Cholitas invencibles: cómo la pollera se convirtió en símbolo de poder y resistencia en Bolivia

De minas subterráneas a cumbres heladas, mujeres indígenas desafían estereotipos con orgullo y fuerza, vestidas con la tradicional pollera

Por generaciones, la pollera —esa voluminosa falda de múltiples capas— fue símbolo de discriminación colonial. Hoy, en el siglo XXI, es emblema de poder y resistencia en Bolivia. Las mujeres indígenas andinas, conocidas como cholitas, han transformado la narrativa en torno a su vestimenta, derribando prejuicios desde el corazón de los Andes y haciendo de cada lana tejida una declaración política, cultural y espiritual.

Una historia hilada con resistencia

Impuesta por los colonizadores españoles en el siglo XVII como una forma de control cultural, la pollera originalmente pretendía europeanizar el atuendo indígena. Sin embargo, con los años, las mujeres aymaras y quechuas la transformaron en un símbolo de identidad. Hoy, elaboradas con telas bordadas a mano, encajes finos y colores intensos, estas prendas son sinónimo de orgullo para las comunidades originarias en Bolivia.

Desde la promulgación del Estado Plurinacional de Bolivia en 2009 por el entonces presidente Evo Morales, la visibilización de la pollera en espacios públicos y oficiales creció drásticamente. Por primera vez, mujeres vestidas con ella ocupaban cargos ministeriales, desfilaban por alfombras políticas e incluso se convertían en referentes de la cultura popular.

Montañismo, minería y lucha libre... en pollera

Ana Lia González Maguiña, montañista profesional de 40 años, escala glaciares como el imponente Huayna Potosí (6.088 msnm) enfundada en una pollera fucsia. Con arnés, botas de alpinismo y gafas de aviador, desafía tanto al frío andino como a los estereotipos de género coloniales.

“Nuestro deporte es exigente, es súper duro. Hacerlo con pollera representa esa fuerza y también el valorar nuestras raíces. No es por mostrar, es por lo que somos”, afirma González Maguiña, mostrando cómo la indumentaria no limita las capacidades físicas ni profesionales.

Este fenómeno se repite bajo tierra. Macaria Alejandro, una minera de 48 años en Oruro, baja cada día con casco y lámpara frontal a los túneles oscuros sin renunciar a su pollera tradicional. Ella resume su postura con contundencia: “Trabajo así por mis hijos. La pollera no me impide nada, al contrario, me da identidad”.

Incluso en el ring de lucha libre en El Alto, las cholitas luchadoras derriban oponentes con maniobras acrobáticas mientras giran sus faldas como alas. Fernanda Romero, una de las más destacadas luchadoras, ha ganado popularidad en todo el país combinando performance deportiva con tradición aymara.

Empoderamiento sobre ruedas y balones

El fenómeno no se limita a lo físico ni geográficamente. Francesca Barbieto, skater de La Paz, desafía pendientes urbanas con su tabla y pollera, fusionando culturas urbanas con estética andina.

En El Alto, abuelas aymaras participan en campeonatos de balonmano vistiendo polleras de colores vivos. Equipos como Las Kantutitas, conformados por mujeres mayores de 60 años, demuestran que la edad y la vestimenta no son barreras para competir ni disfrutar del deporte. “Jugamos con alegría, con identidad, y eso nos hace visibles”, dice Herberta Pucho, portera del equipo.

Moda con memoria: la pollera en las pasarelas

Diseñadores como Eliana Paco incorporan elementos tradicionales en sus colecciones contemporáneas, llevando la pollera a un nuevo nivel de sofisticación y posicionándola en desfiles nacionales e internacionales. En 2016, Paco incluso llevó su colección a Nueva York, sorprendiendo a la crítica con su enfoque de moda con memoria.

Actualmente, en ferias de moda en La Paz y Cochabamba, se presentan diseños de polleras con aplicaciones de arte textil precolombino, tejidos con formas que evocan la Pachamama y símbolos de fertilidad.

Una lucha política tras los pliegues

Pero no todo es celebración. Desde la salida del poder del Movimiento al Socialismo (MAS) y la llegada del presidente de centro-derecha Rodrigo Paz en enero, han surgido preocupaciones entre las cholitas. El retiro de la bandera wiphala de algunos edificios oficiales y la ausencia de ministros indígenas generan temores sobre un posible retroceso en los avances alcanzados.

“Siento que el gobierno ya no nos toma en cuenta. La economía debe mejorar, sí, pero nos están sacando de escena”, lamenta la minera Alejandro. Y aunque Paz ha prometido no revertir los derechos ganados, las incongruencias simbólicas —como el reemplazo del wiphala por el escudo nacional en el logo de las Fuerzas Armadas— encienden alarmas.

Durante la era de Evo Morales (2006-2019), Bolivia vivió una reconfiguración del poder simbólico: se cambió el nombre oficial del país a “Estado Plurinacional”, se institucionalizó el wiphala y se promovió el protagonismo de sectores otrora marginalizados. Hoy, con la detención del exmandatario Luis Arce por presunta corrupción en fondos destinados a comunidades indígenas, la ciudadanía enfrenta una crisis no solo económica, sino también identitaria.

La pollera como resistencia en movimiento

En este contexto, la pollera ha dejado de ser solo una prenda y se ha transformado en una forma de protesta silenciosa, pero poderosa. Cuando las mujeres indígenas se visten con ella para ir a escalar, trabajar, protestar o bailar, están tomando una posición: exigir reconocimiento, respeto y continuidad en sus conquistas sociales.

Según una encuesta de la Fundación Jubileo (2024), el 67% de las mujeres indígenas de zonas urbanas considera que usar pollera en sus trabajos es “una expresión clave de identidad cultural necesaria frente a la discriminación”. En ciudades como El Alto, donde el 80% de los habitantes tiene raíces indígenas, la visibilidad de la pollera es una manifestación cotidiana de resistencia.

¿Símbolo excluyente o inclusión transformadora?

También hay debates internos: algunas jóvenes indígenas ven en la pollera un símbolo conservador o limitante. “Yo no quiero estar atada a una falda para mostrar mi pertenencia”, dice Paola Quispe, estudiante universitaria de La Paz. Para otras, como la activista cultural Daniela Mamani, la clave está en la integración: “La pollera no debe ser obligatoria, pero tampoco despreciada. Es una herramienta poderosa si la usamos desde la elección propia”.

El futuro tras cada pliegue

González Maguiña, la escaladora, lo resume bien: “Ya tenemos la fuerza. Tenemos todo lo necesario y vamos a tocar las puertas de este nuevo gobierno con nuestras polleras por delante”.

No importa si están en una mina polvorienta, en un ring de lucha libre, en la cima de una montaña o en una oficina pública: las cholitas siguen ascendiendo, física y simbólicamente. La pollera, hoy más que nunca, es escudo, testimonio y promesa. Al portarla, estas mujeres no solo visten sus cuerpos, sino también siglos de historia, resistencia y sueños de equidad.

Porque cada pliegue de la pollera cuenta una historia, y las cholitas están aquí para que no las olvidemos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press