La Alianza del Sahel: ¿Nueva era de soberanía en África Occidental o desafío geopolítico de alto riesgo?
Mali, Burkina Faso y Níger profundizan su unión tras romper con Occidente y apuestan por operaciones conjuntas contra el extremismo
El surgimiento de una nueva fuerza en África Occidental
En un contexto marcado por décadas de inestabilidad, golpes militares e influencia extranjera, los líderes de Mali, Burkina Faso y Níger han oficializado un movimiento que podría redefinir la geopolítica de toda una región: la Alianza de Estados del Sahel. En su segunda cumbre anual, celebrada esta semana en Bamako, Mali, anunciaron el lanzamiento de su primer batallón conjunto y ratificaron un compromiso inquebrantable de cooperación tanto en seguridad como en desarrollo económico.
La creación de esta nueva fuerza multinacional no surge de forma aislada. Se enmarca dentro de un proceso progresivo de separación de las estructuras regionales e internacionales dominadas por Occidente, como la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), y una creciente apertura hacia alianzas alternativas, como la cooperación militar con Rusia.
El Sahel: epicentro del extremismo global
El Sahel se ha convertido en la región más mortífera del mundo en términos de violencia extremista, según datos del Global Terrorism Index 2023. Más del 40% de las muertes relacionadas con terrorismo global ocurrieron en esta vasta franja al sur del desierto del Sáhara.
- En Burkina Faso, más de 2 millones de personas han sido desplazadas por la violencia desde 2019.
- Mali ha registrado más de 5,000 muertes de civiles en los últimos tres años debido a la actividad de grupos insurgentes.
- En Níger, los ataques se intensificaron tras el retiro de fuerzas francesas en 2023.
Los grupos terroristas con vínculos a al-Qaeda y el Estado Islámico dominan territorios vastos, especialmente en zonas rurales, aprovechando la debilidad institucional y la escasa presencia estatal.
Golpes de Estado y ruptura con Occidente
Entre 2020 y 2023, los tres países han experimentado golpes militares que derrocaron gobiernos civiles. En cada caso, los nuevos regímenes castrenses acusaron a sus predecesores de ser demasiado dependientes de intereses extranjeros y de ser incapaces de garantizar la seguridad nacional.
La respuesta fue inmediata. Retiro de tropas francesas y estadounidenses, ruptura con la CEDEAO, y expulsiones de misiones diplomáticas. En paralelo, se dieron pasos concretos hacia una nueva arquitectura de seguridad regional, que cristaliza ahora en la creación del batallón conjunto de 5,000 soldados.
Un bloque militar y político en ascenso
El capitán Ibrahim Traoré, líder de Burkina Faso y actual presidente de la alianza, afirmó que las operaciones conjuntas iniciadas “deben ser seguidas por una ofensiva masiva en los próximos días”. El objetivo es claro: debilitar y desmantelar a los insurgentes armados que ahora operan casi sin oposición en diversas regiones fronterizas.
Por su parte, el general Assimi Goïta (Mali) y el general Abdourahamane Tchiani (Níger) ratificaron el compromiso con una soberanía total. “Ya ningún país ni grupo de interés decidirá más por nosotros”, declaró Tchiani, en una afirmación que resume el nuevo ethos político del bloque.
Rusia, nuevo socio estratégico
Sin el respaldo de Occidente, las juntas militares han buscado nuevas alianzas. Rusia, a través del Grupo Wagner en etapas anteriores y ahora con acuerdos bilaterales directos, se ha consolidado como el principal proveedor de asistencia militar para estos países.
Expertos como Rida Lyammouri, del Policy Center for the New South en Marruecos, advierten que aunque esta nueva alianza refuerza el concepto de soberanía, el enfrentamiento con grupos armados “sigue siendo una crisis extremadamente complicada, sin importar quién sea el aliado internacional”.
Un experimento político con respaldo popular
Lo más llamativo del bloque es su creciente legitimidad entre las poblaciones locales. La narrativa antiimperialista, el rechazo a las presiones de la CEDEAO y la voluntad de “descolonización mental” parecen estar resonando con fuerza especialmente entre el segmento joven de la población.
Según datos del Afrobarómetro en 2023:
- El 64% de los burkineses encuestados aprueba el golpe y respalda al capitán Traoré.
- En Mali, el 58% de los encuestados considera que la retirada de tropas francesas fue una decisión positiva.
- En Níger, el 61% de los ciudadanos se mostró a favor de una unión regional autónoma ajena a Occidente.
Ulf Laessing, del programa Sahel de la Fundación Konrad Adenauer, señala que la alianza “intenta mantener el impulso ganado diversificando la cooperación no solo en lo militar, sino también en lo económico y social”.
¿Fin de la tutela extranjera o aislamiento estratégico?
Desde fuera, muchos observadores cuestionan si este camino podrá sostenerse en el tiempo. La retirada de agencias multilaterales de ayuda, el aislamiento financiero tras sanciones internacionales y la falta de legitimidad democrática son factores que podrían debilitar a largo plazo los regímenes del Sahel.
Sin embargo, la narrativa de lucha por la autodeterminación sigue ganando tracción. Como declaró recientemente un funcionario del nuevo Ministerio de Defensa conjunto en Bamako: “El futuro del Sahel ya no será decidido en París ni en Washington. Se decide aquí, en nuestras propias manos”.
Impacto regional e internacional
La formación de este bloque levanta alarmas entre actores regionales y globales. China observa con interés, mientras negocia acuerdos de infraestructura y minería. La Unión Europea advierte sobre el “posible vacío de seguridad” que puede afectar fronteras del norte. Y la CEDEAO ve en la alianza un precedente peligrosamente contagioso para otros países bajo presión social como Guinea, Togo o Chad.
Analistas temen que de consolidarse esta unión, se geste una ruptura geoestratégica mayor en África Occidental, con dos polos enfrentados: uno pro Occidental con apoyo europeo/francés, y otro nacionalista y pro ruso.
¿Una revolución continental?
Lo que sucede en el Sahel hoy tiene potencial para inspirar —o alarmar— al resto del continente. Mientras muchas naciones africanas luchan contra los desafíos del neocolonialismo, la corrupción sistémica y la dependencia económica, la Alianza de Estados del Sahel propone un modelo autodefinido, aunque altamente controversial.
¿Será este experimento un ejemplo de soberanía triunfante o una trampa geopolítica sin salida? Solo el tiempo —y el éxito o fracaso de sus operaciones conjuntas contra el extremismo— darán la respuesta.
