Venezuela, el crudo y el ajedrez geopolítico: el nuevo tablero energético de Estados Unidos
Cómo la política del petróleo está reconfigurando las relaciones entre Venezuela y EE.UU. bajo la administración Trump 2025
Una segunda oportunidad para el petróleo venezolano
Estados Unidos ha vuelto a poner su mirada –y sus recursos militares y diplomáticos– sobre Venezuela. Tras años de tensiones, sanciones y colapso institucional, el gobierno de Donald Trump ha impulsado una política energética y geopolítica que promete, al menos en papel, "rescatar" la devastada industria petrolera venezolana e integrarla nuevamente al sistema global con beneficios potenciales para ambos países.
Este renovado interés ha generado un torbellino de análisis y especulación. ¿Se trata de una estrategia humanitaria, una operación comercial o un intento de control geopolítico? Bajo esta premisa, abordaremos este escenario desde una perspectiva de análisis que explore tanto los objetivos como los desafíos que enfrentan esta ambiciosa estrategia.
Venezuela: el tesoro debajo del caos
Con 303.8 mil millones de barriles en reservas probadas, Venezuela ostenta la mayor reserva de petróleo a nivel mundial, según la Administración de Información Energética (EIA) de EE.UU. Esto representa cerca del 17% de las reservas globales, superando incluso a Arabia Saudita.
Pero esas reservas no se reflejan en volumen de producción. Venezuela produce actualmente alrededor de 750,000 barriles diarios, apenas el 1% del suministro mundial, debido al abandono crónico de infraestructura, corrupción e inestabilidad política.
“La cantidad de petróleo no es el problema, sino la capacidad de extraerlo y comercializarlo”, señala Claudio Galimberti, director global de análisis de mercados en Rystad Energy. “Es como tener un Ferrari oxidado en el garaje. La potencia está ahí, pero necesitas restaurarlo por completo.”
Estados Unidos y la "rehabilitación" del petróleo venezolano
Durante décadas, EE.UU. fue el principal comprador del crudo venezolano, especialmente el tipo pesado y ácido que procesan las refinerías del Golfo de México. En los últimos años, debido a parte del colapso industrial y a las sanciones del propio gobierno estadounidense bajo Trump en su primer mandato, este flujo se redujo drásticamente.
Ahora, el regreso de Trump a la presidencia marca un giro estratégico: su administración ha comenzado una serie de acciones militares, diplomáticas y económicas dirigidas a estabilizar Venezuela bajo una fórmula polémica: el control coordinado de la producción petrolera entre empresas estadounidenses y fondos federales, mientras se eliminan sanciones de forma selectiva para facilitar la exportación.
¿El objetivo declarado? Inyectar petróleo venezolano de nuevo en el mercado mundial y estabilizar los precios globales ante la escasez proyectada en la próxima década.
¿Por qué es relevante este petróleo?
En materia técnica, el crudo de Venezuela es denso y con alto contenido de azufre. Aunque ello dificulta su procesamiento, las refinerías de EE.UU. están preparadas para tratarlo, especialmente en Louisiana y Texas.
En palabras de Kevin Book, director gerente de ClearView Energy Partners: “Reintroducir crudo venezolano ayudaría a bajar el costo del diésel, del queroseno y otros combustibles. Es una forma de responder al público estadounidense que sufre precios altos sin castigar a los productores nacionales con regulaciones.”
Además, en una economía cada vez más demandante de combustibles para transporte, aviación y diésel industrial, el tipo de crudo venezolano podría nuevamente cumplir una función clave.
Un regalo envenenado para productores estadounidenses
Paradójicamente, el regreso del crudo venezolano no es una buena noticia para todos. Para los productores locales de crudo ligero, como los de Dakota del Norte o Texas, un exceso de petróleo en el mercado podría presionar los precios a la baja y reducir márgenes de ganancia.
“Inundar el mercado con petróleo más barato del extranjero es un boomerang para muchas empresas en el Permian Basin”, advierte Amy Myers Jaffe, directora del Laboratorio de Energía, Clima y Sustentabilidad en la Universidad de Nueva York.
En ese sentido, las grandes petroleras multinacionales como ExxonMobil o Chevron sí podrían beneficiarse, gracias a su capacidad logística y su experiencia previa operando en Venezuela antes de ser expulsadas en 2007 durante la oleada de nacionalizaciones lideradas por Hugo Chávez.
¿Y las cicatrices del pasado?
El recuerdo de la nacionalización es aún fresco para muchas de esas compañías. ExxonMobil y ConocoPhillips recibieron fallos arbitrales por miles de millones de dólares tras ser expulsadas en 2007, pero aún no han recuperado sus inversiones.
Daniel Sternoff, investigador del Centro de Política Energética de la Universidad de Columbia, explica: “Ninguna empresa seria va a regresar a Venezuela si no tiene garantías jurídicas y estabilidad política. Los contratos no son suficientes si mañana cambia el gobierno y vuelves a perderlo todo.”
Galimberti añade una visión pragmática: “Exxon tiene operaciones en Guyana, Mozambique y otros productores emergentes. ¿Preferiría arriesgarse en un país con historial de expropiación e hiperinflación sin una clara reforma institucional?”
Infraestructura rota, técnicos exiliados
A la reticencia legal se suma otro obstáculo fundamental: un colapso sistémico de la infraestructura petrolera venezolana. Se estima que se necesitarían más de $54 mil millones en inversiones solo para mantener la producción actual en torno a 1.1 millones de barriles diarios en los próximos 15 años, de acuerdo con Rystad Energy.
Además, para elevar la producción a niveles competitivos globalmente (2 o 3 millones de barriles diarios), habría que sumar entre $8 y $9 mil millones anuales adicionales.
Jaffe lo resume de forma inquietante: “Venezuela no tiene la red eléctrica mínima, los técnicos huyeron del país, hay fugas en cientos de tuberías y un sistema logístico colapsado. Se necesita reconstrucción, no solo inversión.”
¿Una nueva forma de colonialismo?
Las jugadas de Trump han despertado también críticas desde sectores académicos y latinoamericanos, donde se acusa a Estados Unidos de utilizar la crisis como una oportunidad de recolonización energética.
En 2025, se estimó que EE.UU. recibiría directamente entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano, con ganancias colocadas en cuentas bajo control norteamericano para su eventual distribución entre poblaciones seleccionadas. Una medida que ha generado dudas sobre la soberanía y los fines últimos del programa.
Para algunos, esto es una devolución simbólica de lo que Chávez habría “robado” al nacionalizar activos extranjeros. Para otros, una forma de intervención económica que transforma a Venezuela en plataforma subordinada de exportación energética.
Perspectiva para el futuro cercano
La Agencia Internacional de Energía (IEA) advierte que se necesitarán más de 25 millones de barriles por día de nuevos proyectos bajo políticas actuales para 2035 si se quiere mantener el equilibrio entre oferta y demanda.
En ese escenario, Venezuela ocupa un lugar clave, pero también incierto. Sin un cambio estructural profundo a nivel político, jurídico y técnico, sus reservas seguirán enterradas bajo el suelo y el sueño petrolero bajo control estadounidense puede desvanecerse como otros esfuerzos fallidos en Medio Oriente o África.
Lo que sí es seguro, es que el tablero mundial se mueve, y el crudo venezolano vuelve a convertirse en una pieza estratégica codiciada en el ajedrez energético del siglo XXI.
