China, música uigur y represión encubierta: cuando una canción puede llevarte a prisión
El caso de 'Besh pede' y el silenciamiento de la identidad cultural en Xinjiang bajo el régimen chino
Una canción, un delito
En cualquier otra parte del mundo, "Besh pede" podría sonar en una boda o en una reunión familiar sin mayor relevancia. Pero dentro de la región autónoma de Xinjiang, China, interpretar esta balada uigur puede significar el inicio de un juicio, o incluso, años de prisión.
Este fenómeno es parte de una campaña sistemática de represión cultural, llevada a cabo principalmente contra los uigures, un grupo étnico túrquico mayoritariamente musulmán que habita el oeste de China. Según un informe de la ONU de 2022, Beijing podría estar cometiendo crímenes de lesa humanidad en Xinjiang, valiéndose de internamientos masivos, trabajo forzado e incluso esterilizaciones forzadas.
La música como resistencia y amenaza
La canción "Besh pede" es apenas una entre decenas de piezas musicales en idioma uigur que fueron calificadas por las autoridades chinas como “problemáticas”. Este hecho proviene de una grabación filtrada de una reunión celebrada por la policía en octubre de 2025, en la ciudad histórica de Kashgar, obtenida por la organización noruega Uyghur Hjelp.
Durante esa reunión, las autoridades difundieron una lista de siete categorías de canciones prohibidas, incluyendo desde himnos nacionalistas hasta melodías tradicionales que mencionan a Dios en contextos amorosos o espirituales, lo cual es suficiente para alegar "contenido religioso extremista".
Lo irónico es que muchas de esas canciones, como "Forefathers" de Abdurehim Heyit, alguna vez fueron incluso difundidas por canales de televisión pública en China. Hoy, escuchar esas mismas canciones puede resultar en detenciones, largas penas carcelarias o acoso persistente por las autoridades.
Un relato de persecución cultural
El caso más emblemático reciente es el del productor musical Yashar Xiaohelaiti, condenado a tres años de prisión en 2023 por subir a la nube 42 canciones catalogadas como "sensibles". A esto se sumó la descarga de ocho e-books en idioma uigur. Para las autoridades, esto fue suficiente para imputarle por "promoción del extremismo".
Pero el caso de Yashar no es el único. Según entrevistas realizadas por diversos medios internacionales, conocedores de la situación hablan de personas detenidas solo por compartir canciones uigures por WeChat, o incluso por almacenarlas en un dispositivo móvil. Dos adolescentes fueron arrestados por exactamente eso: intercambiaron una canción vía mensaje privado.
¿Qué convierte una canción en un riesgo político?
De acuerdo con la descripción oficial utilizada por las autoridades en la reunión en Kashgar, las canciones prohibidas podían clasificarse en siete tipos:
- Canciones con referencias religiosas
- Canciones que tergiversan la historia uigur
- Canciones que incitan al extremismo
- Canciones que critican al Partido Comunista
- Canciones con lenguaje considerado obsceno o deshonesto
- Canciones nacionalistas o marcadamente identitarias
- Canciones producidas por músicos encarcelados
Es decir, prácticamente cualquier canción que haga referencia a la identidad uigur es susceptible de ser etiquetada como subversiva.
El rol del Partido Comunista y el lenguaje como arma
La batalla no es solo musical, sino también lingüística. Durante la misma reunión, las autoridades en Kashgar pidieron reemplazar expresiones como "As-salamu alaykum" (Saludo islámico: “la paz sea contigo”) por frases que hagan alusión directa al partido: “Que el Partido Comunista te proteja”.
Este tipo de medidas recalcan lo que muchos académicos con experiencia en asuntos chinos han señalado durante años: para el Partido Comunista cualquier forma de organización comunitaria religiosa o cultural es percibida como una amenaza potencial a su hegemonía.
De las canciones a los campamentos de reeducación
Los analistas coinciden en que esto no es un cambio reciente. Entre 2017 y 2019, se documentó el internamiento masivo de más de 1 millón de personas en centros de reeducación en Xinjiang. Según el académico Rian Thum, especializado en historia de Asia Oriental en la Universidad de Manchester, aunque muchos campamentos visibles han sido cerrados, la represión continúa de manera menos evidente pero igualmente efectiva.
Esto incluye medidas como la expansión de internados donde los jóvenes uigures crecen alejados de sus familias y en un entorno de eliminación sistemática del idioma nativo. El objetivo es claro: una sinización forzada, disfrazada de política antiterrorista.
El precio de la cultura
Detrás de esta represión, hay nombres que resuenan con fuerza en la diáspora uigur. Artistas como Rahima Mahmut, ahora activista y cantante en Londres, han expresado que “la música es el alma de nuestro pueblo… quitarla es aniquilar nuestro ser”.
Y no son solo palabras. Canciones que evocan sentimientos religiosos, románticos o de pertenencia están siendo categorizadas como "peligrosas" simplemente por alimentarse de una tradición distinta al discurso oficial. Tal como señala Elise Anderson, del New Lines Institute, “el simple hecho de estar asociadas a un músico procesado basta para que una canción sea considerada peligrosa”.
Así ocurre con “Yanarim Yoq”, inspirada en un poema de Abduqadir Jalalidin, poeta encarcelado. La canción ganó popularidad por su fuerte contenido emocional, pero ha sido vilificada en China continental.
¿Qué pretende Beijing?
Para el gobierno chino, esta política forma parte de una “guerra contra el extremismo”. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, sus medidas son necesarias para “eliminar el caldo de cultivo del terrorismo” y garantizar el desarrollo estable de Xinjiang.
Después del 11-S, China usó la narrativa internacional antiterrorismo para justificar su fortalecimiento de políticas de control y vigilancia en regiones como Xinjiang. Así, acciones como rezar, ayunar o conservar libros religiosos pasaron a ser vistos como signos de radicalización.
El uso de la música como vehículo de opresión revela también la profundidad de esa ecuación: identidad étnica = radicalismo. Y, en este contexto, cada verso puede ser interpretado como una declaración política.
¿Resistencia o silencio forzado?
Desde el punto de vista del régimen, la cultura uigur no puede expresarse si no pasa antes por los filtros del Partido. Ante la presión internacional, Beijing afirma haber cerrado los campamentos y reducido las políticas más coercitivas, pero hechos como la creación de listas negras de canciones y las condenas judiciales por almacenar contenido musical desmienten ese relato.
La situación actual en Xinjiang es, como advierte el propio Thum, un escenario donde “la normalización del control a largo plazo está en plena marcha”. Calles más tranquilas no equivalen a territorios más libres.
¿Cómo se resiste un pueblo cuando su cultura es criminalizada?
En la diáspora, artistas uigures siguen componiendo, grabando, publicando y difundiendo esas canciones prohibidas. “Nos arrebataron las mezquitas y pusieron cámaras. Nos arrebataron las escuelas y dejaron a nuestros hijos sin lengua materna. Pero aún nos queda la música”, afirmaba recientemente una cantante uigur radicada en Turquía.
Ese acto de crear, cantar o compartir una canción que refleje la historia, la fe o las emociones de un pueblo se ha convertido en un acto de resistencia. Lo que para muchos sería tan solo una expresión artística, en Xinjiang se ha convertido en un delito político. Y lo que el Partido llama orden, otros lo llaman desaparición cultural.
Silenciar una canción es callar una memoria colectiva. Y cuando eso ocurre, quienes se atreven a apretar “reproducir” están defendiendo más que música: están defendiendo su derecho a existir.
