práctica es desconocer su naturaleza ancestral. Históricamente, el forrajeo no solo ha facilitado el acceso a alimentos sino también ha propiciado una relación íntima entre los humanos y su entorno.
La controversia moderna: ¿legal o ilegal?
En Minnesota, la legalidad del forrajeo depende de la tenencia y categoría de las tierras:
- En bosques estatales, se permite el forrajeo de plantas, pero con permisos pagados que cuestan desde 25 USD por especie.
- En parques estatales, la normativa es más restrictiva. Se puede recolectar hongos y bayas frutos, siempre para uso personal, pero el término “uso personal” carece de una definición legal clara.
- En parques urbanos o condales, como en Minneapolis, el forrajeo está prohibido.
- En tierras tribales, se aplican normas específicas que buscan proteger la soberanía alimentaria indígena.
Este marco legal fragmentado ha generado confusión y ansiedad entre las comunidades que forrajean. La senadora estatal Susan Pha, quien preside la Fuerza de Tarea, resume el sentimiento de sus electores: “uno está disfrutando de la tierra, pero al mismo tiempo siente que está haciendo algo ilegal”.
Preocupaciones de conservación o eco-prejuicio
El Departamento de Recursos Naturales (DNR) de Minnesota ha planteado inquietudes sobre un presunto “amor desmedido” por los parques estatales, aludiendo a grandes grupos que recolectan plantas y dañan los ecosistemas. Sin embargo, no existe aún evidencia concluyente que demuestre que el forrajeo ocasione un daño significativo o sistémico.
Peter Martignacco, presidente de la Sociedad Micológica de Minnesota, lo dijo de forma tajante: “No hay un arma humeante que indique que el forrajeo esté destruyendo nuestros paisajes”.
Bradley Harrington, del DNR, señala que los verdaderos focos de degradación ecológica no son los forrajeros, sino la expansión urbana, la agricultura intensiva y la gestión inadecuada. Por ejemplo, el prairie turnip, una raíz tradicional indígena, se ve amenazada principalmente por prácticas agrícolas modernas y no por la recolección consciente.
Una práctica en auge y mal entendida
El forrajeo vive un renacimiento post-COVID: redes sociales, libros de cocina salvaje y el retorno a lo natural han popularizado esta actividad. Sin embargo, este nuevo interés también ha generado preocupación por el desconocimiento de las reglas ecológicas básicas: cómo recolectar sin matar la planta, sin alterar el ecosistema o sin propagar especies invasoras.
En palabras de Robert Meier, comisionado asistente del DNR: “No se trata de cosechar todo lo que se ve; tienes que dejar para otros, para los animales, para que brote el próximo año”.
La dimensión cultural del acceso al forrajeo
Las restricciones al forrajeo en Estados Unidos tienen un trasfondo histórico complejo. Según investigaciones académicas, durante la colonización se prohibió a los pueblos indígenas recolectar alimentos en sus propios territorios. Más tarde, leyes de después de la Guerra Civil criminalizaron a comunidades afroamericanas por recolectar en tierras privadas, institucionalizando una represión de prácticas tradicionales.
Francia, por su parte, capacita a farmacéuticos en identificación de hongos; Suecia adopta el principio de allemansrätten, o “derecho de todos”, que permite recoger flores, bayas y hongos libremente mientras se respete la naturaleza. Comparado con ello, Estados Unidos parece hostil al forrajero moderno.
Desconfianza comunitaria y pérdida de conexión
El miedo a sanciones ha llevado a que muchas personas forrajeen en la clandestinidad. Desde comunidades Hmong que recolectan ferns y Solomon’s seal, hasta familias que buscan diente de león o mora silvestre, todos coinciden en algo: necesitan claridad, no criminalización.
Sammie Peterson, gestora de sistemas alimentarios de la comunidad Prairie Island, advierte: “vivimos una crisis legítima de desconexión con la naturaleza”. Y ella ve en el forrajeo una herramienta poderosa para sanar esa ruptura.
¿Forrajear solo para tribus indígenas?
Una propuesta sobre la mesa es reservar ciertos espacios naturales solo para el forrajeo indígena, como forma de reparación comunitaria y soberanía alimentaria. Nibi Ogichidaa Ikwe lo expresó con sensibilidad en la reunión de noviembre: “Estoy pidiendo educación para que esos medicamentos sigan allí, como regalos del Creador, para las próximas siete generaciones”.
¿Qué viene ahora? Un camino hacia la claridad
La Fuerza de Tarea sobre Forrajeo Sostenible tiene hasta el 28 de febrero para entregar sus recomendaciones al DNR y la legislatura estatal. Aunque esas sugerencias no serán vinculantes, podrían marcar un antes y después en la política ambiental y cultural del estado.
Entre las opciones están:
- Crear más estudios sobre los impactos reales del forrajeo.
- Simplificar las reglas entre parques estatales, bosques y tierras públicas.
- Permisos gratuitos o más accesibles para uso personal.
- Educación masiva sobre el forrajeo responsable basada en el conocimiento ecológico tradicional.
Como lo pide Susan Pha, la meta es sencilla, aunque el camino no lo sea: hacer las reglas claras, justas y comprensibles, y dar más acceso a los ciudadanos sin sacrificar los recursos naturales. O, como afirma Ikwe citando la sabiduría ancestral: cuando cosechas de forma responsable y devuelves pequeños regalos a la tierra, puedes crear más.
El desafío es grande, pero la oportunidad también: recuperar la relación perdida entre ser humano y naturaleza en el siglo XXI.
