Ucrania, Rusia y la guerra que no cesa: drones, misiles y el invierno como arma
Un análisis sobre el recrudecimiento del conflicto en Europa del Este y la creciente guerra energética entre Kiev y Moscú
Por más de cuatro años, Ucrania y Rusia han estado enfrascadas en una guerra devastadora que no solo ha destruido ciudades enteras, sino que también ha transformado completamente el tablero geopolítico de Europa. Esta semana, dos hechos volvieron a demostrar la crudeza de este enfrentamiento: un ataque ucraniano con drones sobre un depósito de petróleo en Volgogrado y una represalia rusa devastadora que incluyó misiles hipersónicos y drones masivos.
La energía como campo de batalla
El ataque al depósito petrolero en Volgogrado fue uno más en la lista cada vez más larga de operaciones ucranianas enfocadas a debilitar la maquinaria energética de Moscú. Desde mediados de 2023, Ucrania ha intensificado su campaña de ataques con drones de largo alcance, apuntando a refinerías, depósitos de combustible y líneas de distribución de gas.
¿El objetivo? Privar a Rusia de los ingresos que obtiene por exportación de hidrocarburos. Recordemos que, según cifras del European Council on Foreign Relations, en 2022 los hidrocarburos representaron cerca del 45% del presupuesto estatal ruso.
El invierno como arma geopolítica
Por su parte, Rusia ha apostado por capitalizar las bajas temperaturas con una estrategia brutal: la destrucción sistemática de la infraestructura energética ucraniana. En lo que Kiev ha denominado como "la militarización del invierno", Moscú ha demostrado una planificación clara: dejar a millones de civiles sin luz, calefacción ni agua, sabiendo que el frío puede ser tan letal como las bombas.
Durante el ataque masivo del viernes, Rusia lanzó más de 120 drones y misiles, incluyendo —por segunda vez en el conflicto— el uso del poderoso misil hipersónico "Oreshnik", una amenaza directa no solo a Ucrania, sino a sus aliados en la OTAN.
El "Oreshnik": un misil que cambia las reglas
El anuncio del uso del "Oreshnik" (que significa "avellano" en ruso) representa un momento simbólicamente fuerte. Se trata de un misil balístico hipersónico con capacidad nuclear, que puede alcanzar velocidades mayores a Mach 5 (más de 6.100 km/h), lo cual hace prácticamente imposible su intercepción por sistemas actuales antimisiles.
Fuentes de inteligencia occidentales y expertos en defensa, como el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), afirman que este misil tiene un alcance de entre 1.200 y 2.000 kilómetros y puede transportar ojivas convencionales o nucleares. En manos del Kremlin, es un mensaje claro para Estados Unidos y Europa: todavía tienen mucho que perder.
Kyiv responde con drones y alianzas
Ucrania, sin acceso a armamento sofisticado como el Oreshnik, ha aprendido a innovar. Los drones kamikazes fabricados localmente y adaptados con motores de motocicleta se han convertido en una herramienta clave del Ejército ucraniano. Capaces de recorrer cientos de kilómetros, permiten atacar objetivos en profundidad del territorio ruso sin recurrir a bombarderos ni arriesgar pilotos.
Sin embargo, estos ataques no se dan en el vacío. A medida que Ucrania afina su arsenal, más presión diplomática crece sobre la OTAN para ofrecer garantías de defensa frente a nuevas escaladas de Moscú. El reciente bombardeo ruso llegó justo después de que Estados Unidos confirmara avances significativos en un posible acuerdo de seguridad con Ucrania, una señal que Rusia quiso disipar con fuego.
¿Hacia una guerra energética prolongada?
El componente energético de esta guerra no es nuevo. Desde la anexión de Crimea en 2014, el gas natural siempre ha sido un factor de tensión entre ambos países. Ucrania, por cuya red pasaban hasta 40% del gas ruso hacia Europa, perdió en aquella operación el control de instalaciones clave. Más adelante, Rusia construyó los gasoductos Nord Stream 1 y 2 para eludir a Ucrania como país de tránsito, aunque tras la invasión a gran escala de 2022 estos terminaron siendo blanco de sabotaje.
Hoy, lo que estamos viendo es la continuación de esa guerra de tuberías, pero ahora con drones armados sobrevolando depósitos, estaciones transformadoras y centrales térmicas. El impacto para Ucrania ha sido severo: la compañía estatal Ukrenergo ha reportado este invierno interrupciones programadas en al menos ocho regiones por ataques rusos, afectando millones de hogares.
Víctimas del frío y la geopolítica
El efecto más devastador sigue siendo humanitario. En las últimas semanas, al menos cuatro personas murieron solo en Kiev tras un bombardeo nocturno, según autoridades ucranianas. Pero más allá de las muertes directas, están las consecuencias invisibles: niños con hipotermia, ancianos sin medicinas por falta de electricidad, hospitales funcionando con generadores de emergencia.
Además, el riesgo epidemiológico aumenta. El Centro Nacional de Salud Pública de Ucrania ya advirtió del resurgimiento de enfermedades como el cólera o la hepatitis A en zonas sin acceso a agua potable.
¿Y ahora qué sigue?
Estamos ante una peligrosa evolución del conflicto: de una guerra de tanques y trincheras a un enfrentamiento multidimensional donde se cruzan tecnología, energía, clima, diplomacia y guerra psicológica. Mientras continúen los ataques sobre infraestructuras civiles y depósitos de combustible, el destino del conflicto dependerá tanto del rendimiento militar como del sufrimiento civil.
En palabras del historiador Timothy Snyder, especialista en Europa del Este: “La guerra moderna no se combate solo con soldados ni se gana solo con batallas. También se libra en redes eléctricas, plataformas de drones y conversaciones diplomáticas a puerta cerrada.”
Un invierno más. ¿El último?
El invierno 2023-2024 ya fue uno de los más duros para los ucranianos, con temperaturas bajo cero y zonas enteras sin electricidad durante días. Ahora, con una nueva campaña de ataques energéticos —donde ambas partes han elegido la infraestructura como blanco principal— se perfila otro periodo gélido, tanto en temperatura como en diplomacia.
Todo indica que la guerra, lejos de agotarse, sigue reinventándose. Y mientras los líderes discuten en Bruselas, Kiev o Moscú, los ciudadanos de ambos países siguen siendo los que pagan el precio.
