Trump, ciencia y censura: el futuro incierto de la libertad académica en EE.UU.
Recortes, restricciones ideológicas y presión política: así impactan las políticas científicas del expresidente Trump en universidades y centros de investigación
Un nuevo capítulo en la guerra ideológica por el control del conocimiento
Durante su mandato, Donald Trump no solo dejó su huella en temas económicos y migratorios, sino también en un terreno menos visible pero crucial para el desarrollo de cualquier sociedad: la investigación científica. Desde su llegada a la presidencia de EE.UU., Trump lanzó una serie de órdenes ejecutivas y cambios administrativos que han provocado una sacudida profunda en el sistema académico del país.Universidades como la de Pittsburgh, Carnegie Mellon y otras en todo el país han sido golpeadas duramente por el retiro de cientos de subvenciones, despidos, congelamientos de contrataciones y cambios de políticas que limitan el tipo de investigaciones que pueden recibir apoyo federal. El trasfondo, según críticos, es una agenda que busca eliminar conceptos como equidad, inclusión y diversidad del financiamiento público a la ciencia.
Este artículo analiza las consecuencias de estos cambios, cómo afectan el principio de libertad académica y qué opinan los investigadores que intentan resistir desde dentro.
Un ataque sin precedentes a la libertad académica
La libertad académica es la piedra angular del trabajo intelectual y científico. Se trata del derecho de los investigadores a explorar ideas —aunque sean impopulares o políticamente sensibles— sin temor a represalias. Sin embargo, esta ha sido una de las víctimas colaterales del giro político hacia la derecha en Estados Unidos. Según el Science and Community Impacts Mapping Project (SCIMaP), en el condado de Allegheny (donde se encuentra Pittsburgh), los recortes han provocado la pérdida de $24 millones en fondos y al menos 104 puestos de trabajo. Y eso sin contar el impacto indirecto en proyectos científicos cancelados o alterados debido a restricciones temáticas. Uno de los focos más polémicos ha sido el intento por eliminar todo rastro de iniciativas basadas en Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI). Según el expresidente Trump, estos enfoques forman parte de una "captura ideológica de izquierda" del sistema educativo, una narrativa que resuena con sectores conservadores y ultraderechistas en su base electoral.Lenguaje prohibido, ciencia silenciada
Entre las voces críticas que se atreven a hablar está la de Miranda Yaver, profesora de salud pública en la Universidad de Pittsburgh, que investigaba desigualdades en el acceso al seguro médico. Su tema de trabajo —que intersecta con raza, ingresos y estructura social— se volvió inmediatamente "riesgoso" cuando el gobierno federal ordenó erradicar la temática DEI. "No puedo camuflar mi trabajo", admite. Al ver bloqueados sus intentos de obtener subvenciones del National Science Foundation (NSF) o de la Agency for Healthcare Research and Quality, Yaver recurrió a fundaciones privadas, aunque sin éxito. "El año que viene, no tendré apoyo financiero para investigar", lamenta. ¿El resultado? Proyectos útiles para mejorar el sistema de salud se quedan atrapados en su cabeza, sin posibilidad de ser materializados.Rediseñar propuestas censurando el contenido
Otro caso revelador es el del neurobiólogo Michael Gold, también en Pitt. Gold trabajaba en una beca que ayudaba a estudiantes de grupos marginados a asistir a conferencias científicas sobre dolor. La NIH (National Institutes of Health) solicitó modificar la beca para que se ajustara a nuevas prioridades: solo podían financiar proyectos "basados en el mérito" y en teorías científicamente demostrables. El concepto de "racismo sistémico" fue descartado como "mal definido". Gold fue explícito: "No podíamos usar las palabras diversidad, equidad o inclusión". El problema va más allá de la semántica. Según él, negar realidades como el racismo sistémico o las diferencias de identidad de género no solo socava la libertad académica, sino que pone en peligro la investigación que puede salvar vidas.Las modificaciones han afectado al menos a 212 proyectos en la Universidad de Pittsburgh, y se sospecha que la cifra es mayor en todo el país.
De hecho, un análisis de las becas NIH muestra que en Pittsburgh los estudios que contenían palabras clave como "género", "raza", "equidad" o "inclusión" cayeron en un 20% respecto al año anterior. Un patrón que se repite en todo Estados Unidos.
La autocensura: una nueva forma de censura
Uno de los efectos más peligrosos de esta nueva era política es la autocensura. ¿De qué sirve hablar de libertad académica si los académicos deben disfrazar sus propuestas para que sean aceptadas?El exdirector del NIH, Jeremy Berg, hoy profesor en Pitt, alertó sobre esta tendencia. Según él, si los investigadores deben evitar mencionar grupos subrepresentados o desigualdades para que sus propuestas sean evaluadas positivamente, entonces el problema no es solo de forma. Es un mensaje de que hay temas que ya no serán considerados
Y agrega: “Las universidades corren el riesgo de perder la confianza de estudiantes, profesores y personal si no demuestran tener principios firmes que no sean negociables”.
Universidades: ¿cómplices por omisión?
Quizás lo más desesperanzador para muchos ha sido el silencio de las propias universidades. Líderes académicos de Pitt, Carnegie Mellon y otras se han limitado a firmar declaraciones colectivas o iniciar litigios sin tomar posturas firmes. No ha habido condenas abiertas al retroceso federal ni apoyo explícito a los investigadores. “Han adoptado una estrategia de mantener un perfil bajo”, criticó Berg.Este cálculo político busca proteger el flujo de dinero federal, pero genera un costo alto en confianza institucional y en la misión educativa que supuestamente defienden las universidades.
¿Rebeldía silenciosa o resignación estructural?
Pese a las barreras, algunos investigadores siguen adelante. Cambian el lenguaje, camuflan intenciones, rediseñan hipótesis. Pero esto no puede considerarse como una verdadera solución. La ciencia que se hace con miedo o bajo vigilancia administrativa corre el riesgo de abandonar sus valores fundamentales: búsqueda de la verdad, impacto social e independencia.Yaver plantea el dilema claramente: “Decir que no podemos investigar temas que intersectan con la equidad es increíble”. Para ella y para muchos de sus colegas, ese límite marcado por la ideología y el poder político ya fue cruzado.
Consecuencias a largo plazo: una generación atrapada
Las decisiones del Ejecutivo no solo afectan a los actuales investigadores, sino también a generaciones de estudiantes de doctorado, posdoctorados y futuros científicos. Con menos fondos, muchos programas han congelado el ingreso a sus doctorados, se han paralizado contrataciones y miles de ideas han muerto antes de nacer.Esto no solo va a empobrecer el conocimiento disponible, sino que —como advierte Gold— va a crear una brecha generacional en áreas críticas como la salud, neurociencia, psicología social y muchas otras. Una ciencia sin recursos y con miedo es una ciencia estéril.
¿Y ahora qué? Retos y resistencia
La comunidad científica enfrenta ahora uno de los momentos más difíciles de los últimos 50 años. Además de proteger sus investigaciones, debe defender principios básicos amenazados por una narrativa que descalifica la ciencia cuando no se alinea con una ideología dominante.Para muchos académicos de EE.UU., este es su “momento Galileo”: si callan, serán cómplices. Si hablan, arriesgan su futuro profesional. Es una paradoja con la que deben lidiar día a día.
Las universidades, por su parte, deben elegir entre el pragmatismo presupuestario y la integridad intelectual.
La historia nos ha mostrado cómo el control estatal sobre el conocimiento termina minando a las sociedades. Lo vimos con la Lysenkoísmo en la URSS, donde se prohibieron teorías genéticas modernas por ser contrarias a la ideología dominante. O con el macartismo estadounidense en los años 50, donde intelectuales fueron purgados por supuesta simpatía comunista.
¿Estamos viviendo un nuevo capítulo de ese libro? Todo sugiere que sí.
Un llamado necesario
Frente a este escenario, investigadores, estudiantes, periodistas y ciudadanos deben exigir rendición de cuentas, defender la verdad basada en datos y respaldar a aquellos que dedican su vida a mejorar nuestras sociedades desde el conocimiento.Como alguna vez dijo Carl Sagan: “El conocimiento es preferible a la ignorancia. Mejor saber, aunque el saber duela”.
Ahora mismo, el conocimiento duele. Pero vale la pena defenderlo.
Este artículo fue redactado con información de Associated Press
