El lado más oscuro del entrenamiento policial en EE.UU.: ¿Entrenamiento táctico o abuso institucionalizado?
Heather Sterling, una exinstructora de defensa personal y guardabosques, denuncia el violento entrenamiento que la dejó con una conmoción cerebral y encendió una alarma nacional sobre prácticas extremas en academias policiales
Una llamada de atención desde el corazón de Texas
El 13 de diciembre de 2024, Heather Sterling se enfrentó a uno de los momentos más duros de su carrera. No se trataba de un encuentro con cazadores furtivos ni de un rescate en la naturaleza, sino de una simulación dentro del Centro de Entrenamiento de Guardaparques de Texas. En esa jornada marcó no solo su vida, sino despertó nuevamente el debate sobre los límites del entrenamiento policial en Estados Unidos.
El día que cambió todo
Heather, con una sólida trayectoria como guardabosques en Wyoming y experiencia como instructora de tácticas defensivas, había regresado a Texas para acercarse a su familia y continuar su vocación. Sin embargo, su paso por la academia en Hamilton, Texas, terminó abruptamente tras un drill de «cuatro contra uno», en que fue golpeada con violencia por instructores que simulaban ser agresores. En menos de dos minutos, fue golpeada siete veces en la cabeza, sufrió una conmoción cerebral y abandonó la academia poco después del incidente.
«Esto no es entrenamiento, es una paliza disfrazada», declaró Sterling. La jornada también dejó huella en otros cadetes: de 37 participantes, 13 terminaron heridos y dos necesitaron cirugía. Conmociones, fracturas, esguinces y hematomas fueron parte del saldo de un ejercicio supuestamente diseñado para preparar a los futuros agentes para situaciones de alto estrés.
Una práctica extendida… y peligrosa
Lo vivido por Heather no es un hecho aislado. Desde 2005, al menos 12 muertes y cientos de lesiones han sido vinculadas a estos entrenamientos intensivos en academias policiales de todo el país. Estos ejercicios, conocidos comúnmente como RedMan training por el equipo rojo protector que se utiliza, buscan simular encuentros reales con sospechosos agresivos.
Pero expertos como Brian Baxter, exdirector de entrenamiento del Departamento de Seguridad Pública de Texas, advierten sobre su uso inapropiado: «El entrenamiento pasa de ser útil a convertirse en una especie de rito de iniciación abusivo si no se diseña y supervisa correctamente», afirma.
Deficiencias legales y falta de estándares nacionales
A nivel nacional, no existen directrices uniformes sobre cómo deben llevarse a cabo estos ejercicios. Cada academia tiene libertad para diseñar sus propios «días de combate», simulaciones o entrenamientos de reacción al estrés. Algunas academias incluso han incorporado escenarios en piscinas u otros ambientes extremos.
En Texas, una investigación oficial respecto al incidente con Sterling concluyó que el ejercicio se ejecutó «con control y de acuerdo con los objetivos del entrenamiento», lo cual indignó aún más a la exinstructora. Según ella, el simulacro no contemplaba protocolos realistas, ni permitía a los cadetes aplicar las técnicas defensivas que habían aprendido.
¿Formación o abuso?
Desde diversos sectores de derechos civiles y asociaciones policiales han surgido críticas a este tipo de entrenamiento, que muchas veces termina expulsando a mujeres, personas negras o minorías étnicas del proceso de formación. Las demandas legales interpuestas en diferentes estados relatan incidentes donde se habría aplicado fuerza excesiva, con la aparente intención de eliminar reclutas “indeseables”.
Un caso dramático fue el de Jon-Marques Psalms, de 30 años, quien falleció en 2025 tras participar en un ejercicio similar en la Academia de Policía de San Francisco. El informe forense indicó que la causa fue «complicaciones de daño muscular y orgánico por actividad física intensa». Su familia ha presentado una demanda contra la ciudad.
En Kentucky, un guardabosques recluta, William Bailey, murió en un ejercicio dentro de una piscina tras un colapso durante la lucha con un instructor. La autopsia reveló un paro cardíaco súbito derivado del esfuerzo físico.
No se trata de resistencia física, sino de ética profesional
Heather Sterling explicó que en su experiencia real como agente raramente existieron escenarios donde fue atacada sin preparación o apoyo. «No he tenido que pelear con ningún sospechoso, ni ninguno de los 40 guardabosques a quienes enseñé tácticas defensivas estuvo involucrado en un altercado importante», puntualiza. Lo que el entrenamiento propone, añade, es irreal en el ejercicio práctico.
Además, Sterling señaló que no se les permitió aplicar fuerza durante el simulacro, únicamente golpear un escudo fijo mientras resistían los ataques. «El mensaje fue: no defiendas tu integridad, solo soporta», señala.
Mujeres en la línea de fuego
El caso también pone sobre la mesa otro tema delicado: la equidad de género en las academias policiales. Compañeras de Sterling también renunciaron, algunas antes de participar en los ejercicios. Una exoficial de policía abandonó la academia por considerar el drill inapropiado y parte de una cultura institucional agresiva y sexista.
La historia de Heather, condecorada previamente por su servicio en Wyoming y admirada por su comunidad, contrasta fuertemente con la violencia y presión que vivió en Texas. Hoy, después de regresar a Wyoming, sigue en servicio activo y busca generar un cambio en el sistema.
Un modelo caducado que necesita reformarse
Entidades como RedMan Gear, proveedor del equipo utilizado en muchos de estos entrenamientos, reconocen los riesgos de discapacidad e, incluso, muerte, dentro de sus clausulados de garantía. Advierten que el entrenamiento debe ser planificado con detención y que el nivel de fuerza debe ser adecuado.
Sin embargo, muchas academias ignoran estas advertencias. Entre los cambios que han impulsado algunas instituciones tras escándalos similares se encuentran la inclusión de personal médico obligatorio durante ejercicios, límites al número de «agresores», y reglas estrictas sobre los golpes permitidos.
«No se trata de ver quién aguanta más, sino de enseñar a pensar y actuar bajo presión con sensatez, proporcionalidad e inteligencia emocional», argumenta David Jude, excomandante de la academia estatal de policía de Kentucky. «En el entrenamiento de Sterling, se le negó la posibilidad de aplicar lo que había aprendido. Eso no es pedagogía, es humillación».
Más allá del entrenamiento: cultura institucional
La violencia repetida sin contexto educativo, la ausencia de protocolos médicos y la permisividad institucional generan escenarios abusivos. Heather Sterling lo explicó con una analogía estremecedora: «Esto se parece más a una iniciación de pandilla que a una formación profesional».
Actualmente no existen leyes federales que obliguen a cumplir con un estándar único o auditable de entrenamiento para fuerzas del orden en EE.UU. Esta autonomía ha generado doctrinas dispares y, a veces, retrógradas.
¿Qué sigue ahora?
Heather Sterling no busca revancha, sino transformación: «Si permanecer en silencio alienta estas prácticas, entonces hablar es lo único justo». Su historia ha sido respaldada por legisladores en Texas que buscan revisar los estándares de entrenamiento en cuerpos policiales del estado.
El debate apenas comienza. Y nos obliga a preguntar: ¿realmente estamos entrenando para proteger, o estamos formando para resistir el abuso sin cuestionarlo?
Si queremos que quienes nos protejan actúen con humanidad, empatía y criterio en situaciones reales, el entrenamiento no puede ser una sala de tortura, sino un aula de aprendizaje sólido, ético y humano.
