Resistir entre escombros: Las vidas que persisten en la Gaza posguerra
A través de la resiliencia, familias palestinas reconstruyen su cotidianidad en ruinas, aferrándose a la esperanza en medio de la destrucción
La guerra que lo cambió todo
El 7 de octubre de 2023 marcó el inicio de uno de los períodos más devastadores para la Franja de Gaza en la última década. Un ataque inesperado por parte de Hamas a Israel desencadenó una represalia masiva por parte del Gobierno israelí. Como resultado, más de tres cuartos de los 2 millones de habitantes de Gaza fueron desplazados, y decenas de miles de personas murieron a causa de los bombardeos.
Esta guerra, que apenas encontró una pausa tras el alto al fuego negociado en octubre de 2025, firmemente impulsado por la diplomacia estadounidense, ha dejado no solo destrucción física sino también profundas heridas psicológicas dentro de la población civil.
La resistencia cotidiana entre las ruinas
En Jabaliya, uno de los barrios más densamente poblados de la ciudad de Gaza, la familia Halawa representa un retrato doloroso pero esperanzador. Su casa, parcialmente derrumbada tras múltiples bombardeos, sigue en pie. Sin embargo, partes del techo han colapsado, y los pisos tambalean sobre bases improvisadas construidas con madera y escombros reaprovechados.
“Esto, por muy difícil que parezca, sigue siendo nuestro hogar”, comenta Amani Halawa, madre de cuatro hijos, mientras enciende una pequeña fogata entre trozos de concreto. La familia regresó tres meses después del comienzo del conflicto, enfrentando una difícil decisión: vivir entre ruinas o en un campamento de refugiados azotado por el frío y la humedad del invierno.
La fractura del día a día
Las estaciones del año siguen su curso sin piedad. A medida que las lluvias invernales golpean las carpas y techos improvisados, las familias se ven obligadas a adaptarse. Según el Ministerio de Salud de Gaza, al menos 11 personas murieron en diciembre debido al colapso de edificios dañados.
“Dormimos con el miedo constante de que una pared nos aplaste”, cuenta Sahar Taroush, madre de tres, que vive bajo un techo parcialmente derrumbado. El retrato es común en toda Gaza: familias enteras limpiando polvo de los escombros, cocinando entre paredes agrietadas, y niños haciendo tareas usando linternas o el resplandor de una pantalla rota.
Pero incluso en esas condiciones, emergen signos de vida. En una pared expuesta al exterior por la explosión, los hijos de Amani dibujaron un árbol. Este adorno improvisado no es solo arte infantil, es un acto de resistencia emocional. A su lado, mensajes dirigidos a familiares desaparecidos o atrapados en otros puntos de Gaza reviven esperanzas y recuerdan conexiones que la guerra intentó quebrar.
El peso invisible de la guerra
Las pérdidas no se miden solo en muertes o metros cuadrados destruidos. La guerra invisible se libra en el interior de las personas. En un estudio elaborado por Human Rights Watch, se indica que un 63% de los niños en Gaza presentan síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT). Muchos dibujan helicópteros, tanques o bombas cuando se les pide representar “el futuro”.
Además, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha advertido que unos 420.000 niños necesitan urgentemente apoyo psicosocial. La falta de escuelas funcionales, la muerte de docentes y la imposibilidad de contar con un sistema educativo estable golpea con dureza el futuro de varias generaciones.
Creatividad desde los escombros
En medio de esta crisis, algunas soluciones creativas saltan a la vista. Rita Abu Shaqfa, por ejemplo, utiliza paneles solares dañados para recuperar algo de energía y mantener un frigorífico funcionando. Con restos de madera y tela, ha construido una cocina improvisada donde mantiene cierta higiene y orden.
Los Halawa, por su parte, han instalado mochilas como estanterías, convierten botes de conserva en lámparas y utilizan lonas rotas como cortinas. Todo sirve para intentar simular una “normalidad” que a menudo parece imposible.
La tragedia silenciada en cada familia
Más allá de las grandes cifras, cada hogar cuenta una tragedia propia. Omar Qutay, en el barrio alquilado de Al-Karama, duerme sobre una cama colocada en un balcón agrietado. En la sala principal cuelga, milagrosamente en pie, un retrato de su abuelo, exmiembro de la caballería de la Autoridad Palestina en los 90. Es un símbolo de identidad en medio del anonimato forzado por la guerra.
En Sheikh Radwan, Saadia Abu Duheir, madre de seis hijos, organiza una cocina dentro de una tienda montada sobre las ruinas de lo que fue su vivienda. “Perdimos las paredes, pero aún tengo que alimentar a mis hijos”, afirma con voz firme mientras remueve alimentos en una olla abollada. Sus hijos juegan a unos metros, sin entender del todo las bombas que no ven pero sí escucharon.
Una tregua frágil y un futuro incierto
Con la tregua aún vigente durante el inicio del 2026, la reconstrucción promete tardar años. Hasta ahora, no ha comenzado una reconstrucción estructurada, y la ayuda humanitaria llega de forma esporádica y escasa. Según evaluaciones de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), se necesitarán más de 3.000 millones de dólares solo para restaurar las infraestructuras mínimas destruidas.
Israel ha fijado condiciones severas para la entrada de materiales de construcción, argumentando preocupaciones de seguridad, mientras que Egipto mantiene sus propios controles fronterizos. Esta situación genera un sistema de dependencia casi total de ayuda internacional, muchas veces sujeto a intereses políticos regionales e internacionales.
El papel de la comunidad internacional
Organizaciones como Médicos Sin Fronteras, la Media Luna Roja y la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) han establecido operaciones de emergencia. Sin embargo, los obstáculos logísticos y la falta de fondos amenazan la sostenibilidad de sus acciones.
El llamado a donaciones ha sido tímido. Pese a campañas en Europa y América Latina, el flujo monetario y material no guarda proporción con la magnitud de la crisis. Los ciudadanos en Gaza sienten que el mundo los ha olvidado.
La vida, contra todo pronóstico
Aun con horrores a sus espaldas, el pueblo palestino de Gaza continúa demostrando una resistencia casi absurda. En hogares derruidos, se escucha risa infantil. Mujeres cocinan con lo poco que hay, los hombres reparan techos como pueden, y en las paredes de una ciudad rota, los árboles pintados no dejan de crecer.
Es, como dijo una vez el poeta palestino Mahmoud Darwish, el arte de “vivir cerca de la herida... sin dejar de amarla”.
