Los prisioneros olvidados de Nagasaki: entre la bomba atómica y la esclavitud en Japón

A 80 años de la tragedia nuclear en Japón, crecen los esfuerzos por visibilizar a los prisioneros de guerra aliados que sufrieron el horror de los campos japoneses

  •  EnPelotas.com
    EnPelotas.com   |  

Un legado sepultado entre ruinas y sombras

Cuando el 9 de agosto de 1945 el bombardero estadounidense B-29 lanzó la bomba atómica “Fat Man” sobre Nagasaki, el mundo cambió para siempre. Los estragos humanos fueron inmensos: más de 74.000 personas fallecieron en esa ciudad, entre ellas civiles japoneses, trabajadores forzados coreanos y, lo que pocos saben, prisioneros de guerra aliados, retenidos en condiciones brutales en campos de concentración cerca del epicentro de la explosión.

El relato oficial y mediático de los bombardeos atómicos ha tendido a enfocarse en las consecuencias para la población japonesa y el final trágico de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, detrás del hongo nuclear emergen historias aún más invisibles: las de miles de soldados aliados capturados por el Imperio Japonés y forzados a trabajar como esclavos en su maquinaria bélica.

Campos de trabajo en el infierno

Según el POW Research Network Japan, aproximadamente 150.000 prisioneros de guerra aliados –en su mayoría soldados de los Países Bajos, Australia, Reino Unido y Estados Unidos– fueron capturados principalmente en territorios ocupados como Indonesia y Filipinas, y enviados a más de 130 campos de detención dispersos por Japón y otros territorios asiáticos.

Uno de los complejos más infames fue el Campo Fukuoka No. 2, ubicado a unos 10 kilómetros del epicentro de la explosión atómica sobre Nagasaki y que albergaba a cerca de 1,500 prisioneros. Muchos fueron transportados en buques conocidos como “hell ships” (“barcos del infierno”), donde las condiciones eran tan extremas que miles murieron en el trayecto asfixiados, deshidratados o víctimas de ataques submarinos estadounidenses.

En los campos, los prisioneros eran obligados a trabajar en astilleros, fábricas de municiones o minas, sin nutrición suficiente ni atención médica, bajo vigilancia constante de la Kenpeitai (la temida policía militar japonesa). Se calcula que, solo en los campos de Japón, más de 36.000 prisioneros sufrieron trabajos forzosos hasta el final de la guerra.

La bomba que lo cambió todo, pero no para todos

El impacto de la bomba sobre Nagasaki arrasó con la ciudad, pero también conmocionó los campos circundantes. El día 9 de agosto de 1945, el prisionero británico Tom Humphrey dejó escrito en su diario, citado por la Royal Air Force:

“Una bola de fuego naranja brillante se alzó como un sol artificial, seguida de humo púrpura y una nube de hongo de varias capas. Las ventanas volaron, las puertas fueron arrancadas y el techo de la clínica se derrumbó”.

En el campamento No. 14, más cercano al epicentro, ocho prisioneros murieron en el acto y varios resultaron gravemente heridos. En contraste, en el Campo No. 2 no hubo muertos directos por la explosión, pero más de 70 habían perecido antes a causa del hambre, el trabajo extenuante y las enfermedades.

Testimonios que emergen con el tiempo

Años después, familiares de víctimas y sobrevivientes comenzaron a recuperar las memorias. Andre Schram, hijo del marinero Johan Willem Schram, uno de los prisioneros del Campo No. 2, dedicó gran parte de su vida a recopilar los testimonios de su padre, quien apenas compartía su experiencia. En un folleto titulado “La historia de Johan”, Schram dejó constancia de los horrores que vivió en los astilleros Kawanami, donde fue tratado como esclavo durante tres años.

“Él sentía que tanto Japón como los Países Bajos lo habían traicionado —no solo como militar, sino también como ser humano—. Murió sin querer saber nada más de Japón”, escribió su hijo.

Otro caso es el de Peter Klok, cuyo padre Leendert, también prisionero, relató momentos de humanidad entre tanto horror. Según contó su hijo, trabajadores civiles japoneses en el astillero lo ayudaron a encontrar partes para reparar su reloj. Pero cuando se enteraron las autoridades militares, lo castigaron con una feroz golpiza.

“Las bombas atómicas fueron horribles”, expresó Peter, “pero Japón también debe confrontar sus propios crímenes de guerra”.

Lo que no se enseña en los libros de historia

La historiografía japonesa ha abordado marginalmente el tema de los prisioneros de guerra aliados. Para Taeko Sasamoto, cofundadora del POW Research Network Japan, este desconocimiento responde tanto a una decisión política como al desinterés académico:

“Este tema siempre fue barrido bajo la alfombra. Requiere tiempo, dedicación y examinar documentos históricos olvidados. Pero es un vacío que debe llenarse”.

Japón ha ofrecido disculpas por su papel en la guerra a través de declaraciones oficiales y reuniones diplomáticas, pero la percepción entre muchas víctimas y familiares es que esas disculpas carecen de sinceridad.

De los 36.000 prisioneros llevados a Japón, se estima que al menos 11 sobrevivientes (siete neerlandeses, tres australianos y un británico) lograron obtener el certificado oficial de víctima del bombardeo atómico, que brinda acceso a atención médica y compensaciones. Sin embargo, la cifra es irrisoria comparada con el número real de afectados.

Reconciliación en tierra de cicatrices

En septiembre de 2025, con motivo del 80º aniversario del bombardeo, se celebró en Nagasaki una conmovedora ceremonia en el monumento de granito dedicado a las víctimas del Campo No. 14. Allí se dieron cita hijos y nietos de prisioneros neerlandeses junto a descendientes de sobrevivientes japoneses de la bomba.

El evento fue impulsado por Kazuhiro Ihara, hijo de un sobreviviente japonés que consagró su vida a promover la reconciliación binacional. En palabras de Ihara:

“Ambos lados cargan con una memoria dolorosa. Solo podremos avanzar cuando escuchemos todas las voces, también aquellas que han sido silenciadas por décadas”.

Un ejemplo de este puente humano es el de Shigeaki Mori, historiador japonés que, tras décadas de investigación, documentó rigurosamente la muerte de 12 prisioneros estadounidenses en Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Su esfuerzo fue públicamente reconocido por el presidente estadounidense Barack Obama durante su histórica visita a Hiroshima en 2016. Obama lo abrazó y destacó:

“Mori buscó durante décadas a las familias de esos soldados. Su pérdida fue tan dolorosa para él como la suya propia”.

Historia, memoria y justicia

La historia de los prisioneros de guerra en Japón abre interrogantes complejos: ¿qué significa justicia histórica? ¿Cómo equilibrar el reconocimiento de las víctimas sin minimizar las atrocidades cometidas por los actores involucrados?

Más allá de los debates sobre legalidad internacional o si las bombas atómicas eran militarmente necesarias, lo que queda hoy es la urgencia de recordar y reparar. Las vidas de Johan Schram, Leendert Klok, Rene Schafer, Peter McGrath-Kerr y miles más no pueden caer en el olvido. Eran soldados, sí, pero también fueron prisioneros arrojados al fuego cruzado de dos imperios en guerra.

Recuperar sus historias es un acto de justicia. Pero también una lección de humanidad para las generaciones que heredaron un mundo que surgió, literalmente, de entre las cenizas.

Para más información sobre el tema, puede consultarse el trabajo del POW Research Network Japan (en inglés).

Este artículo fue redactado con información de Associated Press