La lucha por el carbón en EE.UU.: ¿rescate energético o retroceso ambiental?
Una mirada crítica a la orden de la administración Trump de mantener operativa una planta de carbón en Colorado en contra de planes de cierre y en medio del auge de las energías renovables
Una planta envejecida que se resiste a morir
La Craig Station, una planta de energía a carbón ubicada en el norte de Colorado, se ha convertido en el epicentro de una controversia que va mucho más allá del estado. Con más de 45 años de funcionamiento a cuestas, el plan original era cerrar su Unidad 1 definitivamente a finales de 2025, como parte de los compromisos de sus propietarios —entre ellos Tri-State Generation and Transmission Association— para adaptarse a las nuevas exigencias medioambientales y de costos.
Sin embargo, y de forma sorpresiva, la administración del expresidente Donald Trump emitió una orden de emergencia a través del entonces Secretario de Energía, Chris Wright, para que la unidad continúe operando incluso después de su cierre técnico programado para diciembre de 2025. Esta decisión fue tomada supuestamente para evitar una crisis energética en el noroeste de EE.UU.
Un salvavidas político en la era del ocaso del carbón
Esta maniobra no es aislada. En sus últimos años de mandato, Trump ordenó por lo menos tres medidas similares en Indiana, Washington y Michigan, todas con el objetivo declarado de mantener abiertas plantas de carbón en medio de un entorno económico y político cada vez menos favorable a este combustible. Se trató de una clara apuesta por revitalizar la industria del carbón, cueste lo que cueste.
Pero, ¿qué tan viable es mantener con respirador artificial a una industria que está siendo desplazada rápidamente?
El declive de una industria histórica
Durante gran parte del siglo XX, el carbón fue el motor energético de Estados Unidos. En 2008, el 48% de la electricidad del país provenía del carbón. Pero para 2023, esa cifra había bajado a menos del 20%, impulsada por el auge de las energías renovables y el gas natural, mucho más barato y menos contaminante.
A lo largo de la última década, el número de plantas de carbón en operación se ha reducido en más de la mitad, pasando de 580 en 2010 a cerca de 200 actualmente, de acuerdo con datos de la Administración de Información de Energía de Estados Unidos (EIA).
Un costo que pagarán los más vulnerables
Según el CEO de Tri-State, Duane Highley, el costo de seguir operando la unidad recae directamente en los miembros de la cooperativa, es decir, en los consumidores. “Nuestra membresía tendrá que asumir los costos del cumplimiento de esta orden... a menos que encontremos alguna forma de compartir los costos con los usuarios de la región”, advirtió en un comunicado.
Esto incluye la reparación de una válvula que dejó fuera de operación la Unidad 1 el pasado 19 de diciembre. Sin fecha ni presupuesto definidos, muchos temen que esto derive en mayores tarifas eléctricas en un momento de inflación y altos costos de vida.
Políticos locales en pie de guerra
El senador demócrata por Colorado, Michael Bennet, fue una de varias voces que rechazaron de forma enérgica la intervención federal: “Es inaceptable cargar a los usuarios con estos costos innecesarios”, sentenció.
Las autoridades del estado han señalado desde hace años que Colorado transita hacia un modelo energético más limpio, con inversiones en parques eólicos, solares y un programa que busca que el 100% de su red eléctrica provenga de fuentes limpias para 2040.
Una ciudad atrapada entre el carbón y el futuro
Para los habitantes de Craig, un pequeño municipio de 9.000 habitantes, la planta ha sido por décadas una fuente confiable de empleo. Pero ahora, muchos como el trabajador Wade Gerber han comenzado a visualizar una salida alternativa.
Gerber, que trabaja en la planta, abrió una destilería propia y sueña con expandir su negocio para 2026. “Esto no garantiza que el carbón tenga futuro. Si el negocio va bien, entregaré mi aviso de dos semanas sin dudarlo”, dijo.
Y es que la realidad local está cambiando rápidamente. La mina Trapper Mine, que provee el carbón a la planta, también ha anunciado planes para cerrar. Una cadena inevitable que impacta gradualmente el eje económico de la región.
Una política federal sin brújula clara
Las recientes órdenes ejecutivas para mantener operativas infraestructuras contaminantes contrastan radicalmente con las propuestas de varios estados y del sector privado que han apostado por transformaciones energéticas aceleradas. Mientras tanto, la administración Trump bloqueó en varias ocasiones incentivos y permisos para el desarrollo de energía eólica y fotovoltaica.
Resulta paradójico que ante un argumento supuestamente económico, como la autosuficiencia energética y los bajos costos, el propio gobierno federal imponga medidas que encarecen la operación y mantenimiento de plantas en declive.
¿Revivir o solo extender la agonía?
Pese a las órdenes políticas de corto plazo, los datos no mienten: el uso del carbón como fuente energética es una curva descendente. Según el World Energy Outlook 2023 de la Agencia Internacional de Energía (IEA), las inversiones globales en carbón energético han caído de $180 mil millones anuales en 2013 a menos de $80 mil millones en 2022, un reflejo del cambio de paradigma.
En EE.UU., más del 70% de las nuevas centrales eléctricas construidas en los últimos tres años son de fuentes renovables o gas natural. Mientras tanto, las emisiones del sector eléctrico cayeron un 40% desde 2005, gracias sobre todo al abandono del carbón.
Colorado: símbolo de resistencia y transición
Colorado ha emergido como un laboratorio de políticas energéticas modernas. Desde 2019, adoptó un modelo agresivo en la reducción de emisiones con la meta de alcanzar un 50% de reducción para 2030 respecto a niveles de 2005.
Empresas como Xcel Energy han comprometido su sistema eléctrico estatal a operar 100% con energías limpias para 2050, mientras que municipios como Boulder ya exigen certificaciones energéticas avanzadas para nuevas construcciones.
¿Qué sigue para Craig?
La ciudad, aunque por ahora mantiene uno de sus pilares económicos activos, también se enfrenta al dilema de diversificar su economía. Aparecen iniciativas turísticas, agroecológicas y manufactureras, pero aún son incipientes.
Programas estatales de reconversión laboral y fondos de inversión para regiones dependientes del carbón marcarán una diferencia clave. Sin embargo, como señala Gerber, la pregunta sigue vigente: “¿Qué podrá hacer la próxima administración? ¿Cambiará todo de nuevo?”
Estas decisiones de ir contra el rumbo del mercado y de las políticas energéticas modernas, influidas por nostalgias industriales y presiones políticas, no ofrecen soluciones estructurales. Representan solo la prolongación artificial de un modelo que, en lo económico, ambiental y tecnológico, vive sus últimos capítulos.
Estados Unidos ante una encrucijada energética
Con esta orden, la administración Trump no solo resiste el cambio, sino que pone en riesgo el avance hacia una red energética más limpia, moderna y sostenible. La energía que sostuvo al siglo XX no será la misma que impulse nuestro siglo XXI.
