Trump renombra el Kennedy Center y desata una nueva batalla cultural en EE.UU.

La controvertida decisión de rebautizar el emblemático centro artístico revive tensiones políticas, legado presidencial y la apropiación simbólica de instituciones culturales

Un nuevo nombre, una vieja pelea

El emblemático John F. Kennedy Center for the Performing Arts ha sido, desde su inauguración en 1971, uno de los espacios culturales más reconocidos de Estados Unidos. Un lugar donde convergen la música, la danza, el teatro y otros espectáculos de élite, y que, históricamente, ha sido símbolo del legado artístico que quiso promover el presidente John F. Kennedy. Sin embargo, a principios de 2025, ese legado entró en combate con otra figura política muy distinta: Donald J. Trump.

El pasado jueves, y tras una votación impulsada por la nueva junta directiva —nombrada en su totalidad por Trump tras su regreso a la presidencia en enero—, se anunció que el centro será rebautizado como Centro Trump-Kennedy para las Artes Escénicas. Según la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, la decisión fue tomada por “el trabajo increíble de Trump en la salvación del edificio, tanto en su reconstrucción, como en su saneamiento financiero y de imagen.”

¿Un legado usurpado?

Lo que podría ser interpretado como una forma de reconocimiento se ha convertido en una polémica nacional. Algunos miembros de la familia Kennedy han reaccionado con indignación. Maria Shriver, sobrina de John F. Kennedy, calificó la medida como “insana” en redes sociales: “Hace que me hierva la sangre. Es ridículo, mezquino, limitado. ¿Ahora quieren borrar lo que representa el legado Kennedy?”, escribió.

Tal como señala Shriver, esta no es la primera vez que Trump busca modificar elementos simbólicos relacionados al exmandatario demócrata. Meses antes, transformó el famosísimo Jardín de las Rosas —otro proyecto impulsado en tiempos de Kennedy— en un patio con baldosas, algo que también generó atención mediática y críticas de sectores históricos y artísticos.

Trump y el Kennedy Center: ¿redención o reapropiación?

Durante su primer mandato, el presidente Trump apenas mostró interés por el Kennedy Center. Incluso durante los Kennedy Center Honors, un evento icónico para celebrar el talento artístico, no asistió ni participó. Sin embargo, desde su retorno al poder en enero de 2025, el giro es evidente. No solo reemplazó a todos los miembros de la junta designados por gobiernos demócratas, sino que se autoproclamó presidente del directorio. Y en esa capacidad, comenzó a moldear tanto la programación como la infraestructura.

De hecho, ha destinado más de $250 millones de dólares —aprobados por un Congreso bajo mayoría republicana— para la remodelación del edificio. Fue anfitrión de la gala de los Kennedy Center Honors y se le ha visto en funciones de obras como “Les Misérables” o en eventos deportivos como el sorteo de la FIFA para el Mundial 2026, que se celebró justo en ese lugar.

Una jugada política con aroma cultural

Muchos analistas han interpretado esta acción como parte de una estrategia de apropiación simbólica por parte de Trump. El objetivo: reemplazar íconos del liberalismo estadounidense con su propia marca política. Como perspectiva adicional, la votación de la junta se da en un contexto donde los republicanos buscan reforzar su impregnación sobre espacios culturales, educativos y mediáticos.

El cambio de nombre también hace eco a los debates en universidades, bibliotecas y monumentos sobre quién merece ser recordado. En este caso, el reemplazo parcial de “Kennedy” por “Trump” es interpretado por muchos como una forma sutil (o no tanto) de reescribir el legado histórico desde el poder ejecutivo.

La otra cara del tablero: los Kennedy hoy

La situación se vuelve más compleja dada la presencia de otro miembro de la familia Kennedy en el gabinete actual: Robert F. Kennedy Jr. es actualmente el secretario de Salud y Servicios Humanos bajo la presidencia de Trump.

Su rol genera preguntas. Mientras una parte de su familia condena las acciones del presidente, Kennedy Jr. colabora estrechamente desde el gobierno. Ese contraste, para muchos votantes y observadores, evidencia una fractura intrafamiliar y política que tiene repercusiones tanto internas como simbólicas.

Un paso más en la cultura de la polarización

Desde el movimiento “Make America Great Again”, Trump ha sido estratégico en ocupar y renombrar espacios simbólicos para alinearlos con su visión. La transformación del Kennedy Center forma parte de esa lógica. No se trata solo de pavimento y candelabros nuevos. Hay detrás una intención de reclamar territorio cultural.

Y aunque el nombre “Trump-Kennedy Center” puede parecer una combinación diplomática de figuras opuestas, lo cierto es que para amplios sectores progresistas y culturales, representa un intento de cooptar una historia que no le pertenece.

¿Qué opina el público estadounidense?

Las encuestas de opinión tras el anuncio son reveladoras. Según un sondeo de Pew Research Center realizado en enero de 2025, el 56% de los estadounidenses se opone al cambio de nombre, mientras que un 32% lo apoya. El resto no expresó una opinión clara.

Entre quienes se oponen, las razones van desde el respeto al legado de Kennedy hasta la preocupación por el culto a la personalidad que, según varios sectores, Trump ha intensificado. En contraste, los defensores de la medida argumentan que el presidente “ha salvado el edificio” y merece este reconocimiento.

¿Qué sigue?

Legalmente, la junta tiene el poder de modificar el nombre, siempre y cuando logren el respaldo necesario en el Congreso. Por ahora, la decisión ha generado más ruido y polarización que consenso. Se espera que haya posibles demandas legales o presiones del Congreso, especialmente de parte de legisladores demócratas que ya han expresado su rechazo.

Además, organizaciones artísticas y actores dentro del propio Kennedy Center podrían iniciar campañas de protesta o articulación cultural para revertir esta decisión y proteger lo que muchos consideran un bastión del legado cultural demócrata del siglo XX.

Una batalla entre símbolos

Lo que sucede con el Kennedy Center no es solo un cambio de letrero. Es una síntesis de lo que se ha convertido en el debate político moderno estadounidense: la lucha por el relato, por la memoria, por los símbolos. Kennedy y Trump representan dos visiones de país claramente antagónicas.

Y al renombrar centros, jardines o festivales, no es solo cuestión de gustos. Es una batalla política invisible en los frontones del arte, la educación y la cultura. En una nación dividida cada vez más profundamente, hasta un teatro se vuelve campo de batalla.

Tal vez las balas hoy no se cruzan en campos de guerra, sino en los pasillos de la ópera.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press