Nepal: De la esperanza al desencanto – la revuelta de la Generación Z que tambaleó al poder

Tras el estallido social por parte de jóvenes contra la corrupción, Nepal vive una incertidumbre política que revela promesas rotas, represión estatal y una clase política que se resiste al cambio

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Kathmandú, Nepal – A lo largo de la historia contemporánea del sur de Asia, pocas veces un movimiento liderado por jóvenes ha tenido la capacidad de sacudir tan fuertemente los cimientos del poder como lo logró la Generación Z de Nepal en septiembre de 2025. Desencadenados por un contexto de corrupción, desempleo y autoritarismo, decenas de miles de jóvenes tomaron las calles con demandas claras y un anhelo de transformación profunda. Sin embargo, lo que empezó como una revuelta esperanzadora rápidamente se desdibujó en frustración y violencia estatal.

Una revolución gestada en redes sociales (antes del apagón)

Todo comenzó el 8 de septiembre, cuando el gobierno, en un acto abrupto y ampliamente criticado, impuso una prohibición sobre varias plataformas de redes sociales, especialmente TikTok e Instagram. En un país donde el 65% de la población tiene menos de 30 años, esa medida solo sirvió como catalizador de una indignación latente. En cuestión de horas, miles salieron a las calles de Kathmandú. A los días, las protestas ya se habían extendido a todos los rincones del país.

Sin liderazgos definidos ni una estructura jerárquica, estas manifestaciones parecían espontáneas, pero profundamente simbólicas. Las pancartas con eslóganes como “¡No más corrupción!”, “Queremos futuro” y “Fuera políticos viejos” ilustraban bien el sentir colectivo de muchos jóvenes que sienten que Nepal ha fallado en ofrecerles oportunidades.

Un sacrificio personal: la historia de Mukesh Awasti

Uno de los rostros más visibles de esta revuelta es Mukesh Awasti, un joven de 22 años que tenía planeado viajar a Australia para estudiar ingeniería civil. En cambio, se unió a las protestas y terminó pagando un precio altísimo: recibió un disparo de las fuerzas de seguridad y perdió una pierna. Hoy, desde una cama del Centro Nacional de Trauma en Kathmandú, lamenta profundamente su decisión.

“Me arrepiento de haber participado, porque no hemos conseguido nada. El nuevo gobierno no ha cumplido ninguna de nuestras demandas. La corrupción sigue y nadie ha sido arrestado por los disparos que recibimos”, dijo en una entrevista.

Un cambio histórico que desilusionó rápido

El alcance de las protestas fue tal que, tan solo cuatro días después de haber comenzado, el panorama político se transformó completamente. Sushila Karki, una reconocida ex jueza de la Corte Suprema, fue designada como la primera mujer primera ministra de Nepal. La medida fue inicialmente recibida como una victoria inesperada.

No obstante, la luna de miel duró poco. Sectores organizados del movimiento comenzaron a exigir responsabilidad a la interina Sushila Karki. ¿Dónde estaban los juicios por corrupción? ¿Quién iba a hacerse responsable por los 76 muertos y más de 2.300 heridos que dejaron las manifestaciones? Las respuestas no han llegado.

Violencia estatal: la respuesta inadecuada

La represión fue particularmente sangrienta. Las fuerzas de seguridad dispararon contra multitudes desarmadas que rompieron barricadas en su intento por acercarse al Parlamento. Varios edificios oficiales, incluidas oficinas del primer ministro y estaciones de policía, fueron quemados por los manifestantes antes de que el ejército interviniera.

“Estamos de vuelta en las calles porque se han burlado de nosotros. Hay madres sin hijos, personas mutiladas, familias destruidas. ¿Y el Estado qué ha hecho? Nada”, denunció Suman Bohara, uno de los manifestantes heridos, quien ahora camina con muletas.

Una promesa de elecciones en medio del caos

En su discurso de asunción, Karki prometió elecciones parlamentarias para el 5 de marzo de 2026 como uno de los pasos para institucionalizar el cambio exigido por la ciudadanía. Sin embargo, muchos dudan de que esa elección pueda materializarse bajo las condiciones actuales.

“La constitución ni siquiera contempla un gobierno interino como el de Karki”, explica Abeeral Thapa, director de la facultad de Periodismo y Comunicación de la universidad Polygon College en Kathmandú.

Demanda sin liderazgo, indignación sin organización

Uno de los problemas estructurales de este movimiento juvenil es su falta de liderazgo y dirección concreta. Aunque comenzaron con demandas claras como el fin de la corrupción y elecciones limpias, diversos grupos, todos autodenominados voceros de “la voz de Nepal”, han comenzado a emitir exigencias contradictorias: desde derogar la constitución hasta elegir directamente al primer ministro sin pasar por un Parlamento.

Para Thapa, esto no solo debilita el movimiento, sino que confunde a la opinión pública: “La protesta empezó como un grito contra la corrupción y terminó derrocando al gobierno. Es como salir a cazar un ciervo y matar un tigre. Nadie esperaba ese desenlace, ni siquiera los propios manifestantes”, comenta.

¿Un país condenado al eterno reciclaje político?

En los últimos 30 años, Nepal ha pasado por una monarquía, una guerra civil, gobiernos interinos y una tumultuosa transición a la república. A pesar de la esperanza que generó la juventud, parece que el país vuelve a caer en los viejos hábitos de inacción, represión y reciclaje político.

Por el momento, los políticos acusados de corrupción están preparando sus campañas para las elecciones de marzo, sin que hayan sido imputados por delito alguno. La Comisión Anticorrupción solo ha registrado un caso relevante desde septiembre, y ninguno involucra a políticos de alto perfil.

Un futuro incierto pero lleno de voces

Nepal se encuentra en un cruce de caminos: una juventud despierta, herida pero persistente, exige una refundación de la política. Pero sin estructuras organizativas ni plataformas sólidas, su voz corre el riesgo de diluirse una vez más entre promesas rotas y represión.

Quizás el mayor logro de la Generación Z nepalí hasta ahora ha sido romper con el silencio, arriesgarlo todo por una causa que, aunque aún imprecisa, simboliza algo más grande: el cansancio de una generación con un país que no les ha dado nada más que frustración.

En palabras de un joven protestante con un cartel improvisado: “Nos quitaron el futuro, así que fuimos por el presente”.

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Este artículo fue redactado con información de Associated Press