Trump, Netanyahu y la paz en Gaza: ¿misión de diplomacia o teatro político?
Una mirada crítica al ambicioso plan de Trump en Medio Oriente, mientras aumentan las tensiones, se recortan fondos humanitarios y Gaza sigue desangrándose
Una reunión cargada de simbolismo y tensiones
La reciente reunión entre el expresidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en Mar-a-Lago no fue solo una visita diplomática al uso. Se trató más bien de un esfuerzo por acelerar una paz compleja y a menudo esquiva en una región ensombrecida por guerras, desplazamientos y desconfianza. En medio de un clima global marcado por crisis humanitarias y recortes financieros a programas internacionales, el acuerdo propuesto por Trump para una segunda fase del cese al fuego en Gaza busca pasar de promesa a realidad, aunque no sin resistencias ni contradicciones.
Gaza: el epicentro de una tragedia prolongada
Desde el ataque inicial de Hamas a Israel hace dos años —evento que dejó 1.200 muertos y más de 250 rehenes—, la situación en la Franja de Gaza se ha deteriorado a niveles alarmantes. Las ofensivas israelíes han devastado amplias zonas urbanas, mientras más de 2 millones de palestinos viven en condiciones extremas, según datos de la ONU. Las esperanzas puestas en una primera fase de cese al fuego en octubre de 2025 solo mitigaron parcialmente una situación de caos humanitario.
La segunda fase, mucho más compleja, contempla una reconstrucción de Gaza bajo un gobierno tecnocrático palestino y el acompañamiento de una Fuerza Internacional de Estabilización, así como la normalización de relaciones entre Israel y diversos países árabes.
El "Board of Peace": ¿una solución viable o cortina de humo?
El plan de Trump incluye la creación de una entidad internacional llamada Board of Peace, liderada por él mismo, que supervisaría la reconstrucción de Gaza bajo un mandato renovable de dos años por parte de Naciones Unidas. Esta idea ha sido recibida con escepticismo, especialmente por países árabes y gobiernos europeos que consideran que el enfoque estadounidense no es imparcial.
Según Mona Yacoubian, directora del programa de Oriente Medio en el Center for Strategic and International Studies (CSIS), "es difícil imaginar que Netanyahu acepte todas las cláusulas, muchas de las cuales ha rechazado en público. La presión que Trump pueda ejercer será clave para ver avances reales".
Divergencias profundas dentro y fuera del plan
Uno de los principales obstáculos señalados por diplomáticos es la división en torno al papel exacto de la Fuerza Internacional. Mientras EE.UU. e Israel desean que esta tenga un rol dominante en seguridad, incluyendo el desarme de Hamas, otros países temen que dicho enfoque convierta a la fuerza en una entidad de ocupación. Esta reticencia podría dificultar la participación de soldados provenientes de países árabes o incluso de la Unión Europea.
En paralelo, Hamas ha indicado disposición a “almacenar” sus armas si se garantiza una solución estructural y justa, pero rechaza el desarme total mientras continúe la ocupación israelí. Una propuesta estadounidense aún en discusión plantea incentivos económicos —una suerte de programa de recompra de armas— como mecanismo para lograr una entrega gradual del armamento.
Las cifras del desastre humanitario
Desde el comienzo de la ofensiva israelí, al menos 30.000 personas han muerto en Gaza, y hay más de 1 millón de desplazados, muchos viviendo en campamentos improvisados, según la ONU. Las lluvias invernales han agravado la situación, provocando inundaciones y enfermedades. A eso se suma la dificultad logística de reconstruir zonas destruidas, con un bloqueo económico que impide incluso la entrada de materiales básicos.
Egipto, Qatar, Turquía y Arabia Saudita han presionado para que la reconstrucción comience solo después de un desarme tangible de Hamas y de una retirada adicional israelí. Sin embargo, EE.UU. quiere avanzar más rápido, incluso con asentamientos temporales financiados por los Emiratos Árabes Unidos.
La apuesta de Washington: consolidar el control del financiamiento humanitario
En paralelo, la administración Trump ha prometido 2.000 millones de dólares para asistencia humanitaria bajo un nuevo acuerdo con la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) de la ONU. Aunque esta cifra parece considerable, representa apenas una fracción de los hasta 17.000 millones que EE.UU. ha llegado a destinar anualmente en ayuda humanitaria en el pasado, según cifras de Naciones Unidas.
La clave de este nuevo enfoque es centralizar el poder de decisión en la oficina de Tom Fletcher, exdiplomático británico que ahora lidera la OCHA. Como lo expresó un funcionario del Departamento de Estado: “Ahora el grifo estará controlado desde un solo punto”.
Esta consolidación busca evitar lo que Washington considera una "creciente burocratización e ideologización" de agencias como ACNUR, la OIM o el Programa Mundial de Alimentos, todas afectadas por recortes presupuestarios.
Críticas internas y externas al enfoque estadounidense
Varios observadores y organizaciones humanitarias ven en este proceso una peligrosa politización de la ayuda. “Reducir el financiamiento en un mundo donde el hambre y los desplazamientos están aumentando no solo es insensato, es inhumano”, declaró un portavoz de Médicos Sin Fronteras. La organización asegura que en lugares como Sudán y Gaza ya se registran escenarios compatibles con hambrunas.
Mientras tanto, Trump insiste en que su plan no busca recortar la generosidad estadounidense, sino hacer más eficiente el sistema. “Seguimos siendo la nación humanitaria más generosa del mundo”, dijo en conferencia de prensa en Ginebra. Pero muchos diplomáticos no comparten su optimismo.
Nuevas tensiones, viejas heridas
El plan de Trump, aunque ambicioso, revive una serie de conflictos históricos no resueltos: el estatuto de Jerusalén, los derechos de retorno de los refugiados palestinos y la controvertida colonización israelí de Cisjordania. Todas estas cuestiones, ausentes en su propuesta “tecnocrática”, son cruciales para una resolución sostenible del conflicto.
Algunos críticos señalan que hay un afán electoral en el protagonismo de Trump dentro del proceso, incluso si eso significa minar el rol de mediadores tradicionales como Noruega o Naciones Unidas. Como expresó un diplomático árabe que pidió no ser identificado: “Gaza no puede convertirse en el trampolín electoral de ningún líder occidental”.
¿Disfraz de paz o inicio de un cambio real?
El tiempo dirá si el proyecto impulsado por Donald Trump representa un verdadero intento por cambiar el paradigma en Medio Oriente o si es apenas otra pieza retórica dentro de un complejo tablero geopolítico.
Lo que está en juego no es solo la reconstrucción de Gaza, sino el futuro de millones de personas atrapadas entre fuegos cruzados, promesas de paz e intereses en disputa. La comunidad internacional debe acompañar con realismo, pero también con urgencia, un proceso que no puede seguir esperando mientras los escombros siguen creciendo sobre las esperanzas de paz.
En palabras de Mona Yacoubian: "La oportunidad de avanzar existe, pero si se abordan los problemas con soluciones simplistas, es probable que vuelvan a repetirse los errores del pasado".
