¿Pagar por ver la Fontana di Trevi? Una medida que despierta pasiones (y euros)

Roma impone una tarifa para acercarse al icónico monumento en un intento por frenar la masificación turística. ¿Justicia cultural o un nuevo impuesto al romanticismo?

La Fontana di Trevi: más que un ícono hollywoodense

Con cerca de 9 millones de visitantes anuales —algunos días superando los 70,000 turistas— la Fontana di Trevi es, sin duda, uno de los monumentos más visitados de Europa. Escenario inolvidable de la película La Dolce Vita, donde Anita Ekberg y Marcello Mastroianni compartieron un romántico baño bajo la noche romana, este lugar es hoy el epicentro de un nuevo debate turístico y cultural.

El cobro: ¿una solución inteligente o turismo elitista?

A partir del 1 de febrero, los turistas tendrán que pagar una tarifa de 2 euros por acercarse a la fuente durante el horario de 9:00 a.m. a 9:00 p.m. —una medida que, según el alcalde de Roma, Roberto Gualtieri, busca “organizar mejor las visitas y contribuir al mantenimiento del patrimonio cultural de la ciudad”.

¿El objetivo? 6.5 millones de euros anuales en ingresos que podrían destinarse a limpiar, restaurar y preservar monumentos de gran valor histórico. El acceso desde la plaza superior seguirá siendo gratuito, y los ciudadanos romanos quedan exentos del cobro, fieles a la premisa de que “la cultura es un derecho ciudadano”.

Una tendencia creciente en Europa: el turismo con entrada

La medida no surge en un vacío: Roma ya había implementado un sistema similar en el Panteón, cobrando 5 euros por ingreso. Y más allá de la capital italiana, Venecia también debutó en 2023 con un impuesto para visitantes de un solo día, en su intento de reducir la presión turística que ha convertido sus calles en pasillos congestionados.

Son medidas impopulares, a veces recibidas con indignación por los viajeros, pero defendidas como formas de asegurar la sostenibilidad de las ciudades patrimoniales.

¿Un euro por un deseo?

El mito más famoso vinculado a la Fontana di Trevi dice que si lanzas una moneda por encima del hombro izquierdo con la mano derecha, asegurarás tu regreso a Roma. Pero ¿qué pasa si ahora se necesita pagar dos euros para acercarte lo suficiente como para cumplir con el ritual?

La paradoja es clara: ¿se está monetizando la leyenda? Para algunos románticos empedernidos, este cobro atenta contra la magia del deseo y la espontaneidad del momento. Para otros, es un precio justo para mantener el entorno ordenado y seguro.

La magia no es barata: mantenimiento y sostenibilidad

Con una infraestructura barroca que data del siglo XVIII, la Fontana di Trevi no solo requiere restauraciones periódicas sino también una presencia permanente de equipos de limpieza, seguridad y orientación. La acumulación de basura, el desgaste del mármol travertino, y la tentación (aún existente) de quienes se sumergen ilegalmente en la fuente, requieren vigilancia constante.

Desde 2014, el dinero extraído del fondo de la fuente —alrededor de 1.5 millones de euros al año— había sido destinado a obras de caridad gestionadas por Cáritas. Esta nueva tarifa busca cubrir otro tipo de necesidades económicas.

Una experiencia menos caótica, más inmersiva

En los últimos 12 meses, Roma ya había probado una fase piloto en la zona de la Fontana: limitando el acceso directo al borde de la fuente mediante una fila organizada con entrada y salida controlada. El resultado, según las autoridades, fue una mejora tangible en el flujo de visitantes y una menor acumulación de turistas.

Este nuevo esquema de visita pretende conservar la belleza y el carácter monumental del sitio, sin forzar a quienes simplemente deseen tomar una fotografía desde la plaza.

Voces a favor y en contra: la ciudad dividida

La medida ha despertado distintas posturas entre los expertos, ciudadanos y viajeros:

  • Stefano Micelli, economista cultural, sostiene que “imponer una entrada simbólica permite recuperar control y reinvertir en conservación sin excluir a los interesados reales”.
  • Laura De Simone, guía turística de Roma, opina que “la fuente simboliza acceso libre al arte; esto es burocratizar un espacio que debe pertenecer a todos”.

En redes sociales, los usuarios han responsabilizado a los influencers y la cultura selfie de maximizar la masificación y banalizar la experiencia cultural, mientras que otros se burlan preguntando si pronto habrá que pagar por mirar el Coliseo o caminar por el Trastévere.

Comparaciones internacionales: ¿qué hacen otras ciudades?

Roma no está sola en su cruzada contra el turismo excesivo. Aquí algunos ejemplos internacionales:

  • Barcelona: limita los grupos turísticos en áreas como el Barrio Gótico y regula visitas guiadas con un sistema de franjas horarias.
  • Ámsterdam: ha prohibido los nuevos hoteles en el centro y campañas turísticas que incentiven “solamente festivo”.
  • París: evalúa crear una tarifa flotante para la Torre Eiffel y ya impone reservas obligatorias para sus museos más visitados.

En todos los casos, el objetivo es común: disminuir el impacto ambiental y social del turismo sin eliminar la esencia hospitalaria de las ciudades.

La experiencia pospandémica: el renacer del turismo consciente

La pandemia de COVID-19 paralizó el turismo global durante más de un año. Con el regreso de los viajeros, muchas ciudades están apostando por una tendencia creciente: el turismo responsable. Esto significa menos cantidad, más calidad, y una interacción más respetuosa con los entornos urbanos.

De ahí que algunos expertos celebran la medida romana como un paso simbólico en favor de ese nuevo modelo. “Pagar 2 euros no te aleja del arte. Te conecta con la idea de que el arte tiene un valor y una fragilidad”, afirma la historiadora cultural Giulia Nicastro.

¿Un filtro para el turismo oportuista?

En ciudades de alto perfil turístico, como Roma, Londres o París, abundan quienes cruzan el mundo solo para obtener una foto digna de Instagram, consumen poco del contexto y contribuyen escasamente al ecosistema local. Para las autoridades, la tarifa mínima puede funcionar como un filtro simbólico —no económico— para quienes no están realmente interesados en la experiencia.

Entonces... ¿estamos pagando por el arte o por la organización?

La respuesta está en la experiencia. Las ciudades históricas no solo son colecciones de monumentos, sino espacios vivos donde convergen residentes, trabajadores, soñadores y turistas. La entrada a la Fontana di Trevi no cobra por su belleza, sino por acercarte con seguridad y calma, sin empujones ni tumultos.

Y si eso costase solo 2 euros, ¿no vale la pena?

«Tirar una moneda a la fuente aún está permitido… siempre que hagas fila primero.»

Este artículo fue redactado con información de Associated Press