Afganistán al borde del colapso: hambre, frío y abandono internacional
Millones de afganos enfrentan una crisis humanitaria sin precedentes en medio de recortes de ayuda y el regreso masivo de refugiados
La tragedia silenciosa que azota a Afganistán
Mientras el mundo está centrado en la geopolítica y otros conflictos visibles, Afganistán se desangra en el anonimato del olvido internacional. El país, otrora protagonista de las noticias por décadas de guerra, ahora enfrenta una de las peores crisis humanitarias del planeta. No es un bombardeo lo que amenaza la vida de millones, sino el hambre, las enfermedades, el desempleo y las heladas invernales.
Una combinación explosiva de recortes de ayuda internacional, el regreso forzado de millones de refugiados, la represión del régimen talibán y fenómenos naturales extremos han creado un escenario catastrófico. La magnitud del sufrimiento humano se aprecia en los testimonios de ciudadanos como Rahimullah y Sherin Gul, dos víctimas anónimas de un país donde sobrevivir se ha convertido en un milagro cotidiano.
Millones atrapados en el hambre
Según datos del Comité Internacional de la Cruz Roja, 22.9 millones de afganos requerían ayuda humanitaria en 2025, y de ellos, más de 17 millones enfrentan niveles de hambre crítica, de acuerdo con el Programa Mundial de Alimentos (PMA).
La situación se ha agravado en comparación con 2024, cuando los afectados rondaban los 14 millones. El incremento de 3 millones de personas en condición crítica en apenas un año es una señal de alarma que parece haber quedado atrapada en la burocracia diplomática.
En palabras de Tom Fletcher, jefe de humanitaria de la ONU, “este es el primer invierno en años sin una distribución internacional significativa de alimentos”. Solamente 1 millón de personas han recibido asistencia alimentaria en la temporada baja de 2025, frente a 5.6 millones el año anterior.
El impacto de los recortes en la ayuda internacional
El declive en el apoyo internacional no es un accidente. Responde a múltiples factores, desde el aislamiento diplomático del régimen talibán hasta el cansancio de los donantes tras décadas de inversión sin resultados visibles. Entre los recortes más significativos figura la suspensión de fondos por parte de Estados Unidos a programas clave, como la distribución de alimentos liderada por la ONU.
Este retiro repentino ha desmantelado la capacidad operativa de múltiples organizaciones, dejando a millones en el limbo. La situación se agrava por la limitación del acceso a regiones remotas y las rolas draconianas del gobierno talibán que han expulsado a numerosas trabajadoras humanitarias.
El regreso forzado de millones de refugiados
Desde 2021, más de 7.1 millones de afganos han vuelto al país, según informó el Ministerio de Refugiados y Repatriación. Muchos regresan a una nación sin empleo, sin servicios básicos y sin un lugar donde vivir. La falta de planificación para esta repatriación masiva ha generado caos social y ha presionado aún más los ya escasos recursos de alimentos y vivienda.
Uno de estos refugiados es Rahimullah, un extrabajador del ejército, quien regresó tras ser deportado desde Pakistán. Inicialmente recibió asistencia, pero hoy apenas puede ganar $4.5 a $6 por día vendiendo calcetines en Kabul. “Si caigo enfermo, no tengo cómo pagar un tratamiento”, relató.
La mujer afgana: borrada del ámbito laboral
Una de las decisiones más cuestionables del régimen talibán ha sido la prohibición casi total de que las mujeres trabajen. Esta medida ha privado a miles de familias de un segundo ingreso vital. En el caso de Rahimullah, su esposa era profesora antes del regreso de los talibanes. Ahora, es una más entre las millones de mujeres que han sido empujadas a la inactividad forzosa.
Sherin Gul, antigua empleada de limpieza, es otro ejemplo desgarrador. En 2023, recibía raciones de alimentos que le permitían alimentar a su familia de 12 personas. Hoy, sólo uno de sus hijos logra trabajos esporádicos. “A veces mis hijos se acuestan llorando porque no hay nada para comer”, confesó.
El frío letal: el verdugo del invierno afgano
En regiones como la provincia de Badakhshan, el invierno mata. Y no es una metáfora. Con temperaturas que pueden bajar de los -15°C, miles de familias enfrentan dificultades extremas para calentarse. El alto precio de la leña y el carbón ha dejado a muchos al borde de la hipotermia.
El hijo de Sherin Gul, único proveedor de ingresos, depende del trabajo en construcción, pero cuando nieva no hay actividad. El hambre y el frío compiten por ver cuál acaba primero con las esperanzas de las familias afganas.
Crisis múltiple y simultánea
Afganistán no enfrenta una sola crisis, sino una tormenta perfecta de catástrofes: una economía colapsada que funciona casi exclusivamente en efectivo, frecuentes sequías, sismos que han dejado miles de muertos, severa represión de derechos humanos y un retorno masivo de refugiados sin infraestructura para recibirlos.
La ONU estima que cerca de 22 millones de personas necesitarán asistencia directa en 2026. Sin embargo, y debido al bajo respaldo de los donantes, solamente podrán ayudar a 3.9 millones en situación crítica. “La contracción de fondos nos puede obligar a elegir quién vive y quién muere”, advirtió Tom Fletcher con crudeza.
¿Y el mundo qué hace?
La comunidad internacional parece atrapada entre la condena al régimen talibán y la apatía frente al sufrimiento de su población. Afganistán ya no ocupa los titulares, ni recibe fondos prioritarios. Pero como señaló Shanti Kalathil, exdirectora de USAID, “ignorar Afganistán ahora sólo garantiza que se convertirá mañana en una fuente de inestabilidad regional”.
El dilema está claro: ¿cómo canalizar ayuda humanitaria de forma efectiva sin validar un régimen que ha sido denunciado por múltiples violaciones a los derechos humanos? Los organismos humanitarios piden crear corredores independientes, con supervisión internacional, especialmente en educación y sanidad.
Un llamado urgente
No se puede permitir que el desgaste político condene a millones al hambre o a la muerte por frío. Afganistán necesita una respuesta global coordinada, urgente y sostenida. Dejar a este país abandonado no sólo traiciona principios humanitarios básicos, sino que sienta un precedente trágico para las futuras crisis.
Mientras tanto, personas como Rahimullah o Sherin Gul siguen esperando. No por milagros, sino por justicia básica en un mundo que, por ahora, ha elegido mirar a otro lado.
