El dilema de los gatos ferales en Hawái: ¿protección ambiental o crueldad con los animales?

Una mirada profunda al conflicto entre los amantes de los animales y los defensores de la biodiversidad en la Isla Grande

En la paradisíaca Isla Grande de Hawái, una nueva ley ha encendido un debate encarnizado: la prohibición de alimentar a gatos ferales en propiedades del condado. ¿Protección del ecosistema o condena a animales abandonados? Este choque entre la pasión por los animales domésticos y la necesidad urgente de conservar especies endémicas pone en jaque la ética, la ecología y la cultura hawaiana.

Una población de gatos que no deja de crecer

Se estima que decenas de miles de felis catus vagan libremente por Hawái, descendientes de gatos domésticos abandonados. Uno de los puntos más notorios es la estación de transferencia y reciclaje de Kealakehe, cerca del turístico centro de Kona. Allí, diariamente llegan felinos desde matorrales y debajo de los camiones para recibir alimento de activistas como Liz Swan, quien ha dedicado 33 años de su vida al cuidado de estas colonias.

Pero a partir del 1 de enero, una ordenanza emitida por el condado prohibirá esta práctica en tierras públicas. Los infractores podrán enfrentar multas que van desde los $50 hasta los $500 en caso de reincidencia.

¿Por qué se prohíbe alimentar a los gatos?

La medida surge en un contexto delicado para la ecología hawaiana. La isla está llena de especies únicas que evolucionaron sin mamíferos depredadores, lo que las hace altamente vulnerables ante animales como los gatos. Entre las especies más afectadas se encuentra el nene, un ganso hawaiano en peligro de extinción y ave oficial del estado.

“Los gatos los matan directamente, pero también los ponen en peligro con sustancias como el parásito Toxoplasma gondii, que se encuentra en las heces felinas”, explica Raymond McGuire, biólogo del Departamento de Tierras y Recursos Naturales. Este parásito ha sido vinculado con muertes de monk seals hawaianos y aves nativas, e incluso ha provocado el fallecimiento de un gansito de nene en 2024.

El nene vs. los gatos: una historia real

Un caso que marcó a la comunidad fue el de una pareja de nenes en Hilo. Él murió atropellado cuando cruzaba un camino hacia una estación de alimentación felina. Ella, que había perdido previamente a su cría por toxoplasmosis, se refugia ahora en un parque, según reportes estatales.

Los expertos señalan que el alimento dejado para los gatos también atrae a otros animales, alterando el comportamiento de especies salvajes y acercándolas a zonas pobladas —un riesgo de accidentes fatales.

La polémica desde el activismo felino

Quienes alimentan y protegen a los gatos ferales ven la medida como un ataque injustificado. "No creo que los gatos deban ser exterminados en favor de los nenes", ha dicho Liz Swan. "Ambos son seres vivos". Ella y otras activistas se encargan no solo de alimentar, sino de esterilizar y vacunar para contener el crecimiento exponencial de la población felina.

Debbie Cravatta, otra cuidadora de Kona, critica duramente la medida: “¿Por qué es más valiosa la vida de una especie nativa que la de un gato doméstico que fue abandonado preñado?”.

El enfoque científico: ¿qué dice la biología?

Más allá de la ética, la ciencia está clara. Diversos estudios han demostrado que los gatos son responsables de la extinción de al menos 63 especies animales a nivel mundial. En Hawái, actúan como un “súper depredador” y su impacto ha sido calificado como devastador. Incluso el diario científico Nature ha alertado sobre el daño significativo de los gatos a la biodiversidad insular.

McGuire, quien se define como “amante de los gatos”, cree que la única forma de proteger el futuro es limitando la presencia de estos felinos: “Mis hijos no podrán ver muchas aves que yo vi. Eso me duele. ¿Estamos honrando a nuestros ancestros al permitir que se pierdan para siempre?”.

La cultura hawaiana: entre el respeto a los animales y la protección de la tierra

Kimo Alameda, alcalde del condado de Hawái y descendiente de nativos, reconoció el valor emocional que los gatos tienen para muchas personas. Aunque no firmó la ordenanza, permitió que la ley entrara en vigor al no vetarla, pese a los mensajes de odio que recibió por parte de opositores.

Parte del dilema radica en la cosmovisión hawaiana, donde animales como tiburones, búhos e incluso gatos pueden considerarse ‘aumakua’, espíritus protectores ancestrales. Se trata de un conflicto identitario sobre qué significa proteger la herencia cultural y natural al mismo tiempo.

Una división polarizada con consecuencias imprevistas

Muchos temen que la prohibición lleve a alimentar gatos en secreto, haciendo aún más difícil llevar registros y control de la población. “No los voy a dejar morir de hambre”, afirma Swan, en lo que suena como una promesa de desobediencia civil.

La estrategia del llamado TNR (trap-neuter-return — atrapar, esterilizar y liberar) pierde eficacia si no se mantiene con alimentación y monitoreo, advierten los veterinarios. El corte en la parte superior de la oreja indica que muchos han sido esterilizados, pero sin comida podrían volverse más agresivos con la fauna local.

¿Hay una solución equilibrada?

Algunos expertos proponen crear santuarios cerrados para las colonias felinas, donde puedan ser alimentadas y monitoreadas sin afectar a especies nativas. La otra alternativa es retirar a los gatos completamente del ecosistema salvaje, idea que activistas como Makaʻala Kaʻaumoana apoyan firmemente: “Los gatos deben eliminarse. El alimentarlos perpetúa el problema”.

Sin embargo, esta visión choca con la realidad. Los refugios están saturados, los fondos son limitados y pocas personas están dispuestas a adoptar gatos ferales, que difícilmente pueden domesticarse luego de años salvajes.

Un debate ético que trasciende fronteras

Lo que experimente Hawái puede volverse modelo o advertencia para otros lugares con ecosistemas frágiles. ¿Debe sacrificarse la vida de un animal por otra? ¿Puede sacrificarse el sentir de una comunidad por la salud de un ecosistema?

La historia de estos gatos ferales —e incluso la historia del nene atropellado— no es solo un conflicto ciencia vs. emociones. Es una muestra de cómo la humanidad debe aprender a convivir con sus errores pasados y asumir responsabilidades en un mundo donde la coexistencia se vuelve cada día más compleja.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press