La otra ruta: El retorno forzado de los migrantes venezolanos tras el regreso de Trump

Miles de migrantes como Mariela Gómez abandonaron su sueño americano al enfrentar las nuevas políticas migratorias bajo el segundo mandato de Trump

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Una Navidad inesperada en Maracay

Para Mariela Gómez y su pareja Abraham Castro, la Navidad de 2025 no se pareció en nada a lo que habían imaginado un año antes. En lugar de pasar las fiestas en Estados Unidos, país al que aspiraban llegar tras años de migración por Suramérica, se encontraron de regreso en Venezuela, concretamente en Maracay, compartiendo una cena modesta con la familia de Abraham.

El cambio abrupto de planes surgió tras el regreso de Donald Trump a la presidencia en enero de 2025 y la inmediata implementación de nuevas y severas políticas antimigratorias. Gómez y su familia se convirtieron en parte de una creciente ola de "migración inversa", empujados a retornar a un país del que habían huido por la falta de oportunidades, desempleo, inflación y crisis humanitaria.

El sueño americano, aplazado por la política

La victoria de Trump en su segundo mandato trajo un endurecimiento radical en la política migratoria. En un discurso pronunciado en mayo de 2025, declaró: "América debe proteger sus fronteras. Ya no podemos permitir este flujo descontrolado de personas sin papeles". Siguiendo su promesa, se reforzó la militarización de la frontera sur y se aceleraron las deportaciones.

Mariela Gómez, como millones de venezolanos —más de 7,7 millones habían salido del país desde 2015, según ACNUR— vio truncada su ruta. Tras haber vivido en Colombia y Perú, en 2023 decidió junto a su familia emprender el viaje hacia EE.UU. Su travesía los llevó a cruzar Centroamérica hasta llegar a Texas, donde fueron detenidos por la Patrulla Fronteriza y deportados a México.

El retorno: de la frontera al hogar por mar y jungla

Desde México, sin visado ni dinero, la familia emprendió una travesía aún más peligrosa de regreso a Venezuela. En Panamá, sin recursos para pagar el paso por el Caribe, abordaron un navío carguero por la costa del Pacífico, viajando en condiciones precarias sobre tambores de gasolina en mar abierto. Luego, se trasladaron en lancha rápida hasta llegar a la selva colombiana.

“Fue un viaje de locura. Dormimos donde podíamos, comimos gracias a la ayuda de otros migrantes. Pero sabíamos que teníamos que volver, por los niños”, relató Gómez.

El costo humano de una política más dura

Su caso no es aislado. Según datos oficiales de migración de Colombia, Panamá y Costa Rica, entre enero y septiembre de 2025 más de 14.000 migrantes, en su mayoría venezolanos, retornaron a Sudamérica después de ser expulsados o al ver imposible su ingreso a EE.UU. Venezuela, que durante años se negó a recibir deportados, comenzó a aceptar vuelos de retorno presionada por la Casa Blanca.

Los retornos han sido organizados por vuelos charter operados por contratistas del gobierno estadounidense y por Conviasa, la aerolínea estatal venezolana. Más de 13.000 venezolanos retornaron a través de estos vuelos en 2025.

Una vida en pausa: la realidad al regresar

Ya en Maracay, Mariela intenta reconstruir su vida. Durante la cena navideña, cocinó una especie de lasaña más económica que la tradicional hallaca, símbolo navideño venezolano que ahora les resulta inalcanzable. “Hicimos lo que pudimos. Tenemos salud, una familia unida, comida en la mesa... aunque nada de lujos”, expresó.

La situación económica continúa siendo precaria. Venezuela mantiene una inflación de más del 300% interanual en 2025 según opositores y analistas no gubernamentales. La moneda local perdió alrededor del 60% de su valor en el año. El salario mínimo continúa sin cubrir ni siquiera el 10% de la canasta básica alimentaria.

El desempleo también golpea duro. Ni Abraham ni Mariela han conseguido trabajo desde su retorno. Mientras esperan, viven de la ayuda de familiares y pequeñas colaboraciones informales.

Un reencuentro agridulce

El retorno forzado permitió también un momento especial: Mariela se reencontró con su hija mayor, a quien no veía desde hacía años. “Tomamos cerveza, hablamos como antes… pero sabiendo que nos separamos de nuevo pronto, porque ella se va para Brasil en enero buscando su propio futuro fuera del país”, comparte con melancolía.

Esta es una reflexión compartida por miles: el exilio no es solo físico, también es emocional, y separación familiar es el precio que casi todo migrante paga. El reencuentro representó más una despedida simbólica que un nuevo comienzo.

Política exterior y presión interna

El rol de Maduro ha sido instrumental en este proceso. Su política de apertura migratoria respondía hasta recientemente al rechazo tajante a las deportaciones impuestas por EE.UU. Sin embargo, a partir del segundo mandato de Trump la situación cambió. Las nuevas condiciones impuestas desde Washington incluyeron amenazas de sanciones y suspensión del alivio temporal de Chevron para operar en Venezuela si no colaboraban con los retornos forzados.

Fuentes diplomáticas señalaron que la administración Maduro accedió a reabrir vuelos de repatriación como parte de acuerdos más amplios sobre «cooperación antiinmigración» promovidos desde EE.UU.

Lo que el futuro reserva

Gómez planea hacer hallacas para la cena de Año Nuevo, si consigue trabajo y algo de dinero. Pero por ahora, sus rezos se enfocan en lo esencial. “Pido salud, vida para mí y mis hijos. Lo demás vendrá después”. Poco le queda del sueño americano. Aún así, no pierde la esperanza. Venezuela sigue siendo un lugar difícil, pero para ella, hoy representa paz y familia.

La historia de Mariela es la historia de miles. De padres, madres, hijos, abuelas… que arriesgaron todo por encontrar estabilidad y que hoy deben empezar de nuevo. Lo que alguna vez fue narrado como éxito —el cruce del Darién, la llegada al norte, la oportunidad en tierra extranjera— se transforma ahora en testimonio de resistencia, resignación y, con suerte, renacimiento.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press