¿Una guerra por Groenlandia? La geopolítica de Trump que amenaza con fracturar a la OTAN
El renovado interés de EE.UU. por Groenlandia expone tensiones sin precedentes en la alianza atlántica
Por décadas, la OTAN se ha presentado como el escudo colectivo más poderoso del planeta. Pero, ¿qué sucede cuando su miembro más fuerte amenaza la soberanía de otro miembro? La posibilidad de una confrontación impulsada por EE.UU. sobre Groenlandia podría marcar una crisis existencial para la alianza atlántica.
Groenlandia: un blanco estratégico
Groenlandia, una vasta isla helada que pertenece a Dinamarca y cuenta con autogobierno desde 1979, ha vuelto a ocupar titulares por motivos alarmantes. La Casa Blanca, bajo la administración de Donald Trump, emitió recientemente una declaración considerando a la isla como una “prioridad de seguridad nacional” y no descartando el uso de la fuerza militar para tomar control de ella.
La declaración sorprendió incluso a diplomáticos experimentados. Ian Lesser, experto en la OTAN y miembro del German Marshall Fund, lo calificó como un escenario de baja probabilidad pero de enormes consecuencias. Lo perturbador para muchos en Europa y América del Norte es que esta declaración no proviene de una potencia adversaria, sino del miembro fundador y más poderoso de la OTAN.
Artículo 5: el corazón de la OTAN en juego
La Alianza del Atlántico Norte fue fundada en 1949 sobre la base de un principio colectivo: un ataque contra uno es un ataque contra todos. Este compromiso, enmarcado en el Artículo 5, ha sido invocado solo una vez: tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EE.UU. Pero, ¿cómo proceder cuando es uno de los aliados quien amenaza la integridad territorial de otro?
Cabe recordar que aunque existen tensiones internas —como las históricas entre Grecia y Turquía—, nunca han escalado al punto de plantear un conflicto armado interno que ponga en riesgo la cohesión estratégica de la alianza.
La persistencia del interés estadounidense
Trump ya había sorprendido al mundo en 2019 al sugerir la compra de Groenlandia, lo que fue rechazado con firmeza tanto por el gobierno de Dinamarca como por el de Groenlandia. Pero ahora, ese deseo ha escalado a lo que parece ser una ambición territorial con tintes militares.
“El presidente y su equipo están considerando una gama de opciones para perseguir este objetivo de política exterior, y por supuesto, el uso del poder militar está siempre disponible para el comandante en jefe”, indicó el comunicado de la Casa Blanca.
Ante esto, líderes de países como Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Polonia y España se pronunciaron en defensa de la soberanía de Dinamarca, afirmando categóricamente que son exclusivamente Dinamarca y Groenlandia quienes deben decidir su futuro.
¿Por qué Groenlandia es tan importante?
Groenlandia, más allá de un vasto territorio cubierto de hielo, alberga recursos minerales estratégicos como tierras raras, petróleo y gas. Pero quizá su mayor valor geopolítico es su posición en el Ártico.
Con el deshielo acelerado por el cambio climático, las rutas marítimas del Ártico se están abriendo, lo que transforma a Groenlandia en una puerta de entrada estratégica para la navegación militar y comercial. Además, alberga a la base aérea Thule de la Fuerza Aérea de EE.UU., una piedra angular del sistema estadounidense de defensa antimisiles desde la Guerra Fría.
Por ello, controlar Groenlandia implica asegurar la ventaja geoestratégica en el Ártico, una región donde Rusia y China expanden influencias rápidamente.
Una amenaza para la unidad de la OTAN
“Cuando un miembro líder de la alianza socava a otro, se daña la cohesión de la OTAN y su credibilidad, beneficiando solo a nuestros adversarios como Rusia y China,” advirtió Maria Martisiute, analista de defensa del European Policy Center.
Y es que esta crisis se desarrolla justo cuando la OTAN intenta cerrar filas frente al avance ruso en Ucrania y mientras se estructuran garantías de seguridad para Kyiv. Ese contexto vuelve aún más peligroso cualquier desvío de atención o debilitamiento interno.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, recientemente elogió la gestión de Trump en materia de gasto militar de los aliados: “Gracias a Donald J. Trump, la OTAN es más fuerte que nunca desde la caída del Muro de Berlín”. Sin embargo, Rutte también advirtió que estamos al borde de una era conflictiva, en la que la guerra podría regresar a gran escala en Europa.
En ese sentido, surge una pregunta clave: ¿De qué sirve una alianza militar revitalizada si se rompe por dentro?
La reacción de los países nórdicos y Canadá
Dinamarca, consciente de la gravedad del asunto, ha reiterado que no está en venta y ha advertido que una acción militar por parte de EE.UU. podría “terminar con la existencia de la OTAN”.
El silencio oficial de la OTAN es también indicativo del dilema: no quiere agravar la confrontación con Washington, pero tampoco puede ignorar los principios fundacionales. La realidad es que, incluso con toda su maquinaria diplomática, la organización muchas veces no puede controlar los impulsos unilaterales de sus miembros más poderosos.
Canadá, que comparte una frontera marítima con Groenlandia, también ha manifestado su postura firme en apoyo de la soberanía danesa, enfatizando la importancia de mantener la estabilidad en el Ártico.
El peso de la historia y un futuro incierto
La historia reciente está plagada de ejemplos en los que la política de poder ha superado los compromisos multilaterales. El caso de Irak (2003) dividió a la OTAN; la retirada de Afganistán dejó profundas heridas; y ahora, el fantasma de una toma de Groenlandia podría ser la chispa definitiva.
No se trata solo de un asunto territorial. Está en juego el futuro del orden global basado en normas, ese mismo en el que la OTAN ha sido pieza clave durante más de 70 años.
Si EE.UU. avanza unilateralmente sobre Groenlandia, sentará un peligroso precedente: que los miembros más poderosos pueden ignorar voluntariamente la voluntad colectiva de sus aliados. Ese sería quizá el golpe final al poder de disuasión de la organización.
¿Qué sigue para la OTAN?
Por ahora, la situación sigue siendo una combinación entre retórica beligerante y realpolitik. Pero como bien señala Ian Lesser, lo que antes parecía retórica imprudente, hoy ya no puede descartarse como una mera exageración.
Ante la posibilidad de que EE.UU. pase de los dichos a los hechos, la única vía para preservar la utilidad y cohesión de la OTAN será una resistencia férrea de Europa, y quizás una reestructuración radical de los mecanismos de gobernanza de la alianza.
La elección, para los países miembros, parece tan clara como inquietante: o se defienden los principios de soberanía y respeto mutuo, o la alianza que ha mantenido la estabilidad del Atlántico Norte durante más de siete décadas podría desintegrarse desde adentro.
