Regeneración agrícola en Hawái: cómo el cacao y las prácticas indígenas están salvando el suelo y el mar

Granjeros hawaianos unen tradición y ciencia moderna para restaurar el ecosistema desde la raíz del problema: conservar la tierra para proteger el océano

Un problema enterrado bajo nuestros pies

En las laderas nororientales de la cordillera Waianae, en Oahu, Hawai, una nueva generación de agricultores está cultivando más que cacao: están alimentando la esperanza de un futuro resiliente para las islas. En un terreno donde el viento feroz y la escasa lluvia solían limitar la agricultura, Max Breen de Kamananui Cacao Farm ha establecido un plan que combina prácticas indígenas, innovación agrícola moderna y una filosofía de respeto por la tierra y el mar.

Los desafíos que enfrentan estos agricultores son numerosos: clima extremo, erosión del suelo, pérdida de nutrientes esenciales y contaminación del océano. Pero lo que los diferencia de generaciones anteriores es su enfoque regenerativo. Esta práctica agrícola no sólo busca producir alimentos, sino restaurar el equilibrio del ecosistema desde el suelo hasta el mar.

¿Qué es la agricultura regenerativa?

La agricultura regenerativa va más allá de la sostenibilidad. Su objetivo no es mantener el estado actual, sino mejorarlo activamente. Se trata de reconstruir suelos, regenerar ecosistemas hídricos, fomentar la biodiversidad local y aumentar la resiliencia del medio ambiente ante el cambio climático.

Sus técnicas incluyen:

  • Rotación de cultivos.
  • Uso de cultivos de cobertura como frijoles terciopelo que nitrifican el suelo.
  • Manejo de la escorrentía mediante zanjas vegetadas llamadas bioswales.
  • Evitar el uso de productos químicos sintéticos y fertilizantes industriales.
  • Sembrar especies nativas que actúan como cortavientos y fijadores del suelo.

En lugares como la granja Kamananui, estas prácticas no sólo evitan la pérdida de suelo que tarda millones de años en formarse, sino que también previenen el traslado de sedimentos y químicos hacia el océano. Esta relación entre la tierra y el mar está profundamente enraizada en la cosmovisión indígena hawaiana.

Del ahupuaa al cacao gourmet

Ahupuaa es un antiguo sistema indígena de división territorial que gestiona tierra y agua de forma integral, desde la montaña hasta el mar. Esta visión aún inspira a agricultores modernos como Breen, quien ha sembrado sus 1,600 cacaoteros bajo esta lógica. Están protegidos por matas de vegetación nativa como gandules, iliee y alii, que amortiguan el azote del viento y conservan la humedad del suelo.

El resultado es un cacao galardonado a nivel mundial. En 2022, Kamananui fue nombrada una de las 50 mejores fincas de cacao del planeta. Su éxito también se refleja en el turismo: hasta el 30% de sus ingresos provienen de vender experiencias educativas a visitantes. Allí, los turistas no solo prueban chocolate, sino que aprenden sobre los desafíos ambientales y los legados culturales que intentan salvarse.

Bananas y frijoles para una tierra viva

Un poco más abajo, cerca de la playa de Kaiaka Bay, el agricultor Gabriel Sachter-Smith cuida unas 150 variedades de bananos con una delicadeza que revela su compromiso con el futuro de la tierra. Alterna sus siembras con frijoles terciopelo para fijar nitrógeno y mejorar la estructura del suelo.

“Es costoso y toma tiempo”, afirma Sachter-Smith, “pero es una responsabilidad con la comunidad y con mi granja”. Sus prácticas forman parte de un esfuerzo colectivo liderado por Agriculture Stewardship Hawaii, una organización que desde 2020 ha ayudado a prevenir el ingreso de más de 300 toneladas de sedimentos, 333 kg de nitrógeno y 148 kg de fósforo al cauce de los ríos y océanos.

El impacto invisible de conservar el suelo

La costa de Kaiaka Bay es testigo de los efectos dañinos de prácticas agrícolas extractivas del pasado. Hoy, sus aguas se tornan marrones tras cada tormenta, sofocando la vida marina. Un estudio concluyó que esta bahía tiene aproximadamente un tercio del número de peces que otros puntos de pesca en Oahu.

La responsable: la escorrentía que arrastra suelo, sedimentos y contaminantes. “Donde cae la lluvia, lleva consigo todo lo que toca hasta el mar”, dice Tova Callender, de la División de Recursos Acuáticos del estado. Callender destaca el valor de las prácticas como los bioswales, que ralentizan el flujo del agua, la filtran y permiten que regrese limpia al océano.

Los estanques de Na Mea Kupono: un vestigio agrícola ancestral

En Na Mea Kupono, un terreno junto al arroyo Kaukonahua, 14 estanques aguardan la corriente. Algunos cultivan taro, otros tilapia, y algunos están en descanso; pero todos forman parte de un sistema ancestral que, aún con parámetros modernos, controla flujo de agua y mejora su calidad.

Sus cuidadores, Steve Bolosan y Kaimi Garrido, entienden su labor como kuleana, o deber sagrado. Se enfrentan a nuevas construcciones que alteran drásticamente el suelo y el curso natural del agua. Sin embargo, han buscado financiamiento para sembrar especies nativas como mili y kukui que actúan como cortavientos naturales y retenedores del suelo.

“Es vital que estemos libres de químicos”, dice Garrido. “Ni herbicidas ni fertilizantes sintéticos tocan esta tierra”.

Un sueño colectivo: limpiar el agua desde la montaña

Los datos recopilados por modelos desarrollados en Minnesota y aplicados por Agriculture Stewardship Hawaii revelan que cada finca puede reducir hasta 90 toneladas de sedimentos al año, 95 kg de nitrógeno y 41 kg de fósforo. Aunque las cifras son prometedoras, Sophie Moser, gestora de cuencas, enfatiza que el verdadero cambio sucederá solo si hay una adopción masiva de estas prácticas.

“Mi sueño es que todos los propietarios agrícolas dentro de una cuenca practiquen métodos tradicionales o regenerativos. Que el agua que sale de su propiedad sea más limpia que la que entró”, dice Moser. “Ese sería el verdadero cambio de paradigma”.

Perspectivas climáticas nada alentadoras

Los retos no faltan. Las proyecciones climáticas para la cuenca Kamananui indican una reducción del 16% al 20% en la lluvia entre 2040 y 2070, junto con un aumento de hasta 3.1°C en la temperatura promedio. Esto implica suelos más secos, lluvias más torrenciales y más erosión.

“Uno o dos grados más harán una diferencia significativa en la producción de alimentos y la vida ecológica”, explica el climatólogo Ryan Longman.

La economía de la regeneración

Muchos agricultores enfatizan que la sostenibilidad ecológica debe ir de la mano con la viabilidad económica. Implementar prácticas nuevas cuesta dinero: desde sembrar nuevos cultivos hasta usar mulching o reservar espacio para zanjas vegetadas.

Grupos como Agriculture Stewardship Hawaii otorgan subvenciones entre $6,000 y $47,000, pero la burocracia puede frenar el impulso. Sachter-Smith, por ejemplo, retrasó su siembra de bananos más de un año debido a los requerimientos del programa federal de conservación que luego fue cancelado por la administración de Donald Trump.

“El dinero puede ser poco, pero para nosotros esos cacahuates valen oro”, lamenta.

¿Y si todo esto falla?

Sin suelo fértil, no hay agricultura. Sin agricultura regenerativa, seguirán fluyendo más contaminantes al mar. Y sin arrecifes —que ya valen $33,570 millones según la NOAA— Hawái perderá no solo un activo económico sino una esencia biológica y cultural.

Pero los agricultores hawaianos tienen claro que su misión va más allá de un negocio. Como dice Max Breen mientras observa cómo fluye el agua tras una tormenta: “La tierra nos enseña mientras la habitamos. Solo tenemos que escuchar”.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press