Delcy Rodríguez: la operadora implacable que conquistó Washington y ahora domina Caracas
De enemiga del imperialismo a socia estratégica: cómo la vicepresidenta venezolana se ganó la confianza de Trump y ascendió al poder en medio del caos político
Delcy Eloína Rodríguez, una figura que durante años fue emblema del discurso antiestadounidense del chavismo, se ha convertido inesperadamente en el rostro más pragmático del régimen venezolano ante el poder en Washington. Su historia —una mezcla de tragedia personal, ambición sin freno y una impresionante capacidad de supervivencia política— nos ofrece un retrato demoledor y fascinante sobre cómo, en América Latina, el poder no siempre cae, sino que se reinventa.
Un origen marcado por la tragedia y el resentimiento
Nacida en una familia profundamente comprometida con la izquierda, Delcy tenía apenas 7 años cuando ocurrió el evento que marcó su visión del mundo. En 1976, su padre, Jorge Antonio Rodríguez, un dirigente socialista, fue detenido por el secuestro de un empresario estadounidense y murió bajo custodia del Estado. Años después, Rodríguez responsabilizaría al intervencionismo estadounidense del asesinato de su padre, un odio que marcaría su discurso durante décadas.
Esta tragedia no solo radicalizaría su postura política, sino que la uniría a una causa compartida con quienes también tenían cuentas pendientes con Occidente, como el propio Nicolás Maduro.
De las sombras a las cumbres del poder chavista
Rodríguez no fue una pionera dentro del chavismo. Su camino político se abrió de la mano de su hermano, Jorge Rodríguez, actual presidente de la Asamblea Nacional. Durante los años de Hugo Chávez, fue ascendiendo gradualmente hasta que un viaje mal planificado en 2006 le costó el favor del Comandante Supremo, quien la despidió sin contemplaciones tras un escándalo diplomático internacional. “Era arrogante e incompetente”, dijo un exfuncionario cercano a Chávez en declaraciones a medios internacionales.
Sin embargo, como en las mejores sagas de la política venezolana, Delcy resurgió de entre las cenizas. En 2013, tras la muerte de Chávez, fue Maduro quien le dio una segunda oportunidad. Y esta vez, ella no la desperdició.
Educación internacional y contactos clave
Formada como abogada con estudios en Francia y el Reino Unido, Rodríguez hablaba inglés con fluidez, conocía los códigos de la diplomacia occidental y se movía con soltura por Nueva York o Washington. Esto resultó crucial para su nuevo papel como canciller durante los años en que Venezuela empezaba a internacionalizar su crisis.
En 2017, en una jugada tan arriesgada como astuta, Rodríguez orquestó un inesperado acercamiento a la administración Trump. A través de Citgo —la filial estadounidense de PDVSA— y su entonces cabildero exgerente de campaña de Trump, se realizó una donación de 500 mil dólares para la toma de posesión del nuevo presidente republicano. Fue el punto de partida de una compleja relación política entre dos discursos aparentemente irreconciliables.
Del acercamiento a Trump al control total del poder
Aunque la jugada diplomática no logró liberar a Venezuela de las sanciones, sí posicionó a Rodríguez como una figura relevante y respetada —aunque con recelo— por círculos políticos de EE.UU. A ojos de muchos, Delcy representaba una alternativa más pragmática y viable dentro de un régimen ampliamente demonizado.
Para 2018, Maduro la nombró vicepresidenta ejecutiva y, con eso, pasó a controlar vastos sectores del aparato económico del país, especialmente el tan codiciado negocio petrolero. A partir de allí, tejió una red de asesores internacionales —incluidos exministros de economía ecuatorianos y abogados franceses— que tienen como objetivo reposicionar la economía venezolana ante los mercados globales, aún con las sanciones como telón de fondo.
La arquitecta de la transición forzada
En 2024, tras una arremetida contra la corrupción dentro del chavismo, Rodríguez fue señalada como la artífice del encarcelamiento del exministro petrolero Tareck El Aissami. De esta forma eliminaba a uno de los últimos rivales internos con poder real. Todo esto mientras se erigía como operadora clave en la campaña que buscaba lavarle el rostro al régimen y posicionar a Venezuela como “abierta a los negocios”.
Hans Humes, CEO de Greylock Capital Management y conocedor de la deuda venezolana, la comparó con Deng Xiaoping, el reformador chino. Desde su perspectiva, imponer una “gobernanza opositora” en Venezuela sin figuras como Rodríguez podría resultar tan desastroso como lo fue la ocupación de Irak tras la caída de Saddam Hussein.
¿Y la democracia?
El gran interrogante persiste: ¿dónde queda la democracia en toda esta operación?
El consenso internacional es claro: María Corina Machado, opositora histórica y líder liberal, ganó claramente las elecciones presidenciales de 2024 con un candidato designado por ella. Sin embargo, ni Rodríguez ni Trump parecen estar interesados en activar el mecanismo constitucional que obliga a convocar nuevos comicios en un plazo de 30 días desde que se vacanta la presidencia.
“Si alguien cree que Delcy está dejando el mando, está completamente equivocado”, dijo Elliott Abrams, enviado especial para Venezuela durante la primera presidencia de Trump. Según sus palabras, ningún plan serio de transición está en marcha, y todo indica que Rodríguez ha sido adoptada como la figura de continuidad con el visto bueno de Washington.
El elogio de Trump (y la amenaza implícita)
Paradójicamente, Donald Trump, quien en sus discursos de 2016 y 2020 apuntó contra la “tiranía socialista en Venezuela”, hoy califica a Rodríguez como una “socia muy amable”. Aunque también la ha advertido que, si no colabora con EE.UU., podría correr la misma suerte que Maduro.
El giro no ha pasado desapercibido. Medios conservadores lo critican por haberse “ablandado”. No obstante, otros lo aplauden por priorizar un enfoque utilitarista más que ideológico con tal de garantizar el acceso a los enormes yacimientos petroleros venezolanos en tiempos de crisis energética global.
El silencio que grita: sin fecha para las elecciones
Lo que resulta preocupante es que, tanto la dirigencia chavista como la Casa Blanca, han decidido ignorar el mandato constitucional que exige elecciones tras la caída de un presidente. Es un silencio ensordecedor que entierra, al menos por ahora, las esperanzas de una renovación democrática genuina.
Pese a su creciente poder, Rodríguez sigue enfrentándose a la desconfianza tanto dentro del PSUV como entre los sectores de oposición. Pero cada movimiento que realiza deja en claro que no llegó a donde está por accidente. Como comentó un exdiplomático estadounidense: “Es una ideóloga, pero práctica. Es una operadora formidable.”
Venezuela ante un nuevo ciclo
Bajo la sombra de un régimen en reconstrucción, Delcy Rodríguez ha emergido como la figura dominante —una mezcla entre realpolitik, control institucional y manejo empresarial del Estado. La pregunta esencial no es si dirigirá al país —eso ya lo está haciendo—, sino hasta cuándo puede sostener un poder cimentado más en habilidades personales que en legitimidad institucional.
En medio de sanciones, hambre, diáspora y recursos naturales codiciados, Delcy Rodríguez es hoy el punto de equilibrio entre un poder que no se quiere ir y un mundo que ya se resignó a no esperar milagros.
